ponceladas

Verdusconi

 
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POR: PACHI PONCELA De un profesor mío del colegio se decía que hojeaba en clase revistas pornográficas (más o menos de la misma calaña que aquellas que pasaban de mano en mano en los vestuarios a la hora de las duchas, después de que Roncero intentara en vano derrotar a base de flexiones y volteretas nuestros juveniles ímpetus). Parece ser que el susodicho profesor (Roncero no; el otro) las escondía en la cajonera y, mientras nos tenía estudiando, se solazaba en tan salaz contemplación. Para ello, claro está, se sentaba al final de la clase y no presidiendo, a la vista de todo el mundo, lo que sin duda habría conllevado cierto riesgo: cochino, pero precavido. El rumor se basa en el testimonio de algunos compañeros, de los que no tengo por qué dudar, aunque un colegio de curas «de los de antes» (de los de antes de la concertada) solían dar para muchas leyendas: lo mismo que se propalaba la especie del profesor pornógrafo, se contaba que el padre Villanueva era de estirpe aristocrática, que su familia era la propietaria del centro e incluso que en el tejado disponía de helipuerto para su uso particular. Coincidirán conmigo en que la pública nunca ha dado para tanta fábula, si bien no podría jurarlo porque servidor fue siempre de lo que antes se llamaba colegio de pago, circunstancia ésta cuya consecuencia más evidente es la tendencia a llamar a la gente por el apellido y no por su nombre de pila.


Me acordaba yo del profesor presuntamente salaz mientras la prensa le daba bola al gusto de Berlusconi por lo verdusco (de ahí el imperdonable título de estas Ponceladas). No me he fijado mucho en las fotos que Il Cavaliere intentaba secuestrar así en España como en Italia, pero sí pude entrever que para tener entretenida su libido prefiere la carne fresca al papel cuché. Leyendo aquí y allá, parece ser que lo más censurable no tiene que ver tanto con su afición a las chicas jóvenes y a las orgías concurridas, que ya es, sino con el uso de medios públicos para montarlas (me refiero a las orgías: me da a mí en la nariz que don Silvio, por muchos injertos capilares que se haga, ya no está para perpetrar hazañas lúbricas). Es decir, que Berlusconi, como mi profesor, cree que el trabajo y el placer pueden ser compatibles, por eso uno hojeaba revistuchas en clase y el otro no desaprovecha los medios que su cargo le proporciona para echarse una cana al aire, pero a lo grande, estilo Gomorra. Si sus gustos son moralmente discutibles, sus procedimientos son éticamente reprobables, pero, salvo que la Divina Providencia le tenga reservado un círculo en el infierno para él solito, no parece que el castigo esté al caer. Por estas latitudes cunde desde hace siglos el viejo mito del Disoluto Punito, es decir, el don Juan depravado, descarado y contumaz que ni siquiera cuando le ve las orejas al demonio da su brazo a torcer. Berlusconi es la reencarnación del eterno trapisonda, un puntu entre galán y gañán, la versión XXL del primo crápula y marrullero que todos tenemos, del tramposo cuya falta de escrúpulos, esa sinvergonzonería con la que enfrenta las cosas de la vida, podríamos llegar a envidiar. Que no tenga escrúpulos no quiere decir que carezca de principios, el disoluto tiene la virtud de la constancia y nunca se arrepiente de sus actos. Quizá sea esa coherencia la característica que tanto aprecia el electorado italiano, porque ha vuelto a ganar, esta vez las europeas, a buena distancia del segundo y a más aún de cierto juez muy probo y muy honrado que aspiraba a reintroducir la decencia en la política. Probo no: probe. Yo no descartaría que, como versión moderna del mito, a Berlusconi se le abriera la tierra bajo los pies tarde o temprano en una de sus juergas de Villa Certosa. Mientras el infierno le va haciendo la cuenta, él se lo pasa de vicio.

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