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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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POR: TOÑO Una vez iniciado el ciclo industrial la villa gijonesa se desarrolló rápidamente con el buen quehacer de sus moradores, tanto en instalación de fábricas y talleres, apoyados por un puerto exportador, como en su economía, lo que permitía una vivencia social superior a la media, cubriendo el tránsito de ser un pueblo agricultor y pescador, a configurarse una villa moderna, conocida como el «Chiquito Londres», donde laboraban obreros y operarios en todo los ámbitos; pero en algunos aspectos, la ciudad continuaba con su talante anterior, incapaz del apresuramiento de la nueva tecnología y por tanto prosiguiendo con algunas costumbres que el flamante progreso, no había podido desvanecer: los vecinos todavía no se habían habituado a los recientes sistemas de venta, continuando con la compra de toda clase de géneros y mercancías en las vías públicas, en vez de realizarlas en tiendas y comercios establecidos, más acorde con los tiempos en que se vivía.
Las vendedoras de pescado -rutina perdurable hasta hace pocos años- que no detentaban banqueta en la plaza o no quería acceder al abono del impuesto correspondiente, pregonaban el producto por las calles. Lo portaban en una caja de madera sobre su cabeza, a «todo lo alto la lleva», para que los vecinos escuchasen las ofertas y descendiesen de los pisos, para concertar la transición. Las frases a pronunciar variaban, dependiendo de las minoristas y del tipo de pescado o marisco, con un alto porcentaje de sardinas -siempre abundante en la concha de San Lorenzo- y que por lo mismo, el pueblo, las denominaba «sardineras»; si el regateo se realizaba con la medida adecuada de urbanidad y educación se procedía al acuerdo comercial, pero si el convenio no se pactaba las desavenencias orales y discusiones podían alargarse algunos minutos y las voces mal sonantes, groseras, se escuchaban en un dilatado espacio.
El calderero, también afanoso caminante callejero en busca del cotidiano trabajo, enarbolaba sobre sus hombros multitud de recipientes, «lecheras» potas y sartenes, voceando su oficio, consistente en la reparación de toda clase de cacharros caseros -la mayoría de cinc, hojalata, o aleación- obturando los orificios ocasionados al usarlos por medio de un remache, especie de clavo machacado en los dos extremos.
Poco antes o después transitaban por las calles del casco urbano los afiladores y paragüeros -aquellos subsisten en la actualidad, pero con medios más renovados- anunciando su función por medio de una especie de xilófono bucal, emitiendo notas agudas, imitando una escala musical, escuchadas a gran distancia. Su oferta era sacar filo en los cantos o aristas de cuchillos, navajas o tijeras, preferentemente entre los comerciantes del gremio de tablajeros. Portaban sus pertrechos en una rueda, incluyendo un recipiente con agua para alimentar el esmeril -imprescindible- impelida a mano por medio de una especie de brazos que emergían de la circunferencia. Actividad copiosa la comprendían los paragüeros, atentos al fuerte viento y frío nordeste, así como la incesante lluvia, aliados de su cometido restaurando varillas, varas y conteras.
En la ocasión que las piezas de marisco, centolla, langosta y bogavante o crustáceos -percebes, andaricas y almejas- gozaban de una costera abundante, los propios pescadores anunciaban la mercancía en instalaciones asentadas en las raspa de La Barquera o en la de La Rula y en dos de las cuatro entradas del mercado del Sur. Ya no portan el artículo en la cabeza, sino en pequeños carros con ruedas de goma y que, a no mediar intermediarios, gozaban de un precio muy asequible.
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