El extraño comportamiento de uno de los últimos «gallones» 

Medio Ambiente descarta, de momento, capturar al ejemplar

 
Un guarda de Redes fotografía a Enrique Canteli junto al urogallo.
Un guarda de Redes fotografía a Enrique Canteli junto al urogallo. juan plaza
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Tras los turistas llega la Guardia Civil. A mediodía, una patrulla del Seprona pasa revista al urogallo. Tres agentes bajan del todoterreno, se acercan al animal y tras inspeccionar la zona vuelven al coche. «De momento quieren dejarlo a su aire», afirma uno de los agentes.


Más tarde, en otro todoterreno, llega un guarda del parque natural de la montaña de Riaño, en León, que se ha enterado de la presencia del urogallo y viene a sacarle fotos. El animal, que tiene 3 años, posa al sol. Luce pecho de color azul terciopelo, alas marrones, cola en forma de abanico negra y blanca, antifaz rojo. Al instante aparece también una patrulla de la guardería del parque natural de Redes que está de servicio y tiene como cometido vigilar al animal. El urogallo lleva al cuello un radiotransmisor que le instaló recientemente personal de la Junta de Castilla y León, y la guardería del Principado sabe en todo momento dónde se encuentra porque conocen la frecuencia con la que emite y dispone de receptores. «¡Mansín!, ¡Mansín!». Los guardas asturianos llaman al animal, que no les hace mucho caso, y entablan conversación con su colega leonés. Todos están preocupados por lo que pueda pasarle al animal si sigue en el pueblo.


-¿Por qué no lo llevan al centro de cría en cautividad de Sobrescobio?- pregunta el guarda leonés.


-Aún no está acondicionado. De momento no hay órdenes de capturarlo, hay que esperar...- responden los guardas de Redes.


Los expertos en el estudio del urogallo señalan que en poblaciones en peligro de extinción están bibliografiados episodios de ejemplares que hacen desplazamientos erráticos, que son dóciles, y que sufren alteraciones del comportamiento debido a que están enfermos o que han perdido el hilo de sociabilidad de su propia especie tras separarse del grupo familiar. A «Mansín» le gusta el asfalto, es un urogallo de caleya, y los hosteleros de la zona se frotan las manos. «Por la mañana cebé bien a los gochos para no atenderlos al mediodía, con tanta gente por el pueblo hoy abrimos el bar todo el día», afirma María García.

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