POR: TOÑO
Siguiendo con la historia de la moda en la villa traigo a esta tribuna más hábitos de las féminas. Como aquel que suponía que las mujeres, para acentuar la estatura, explotaban unos zapatos apodados «modelo Topolino», portando como tacones unas piezas semicirculares, dilatadas hacia arriba, unidos a la suela por el talón, compuesto de corcho o madera, llamadas «cuñas»; en los momentos de apatía, indolencia o depresión, para conservar el pelo enhiesto y lozano, se ocultaba la cabeza con un turbante, tocado elaborado en el seno familiar, con base de un echarpe deteriorado, prenda que se utilizaba para cubrir hombros y espalda cuando el nordeste se volvía recio y violento.
Otra novedad, impuesta por la necesidad y penuria, consistía en organizar periplos a los pueblos y aldeas del concejo, incluso a provincias limítrofes, donde se procedía a realizar transacciones de artículos de los que se carecía en la ciudad, con la finalidad de revenderlos o trocarlos y así obtener un pequeño beneficio. Eran especulaciones ilegales de géneros sujetos a tasa, conocida la operación por el sobrenombre de estraperlo; era frecuente observar mujeres que viajaban durante meses, siempre en estado de buena esperanza, en las dos compañías ferroviarias que finalizaban su recorrido en Gijón, escamoteando de ese modo el matute ante el consumero; mujeres, por supuesto, a las que en la vida cotidiana no se les apreciaba un vientre tan voluminoso. También se «enseñaban» mostrando un busto amplio y considerable, atestado de productos más o menos «moldeables», como harina, carne, incluso huevos, adaptados a los espaciosos sujetadores, «armados» de tal manera que no los perfeccionarían las más preeminentes modistas, sastras y costureras; se apeaban en la estación -sin vigilancia- anterior a la terminal, realizando los escasos kilómetros hasta su domicilio a pie, y en otras circunstancias se llegaban a aliar con el inspector. A los delictivos se les decomisaba la mercancía, imponiéndoles fuertes sanciones económicas, y en caso de reincidencia les aplicaban en la cabeza una dosis de aceite, rasurándoles el pelo de tal manera que la acción de la grasa producía que el corte no fuese homogéneo y así sus vecinos advertían el hecho, que desempeñaba una labor de advertencia.
Por los años 50 dos productos -dimanados por la vía marítima- originaron expectación en la villa. Uno fue el bolígrafo, en un principio fabricado de una manera infausta pues en época de calor liberaba la tinta pastosa, con el resultado de camisa deteriorada o chaqueta con un menoscabo que se estimaba de nula solución. El otro -para las señoras- consistía en unas medias de nylon que, por su delicadeza y suavidad se les denominaba «de cristal». Entre la adolescencia -verano 1962- rapidamente se propagó un baile, el twist, originario de EE UU, caracterizado por un rítmico vaivén de derecha a izquierda, que provocó gran interés e ilusión entre los habituales a los más variados deportes, ejemplarizando grupos y pandillas de amigos que practicaban en la sala de fiestas «El Jardín», en boga entre la juventud, incluyendo concursos con asistencia masiva de danzantes.