POR: LADISLAO DE ARRIBA
Esta sección no es, aunque tenga resonancias mercantiles, más que una galería abocetada de amigos muy queridos. Todos se merecen mi gratitud y ésta es ocasión de proclamarlo. Les debo mucho. Desde un razonable consejo a un emocionado abrazo, una amable palabra o un excesivo silencio, una crítica sincera o un halagador piropo, un alentador «sigue así» o un prudente «déjalo ya», una copa a deshora o un oportuno y reconfortable café. En algunos casos esta deuda viene de tiempos pasados, en época de vacas flacas o quebrantada salud, de alegría desbordada o de soledad compartida, noches de vino y rosas o temores e insomnios hospitalarios. Algunos, tal vez demasiados, ya no están entre nosotros, a otros ni siquiera los llegué a conocer personalmente, pero sí leí su obra y alguien me contó su vida.
Mi amistad con Carmelo Bernaola (Galdácano 1929-Madrid 2002) nació cuando José Luis Balbín le encargó la sintonía para el programa televisivo «La Clave». Era ya un compositor considerado en los medios artísticos europeos como el español más identificado con las corrientes dodecafónicas. Poseía el Premio Nacional de Música y un «Goya» por la banda sonora de la película «Pasodoble». Fue un genio en lo musical, y un «gourmet» en lo gastronómico y hombre de singulares teorías. Llamaba a todo el mundo por el segundo apellido, pues decía que el primero de los apellidos no siempre correspondía con la paternidad biológica. Tenía asiento vitalicio en el palco presidencial de «La Catedral» de San Mamés, pues había compuesto el himno del Athletic bilbaíno y aseguraba del futbolista Chechu Rojo que era el Mozart del balompié español. Decía de sí mismo ser el republicano que más veces había interpretado la Marcha Real, pues formaba parte (como clarinetista) de la banda Municipal de Madrid y de la del Ministerio del Ejército. Su republicanismo se apagó un tanto cuando descubrió que la Reina Sofía acudía de incógnito a los ensayos de alguna de sus obras.
Le gustaba vestir camisas de leñador canadiense o de camionero y decir toda clase de tacos increpando a los profesores de la orquesta que no daban el matiz correcto a su interpretación. Un día se le acercó el gerente del Teatro Real y le dijo: «Maestro, modere usted el lenguaje, que está presenciando el ensayo Su Majestad la Reina». A partir de ese día, bajó su nivel de republicanismo.
Yo me arrimaba a su tertulia de burgaleses que comían asado con tortas arandinas y bebían «claro» (no rosado) de la Ribera del Duero. Mi presencia estaba justificada por haber hecho la mili en Burgos. Allí se reunía Luis Aenz, pintor; Luis Ángel de la Viuda, periodista; Antonio Giménez Rico, director de cine. Lo hacían en El Puchero en pleno barrio de Chamberí, frente a la primera redacción del diario más madrileño que fue el «Heraldo» y también republicano. Carmelo, naturalmente, llevaba siempre la voz cantante.