POR: LADISLAO DE ARRIBA
Esta sección no es, aunque tenga resonancias mercantiles, más que una galería abocetada de amigos muy queridos. Todos se merecen mi gratitud y ésta es ocasión de proclamarlo. Les debo mucho. Desde un razonable consejo a un emocionado abrazo, una amable palabra o un excesivo silencio, una crítica sincera o un halagador piropo, un alentador «sigue así» o un prudente «déjalo ya», una copa a deshora o un oportuno y reconfortable café. En algunos casos esta deuda viene de tiempos pasados, en época de vacas flacas o quebrantada salud, de alegría desbordada o de soledad compartida, noches de vino y rosas o temores e insomnios hospitalarios. Algunos, tal vez demasiados, ya no están entre nosotros, a otros ni siquiera los llegué a conocer personalmente, pero sí leí su obra y alguien me contó su vida.
Tanto los fanjules como los callejas fueron buenos estudiantes. Más de cuentas que de letras, Miguel Ángel fue aventajado alumno en nuestra Escuela de Comercio y profesionalmente llevó las cuentas de una importante empresa siderúrgica cuando en Gijón había fábricas de humeantes chimeneas. Ahora, de jubilado, ejerce el arbitraje en la tertulia, en la que a la hora del café (descafeinado) algunos desmemoriados discuten sobre temas locales. Miguel Ángel recuerda en qué número de la calle Cabrales estaba la Casa de Socorro; a quien vino a sustituir en el Sporting un gaditano llamado Camilo Liz y en qué verano perdió la dentadura en la pista del Náutico el cantante Gianni Ales. Sabe de banalidades, pero también de personajes y acontecimientos de la historia local. Con afición de genealogista, tiene en la memoria familias y linajes del «Gijón de toda la vida».
Desde hace algunos años le pone los cuernos a su Gijón del alma pasando un mes en la Manga del Mar Menor. Allí seca de la bruma cantábrica y carga las pilas para volver a otear la calle Corrida desde el ventanal del Club de Regatas. Fue entusiasta sportinguista y puede que haya llevado las cuentas del club cuando era un equipo sin suspensión de pagos y profusión de pufos.
Le recuerdo de adolescente caracoleando en su bicicleta como don Álvaro Domecq en su jaca. Ahora es un apacible octogenario, que una vez por semana se castiga el cuerpo fumando un aromático habano que causa la envidia de quienes tenemos maltrechos bronquios, pulmones y entresijos diversos. Que podamos contar muchos años con su memoria precisa e irrevocable.