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JOSÉ A. SAMANIEGO En estos días, la iglesia de San Antonio de Padua, en Los Campos, se halla abierta al público. Ceremonias religiosas muy populares, como las primeras comuniones, y cultos como la novena de San Antonio, cuya fiesta se celebra hoy, 13 de junio, exigían tomarse un tiempo de descanso en la ejecución de las obras. Se trata de una visita de gran interés, pues las obras se encuentran todavía sin terminar, pero ya se ven interesantes resultados de este proyecto de remodelación. Momento justo para darse cuenta de las intenciones y logros de esta intervención en un edificio público, con exigencias muy específicas y delicadas.
El exterior está concluido. La fachada principal a la calle Uría sigue de ladrillo cara vista y mármol travertino. La fachada lateral a la calle Luciano Castañón muestra ocho contrafuertes recubiertos con chapa negra de cinc. A la vez que resaltan visualmente los contrafuertes exteriores, como elemento fundamental de la arquitectura del edificio, la chapa de cinc los protege, evitando que la lluvia se filtre en la piedra caliza y discurra a lo largo de sus vetas. El color negro resalta sobre el gris de un mortero con piedra molida de granito que se empleaba en los años 30 y 40 del pasado siglo. Este mortero de la época racionalista, típico de Gijón, ha sido recuperado, y se notan de cerca los brillos de la mica, aunque la pared lleva tratamientos contra pintadas y humedades. También en el interior están marcados los contrafuertes en negro, pero mediante tableros de hormigón polímero y estuco negro en las roscas del ábside. El uso de nuevos materiales o nuevas tecnologías con fines prácticos y a la vez estéticos es uno de los criterios fundamentales que guía a los arquitectos Marcelino Galán Feito y Daniel Menéndez Blanco en esta intervención. Contaron con las aportaciones de Rubio Camín, durante los últimos meses de su vida.
La iglesia original fue proyectada en 1934 por Manuel García Rodríguez, el mismo que reconstruyó en la posguerra la iglesia de San Lorenzo. Las obras pararon durante la Guerra Civil y la nave se mantuvo intacta, con los andamios de madera en el interior, como cuenta el padre Braulio. Se trata de un espacio único y diáfano, formado por nave cubierta de bóveda de cañón, con 6 arcadas laterales, grandes lunetos penetrando en la bóveda y un ábside rectangular. Dos de esas 6 arcadas estaban ocupadas por pórtico y coro bajo. Reciben ahora nuevos tratamientos que ponen de manifiesto las intenciones de los padres Capuchinos y los arquitectos Marcelino y Daniel. Ambas partes dialogan de continuo y se plantean cómo resolver espacios con dignidad, atendiendo igualmente a la sensibilidad de los fieles. Los visitantes se encontrarán dentro del pórtico con una capilla a la izquierda, donde se ubicará la imagen devocional de San Antonio de Padua. Luego, al entrar en la iglesia, se encontrarán con el Nazareno por la derecha y al padre Pío -el hombre llagado del siglo XX- por la izquierda. (En San Giovanni Rotondo, costa adriática, por encima de Bari, los Capuchinos de Italia han elevado un impresionante monumento religioso al padre Pío, diseñado por Renzo Piano. Se inauguró en 2004). Estas dos primeras imágenes se encuentran tan cerca de la planta baja como del primer coro, que ahora ocupa sólo la parte central de la nave. Luego vienen dos arcadas en que se ubican a ambos lados las 14 estaciones de un vía crucis de Antonio Oteiza, escultor capuchino cuya obra reconocen sus hermanos en esta iglesia. Después San Francisco dialoga con el Cristo de enfrente. Y ya al borde del presbiterio van la Santina y Santa Isabel de Hungría, patrona de la Orden Tercera. Han desaparecido varias imágenes. Se recorre un camino espiritual hacia el ábside, lo más severo y despojado. En el pórtico y primera arcada, los santos y devociones más populares. Luego el vía crucis de Oteiza como espacio de transición. Y dos arcadas hacia el altar.
De todas formas, las imágenes laterales quedarán un tanto difuminadas. Tienen detrás unas planchas metálicas con orificios que dejan pasar la luz y siluetean los santos. Las planchas de aluminio perforado van haciendo juegos geométricos y están colocadas por mitades, o en bandas, o ajedrezados o en diversos zig-zags.
Otros dos problemas están ya resueltos. La acústica de la iglesia era muy mala. Ahora las paredes de las capillas van forradas de panel fono-absorbente y dos columnas verticales ocultan altavoces graduados que dirigen el sonido sobre una pequeña zona de los bancos, hasta cubrir toda la superficie de la planta. Han desaparecido los enormes radiadores. La calefacción es de suelo radiante y será posible enchufarla a placas solares en el futuro.
El ábside, remodelado por Rubio Camín en 1969 tras el Concilio Vaticano II y trabajado bajo dirección de don José Díez Canteli, vuelve a su aspecto primitivo, al desaparecer la gran cruz que restaba prestancia al San Antonio de Camín y reponer un crucifijo de hierro junto al altar, también de Camín. El mobiliario (altar, ambón, sitiales, sagrario) recupera también su aspecto material, obra de gran acierto litúrgico en su disposición y espacios. Queda por someter a limpieza «in situ» el San Antonio: tanto la plancha de hierro como la madera volverán a su primitivo color, ahora apagado por el tiempo.
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