ELISABET FELGUEROSO LÓPEZ
Me niego a pagar la zona azul; me estoy mentalizando desde ya. Es una faena, porque trabajo en una academia en el centro de Sama y lo más habitual es que me pase el día con el tiempo justo y usando más el coche que el propio Fernando Alonso para desplazarme a distintos ayuntamientos en los que imparto cursos, con lo que valoro como nadie los problemas con las plazas de aparcamiento, pero lo de la zona azul suena a mala broma, a euros que se fugan de nuestro bolsillo con una gran risotada grotesca. Cuando se privatizó el agua (lo de la gestión mixta es como la Cola Light, que al final te engorda del mismo modo con distintos azúcares) me dieron ganas de darme de baja en el servicio, porque manca la madera que en Asturias, paraíso natural del agua, un gobierno de izquierdas no sea capaz de asumir la gestión pública de la misma (o no tenga interés). Pero, sinceramente, renunciar a la higiene diaria, la hidratación o la limpieza de la casa puso en un brete mi afán insumiso. Pero lo de la zona azul no tiene parangón. Prefiero desgastar más suela de zapato a riesgo de acabar tan acelerada como el conejito que guiaba a Alicia en aquel mundo maravilloso, que deslizar la moneda en la máquina mientras me reconcomo por dentro. Y ya no es por los sesenta céntimos cada hora, sino por la propia implantación de la medida, con la que la corporación municipal se ha lucido. Se ha tomado una decisión que no contaba con ningún respaldo popular, y además se emplea argumentos que desafían nuestra paciencia.
Al comercio no va a favorecerle lo más mínimo, porque hay suficientes grandes superficies (y en breve abren una más en Ciañu) con aparcamiento gratis como para que la gente se movilice al centro a pagar la zona azul, si me apuran es hasta un obstáculo. Y ojalá me equivoque, pero lo dudo. Lo de que va a solucionar el problema de aparcamiento habrá que verlo. Por lo pronto, las únicas partes en este asunto que tienen el beneficio asegurado son el Ayuntamiento y la empresa adjudicataria, que van a obtener una buena suma de dinero, pues la misma medida podía haberse aplicado como en Mieres, donde hay zona azul pero es gratuita, que podemos decir es una solución menos mala. Bueno, lo del enriquecimiento será si no le a todo el mundo por hacer cómo yo, que no pienso utilizarla, o como quienes promueven el uso de la misa sin hacer efectivos pagos como medida de protesta.
Algún día privatizarán los parques, las aceras, el ruido de las palomas en las plazas, el olor del césped recién cortado, la tenue luz de las estrellas en el invierno, y ese día, tendré que plantearme si dejarme arrastrar por la fiebre privatizadora o huir del mundanal ruido en una descansada vida como la que preconizaba Fray Luis. Mientras tanto, resistiré como insumisa de la zona azul.