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Dinamizar

 
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POR: PACHI PONCELA Cada momento histórico habla su propio idioma. Sin necesidad de remontarse al Siglo de Oro, no hay más que leer un texto o escuchar una emisión de radio de hace unos años para reparar en lo anticuada que se queda la lengua. Tiene que ver con aquello que entonaba La Más Grande, esa copla que decía «se nos rompió el amor de tanto usarlo». Pues con la lengua pasa algo parecido, sólo que nunca se rompe del todo y siempre hay recambio disponible. Piense en cómo hablaba usted hace un par de décadas o tres: nada que ver. Lo mismo que en la ropa o en los peinados, también en la lengua que empleamos todos los días se imponen tendencias. Hoy son los rizos, mañana los tupés; ahora tocan las hombreras y los calcetos blancos, antes fueron el tergal y la terlenka? Así también las palabras y las expresiones cunden durante una temporada imponiéndose a otras, las pobres, caídas en desgracia, hasta que a ellas también les toca ahuecar el ala y dar el relevo. Estudiar cómo habla el común de las personas es una vía de análisis sociológico, o antropológico, o lo que sea, muy interesante. En tiempos del Tercer Reich, el filólogo de Dresde Víctor Klemperer, notoriamente judío, se entretuvo en contemplar (mientras esperaba que lo mataran o algo aún peor) cómo el régimen nazi forjaba una legua propia y se la iba contagiando a toda la población. Tanto el idioma alemán como el filólogo sobrevivieron a tan enorme disparate y de aquella minuciosa observación surgió un libro que me permito recomendar a todos ustedes: «LTI (Lingua Tertii Imperii), la Lengua del Tercer Reich». A los nazis les gustaban los superlativos; en su época todo era «histórico», «glorioso», «radiante». Usaban «heroico» a todo pasto y una jerga maquinista que empleaban para referirse lo mismo a cosas que a personas. Es significativo que para ellos la palabra «fanático» tuviera una connotación positiva; hoy, sin embargo, el fanatismo no goza de buena prensa., salvo cuando se aplica al fútbol, un mundo aparte en el que parece que todo está permitido. En nuestros tiempos hay dos expresiones derivadas de la jerga política a las que los medios han ido dando lustre. Aunque no estoy muy seguro, diría que datan de cuando se «implementaban sinergias» y se «apostaba» sin ton ni son: «poner en valor» y «dinamizar». Ambas forman parte de las tareas que las administraciones públicas se encomiendan a sí mismas. Las dos aluden a realidades que no marchan muy allá, unas porque han caído en el abandono y otras porque no se mueven con la suficiente agilidad, de ahí que sea imprescindible dinamizarlas (cuando tal vez lo más sensato sería dinamitarlas y pasar a otra cosa). En Asturias, donde tantas veces da la impresión de que el tiempo se ha detenido, condenados a reeditar eternamente el Día de la Marmota, son de uso frecuente. Aquí se ponen en valor recursos humanos y materiales, se dinamizan comarcas y ciudades, barrios y sectores productivos. El otro día me enteré por un cartel de que ahora también se dinamizan parques públicos, que anda por ahí una empresa dedicada a tal menester. ¿Qué pasa, que no hay suficiente ambiente, que la ciudadanía no se implica como debiera? ¿Gritan poco los rapacinos, no hay corrillos de modistillas como antaño, las palomas defecan con menos profusión? En Gijón hay parques, como el de La Serena, que ya cuentan con bandas organizadas de dinamizadores sin que al ayuntamiento le cuesten un duro. ¿Qué más dinamismo quieren? Tengo curiosidad por saber cómo lo harán. Mientras tanto, hago un llamamiento a la población civil para que se dinamice espontáneamente a fin de evitar la dinamización forzosa. No se dejen influir. Se empieza por ahí y se acaba escuchando, de paseo por el parque, a algún padre airado gritándole al chiquillo: «¡Hazme el favor de merendar o te dinamizo de un hostiazu!». Al tiempo.

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