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¿Tiene sentido hoy un Partido Comunista?

 

FRANCISCO DE ASÍS FERNÁNDEZ Hacerse esta pregunta implica asumir la existencia de un cuestionamiento social sobre la actualidad del ideario comunista y sus partidos. Y hacerlo, lejos de asimilarse a ninguna actitud defensiva, supone enfrentarse sin complejos a la anestesia con que la ideología del sistema pretende adormecer la conciencia social y, en especial, la de los trabajadores. Es un hecho que el modelo social surgido en 1917 fue agotándose hasta llegar al colapso final que significó el estallido de la URSS y la caída del llamado «campo socialista». Entonces, como se ha dicho, a muchos se les cayó encima el muro de Berlín y tomaron el hundimiento traumático de aquellas experiencias históricas por el fracaso del marxismo.


En España el fenómeno produjo efectos de particular relevancia. Si manifestaciones ideológicas de la posmodernidad, como la teoría del final de la Historia, el consumismo acrítico, el relativismo de los valores, el endiosamiento del mercado y de la globalización, el retroceso del pensamiento marxista en las universidades, del compromiso en los intelectuales, de los mecanismos de cohesión y movilización constituyen datos presentes en la sociedades de nuestro entorno, en España estas manifestaciones fueron hallando un caldo de cultivo favorable. El Partido Comunista de España, la fuerza de resistencia al franquismo más eficaz durante cuatro décadas, había atraído una ingente cantidad de militantes de aluvión, especialmente a partir de 1970, que con frecuencia no eran comunistas, sino demócratas contrarios a la dictadura. El partido de Carrillo, bajo la etiqueta del «eurocomunismo», trataba de hacerse un hueco en la «honorable sociedad» congraciándose con las fuerzas vivas y «respetables». La renuncia a planteamientos que conformaban la identidad del partido, y sobre todo a la capacidad movilizadora de los trabajadores, para propiciar el pacto social, fueron elementos del reblandecimiento ideológico del PCE en los años setenta-ochenta, preparando el terreno al «pensamiento débil». Si a ello le añadimos, tan pronto como el PCE toco «poder» en 1979, la preeminencia de lo institucional sobre lo social, o la temprana subalternidad con respecto al PSOE, podremos entender el abortado intento de disolución del partido en una maniobra «a la italiana» o su «congelación» a partir del XIII Congreso. Se entiende así la pérdida de efectivos: unos se iban porque nunca habían sido comunistas y no se reconocían en el partido, y otros se iban por lo contrario, porque eran comunistas y no se identificaban con las prácticas autolimitadas y autistas, más dado a las fiestas y loterías que a una intervención social de clase contra el sistema. Cuando a través de la primera IU, el partido participa en el repunte de conciencia y las movilizaciones de los noventa, aparece una nueva versión de la reacción interna, la llamada «Nueva Izquierda» que consiguió desgastar a IU como alternativa transformadora para terminar en la «casa común» del PSOE. Después, el relevo de Anguita y el encumbramiento de Llamazares significarían la imposición tardía de aquellos postulados de «Nueva Izquierda» que parecían derrotados. El proyecto incluía el aislamiento del PCE y la liberación del lastre que para algunos suponía. Con esos antecedentes el partido reacciona en su XVII Congreso federal y en el repetido VIII Congreso del PCA. ¿Tienen sentido y viabilidad estos últimos esfuerzos?

Veamos: El capitalismo continúa demostrando ser un sistema incapaz de cubrir las más elementales necesidades para la mayoría del mundo. Centenares de millones de personas chapotean en la miseria, el hambre, el analfabetismo y la muerte por enfermedades curables. La mayor parte de los países siguen siendo dependientes, encorvados bajo la deuda externa y víctimas del expolio. Continentes enteros son arrojados a la marginalidad. El planeta padece una desenfrenada depredación por mor del beneficio que dirige la práctica del capital. Todo ello lesiona los derechos humanos más elementales. Pero, sin moverse de España, es patente el retroceso de conquistas sociales que costaron en su día enormes sacrificios al movimiento obrero, la involución del «Estado del bienestar». Reconversiones industriales con grandes secuelas de despidos, privatizaciones generalizadas, extensión de la precariedad, recorte de derechos, contratos basura, salarios míseros, siniestralidad evitable, deslocalización de empresas, amenazas a la Seguridad Social, superbeneficios de la banca, constituyen datos básicos de las actuales relaciones capital-trabajo. Junto a ello, aparecen las secuelas de miedo entre los trabajadores a reivindicar sus intereses, a movilizarse y a sindicarse, ante la posibilidad de perder el empleo. La corrupción y la represión recobran su protagonismo como partes inseparables del sistema. Y es en ese escenario como los gobiernos del capital, llámense del PP y sean brutales o se refugien entre el talante amable de Zapatero y la férrea mano contable de Solbes, terminan cumpliendo sus funciones internas y externas al servicio del sistema: dentro, encarcelamiento de sindicalistas, nuevas vueltas de tuerca en la reforma laboral, dosificación de inmigrantes en función de intereses empresariales, campos de internamiento, adecuación del sistema educativo a los intereses del capital, privatización de servicios públicos en la educación, la sanidad, los transportes, etcétera; y fuera, intervenciones militares en Afganistán, KosovoÉ en defensa de intereses que demuestran que la guerra es un fenómeno inherente al capitalismo.

¿Es ese sistema el que debemos gestionar, introduciendo tal o cual medida correctora, para hacerlo «más humano»? ¿O sigue siendo necesaria la rebeldía frente a el? ¿O es posible otro mundo en el que la mayoría social tome conciencia e imponga su alternativa? Es ahí donde tiene su sitio un partido con voluntad de intervención, dispuesto a corregir autocríticamente sus errores, aplicando un método materialista de análisis y dispuesto a organizarse entre los trabajadores y a implicarse en sus necesidades concretas; un partido que articule socialmente, que oriente políticamente y que anteponga la movilización a la representación institucional; capaz de vertebrar convergencias político-sociales más amplias, independientemente de la denominación que adopten en cada tiempo o en cada lugar.

Pero ¿además de necesario es viable ese proyecto? Hoy parece abrirse una etapa plena de expectativas: en España el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, la «crisis del ladrillo» y el agotamiento del presente modelo especulativo de acumulación del capital hacen prever el rebrote de tensiones sociales, facilitando las condiciones para anudar la organización y movilización de los trabajadores. En el mundo se perfila lo que vendría a ser un cambio de ciclo en las estructuras del poder global: la imparable emergencia de China, el despertar de Latinoamérica: Venezuela, Bolivia, Ecuador... junto a una Cuba que reactualiza su marco socialista, la resistencia del pueblo en Irak y en Palestina, comprometiendo la capacidad de intervención imperialista en nuevas aventuras, son factores que señalan la tendencia de un mundo en el que la Historia no termina y en el que su explicación marxista, trenzada con la voluntad antagonista de los trabajadores y los pueblos, necesita para vivir una organización. Eso es precisamente el Partido Comunista.


Francisco de Asís Fernández, secretario general del Partido Comunista de Asturias.

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