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Necrológica

Emilio Casielles, en algo más que la memoria

n Era un hombre responsable y, claro, esto requiere la reciedumbre de cierto genio y carisma

 
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Emilio Casielles, en algo más que la memoria
Emilio Casielles, en algo más que la memoria  

MIGUEL ÁNGEL NAVARRO CREGO PROFESOR DE FILOSOFÍA DEL IES JERÓNIMO GONZÁLEZ Emilio Casielles ha fallecido. El que fuera profesor de Bachillerato de Física y Química durante tres décadas en el Instituto Jerónimo González de Sama (Langreo) ya no está entre nosotros. Sus compañeros y compañeras. O tal vez sí? o tal vez sí? y ésa es la cuestión.

Porque más allá de las condolencias y de ese pésame que participamos a su viuda e hijos, cuyo dolor en estos momentos no se puede aprehender nunca con palabras, pues todo discurso lingüístico siempre se queda corto y desmaya ante la transida sensación de la nada, del vacío irreparable, cabe hacer unas breves reflexiones que no creemos extemporáneas.

Sin pretender ser inoportuno ante el sufrimiento ético de su familia y allegados más próximos, me impongo, como compañero y ex alumno, repensar lo siguiente con tierno agradecimiento para mitigar en parte mi propio desconcierto. Recuerdo así a Aristóteles cuando afirmaba, en su «Ética a Nicómaco», que la esencia moral de un hombre no queda definitivamente cerrada hasta su muerte. De forma más cristiana podemos, pues, considerar que mientras se está en camino cada jornada tiene su afán y su dignidad, y en esta última, la dignidad, se afirma uno día a día hasta el postrero. Se me dirá, ¿a qué viene todo esto en unas líneas casi convencionales de evocación? Pues viene muy a propósito de lo siguiente.

El finado, don Emilio Casielles, y también su esposa, doña Fernanda Trabanco, fueron profesores en el citado instituto durante muchos años. Supongo que no les sería nada fácil compaginar a la vez la dimensión íntima de la relación afectiva marital con la más desenfadada de ser simples compañeros. En ambos ámbitos a la par dieron siempre un grato ejemplo a seguir. Porque hay que recordar que, frente a estos tiempos de absurdos recelos feministas en los contextos laborales, hubo una época no lejana en la que ser colegas, enamorarse y ser novios era lo más normal del mundo.

Pero lo que a mí más me interesa resaltar es lo siguiente, «echando mi cuarto a espadas» y frente a los que tanto intentaron mancillar el buen nombre y hacer de Emilio no hace aún tantos años en el «Jerónimo», a saber: pues con el poeta, con Jorge Manrique, tan oportuno para la ocasión, habría que preguntarse, ¿qué se hicieron? ¿Dónde están, que no los veo, los que levantaban insidias, los que tramaban calumnias e injurias no sólo contra él sino contra todo su equipo directivo? Que si cierto es que un pueblo pequeño es un infierno grande, y en Sama casi todos nos conocemos, no lo es menos que la humana necesidad y la mezquina voracidad política son cánceres que envenenan la convivencia cívica. Y si hablamos de un centro docente la cuestión es todavía más sangrante.

¿Qué se puede decir de quienes insultaban a Emilio en los claustros de profesores?, ¿y de quienes, como aprendices de brujo (pues Maquiavelo les venía grande), manipulaban a enfermizas terceras personas (otros profesores y padres), para enrarecer aún más el ambiente? Ser director de un IES, en estos tiempos de nula autoridad y de total corrupción política docente, es algo muy difícil (sépalo usted, señor Riopedre, o quien haga las veces del máximo cargo en el ramo). Y más aún si se tienen temple, cierta garra e ideas propias (equivocadas o no, que esa es otra cuestión). A veces pienso que la única «virtud» (entiéndase vicio), que hay que tener para ser hoy en día directivo en la docencia es mucha cachaza, mucha indolencia; es decir, las espaldas muy anchas para dormir bien todas las noches. Emilio no era de éstos. Era (es decir «es», en su esencia, en el citado sentido aristotélico), un hombre responsable y, claro, esto requiere la reciedumbre de cierto genio y carisma. Algo que no se complace en nada con unos tiempos en los que todos somos unos tiquismiquis.

Yo mismo me autoinculpo de no haber sido con él algo más gallardo y de no haberle frecuentado más en el trato en determinados momentos difíciles por los que tuvo que pasar. La propia debilidad incubada en un entorno de delación y amedrentamiento configuraron una grave circunstancia. Pero no me justifico ni lo afirmo con vana autoindulgencia. Sirva la presente necrológica para poner las cosas en su sitio.

Por eso me preguntaba por el dónde están esos fantasmas que contra él se levantaron y que en el pasado perjudicaron gravemente la imagen pública del instituto. Pero como anunciábamos, la dignidad humana se manifiesta en los momentos más difíciles, y así Emilio no se jubiló cuando podía haberlo hecho y presentó a la nefanda Administración los recursos y alegaciones que creyó pertinentes en el ejercicio y demanda de sus legítimos derechos.

Pues bien, pasadas ya esas borrascas, y cuando nuevas y jóvenes generaciones se hacen cargo del timón de una nave no siempre fácil de gobernar, frente a los múltiples embates de la esquiva fortuna, deseo recordarles a estos que aprendan algo de la dilatada historia del Instituto Jerónimo González y también de lo que para muchos que estudiamos en sus aulas en tiempos de Transición representan personas como Emilio y Fernanda (como tantos otros). Y es que la historia de una ciudad es también (y sobre todo) la historia de sus instituciones educativas y de sus personas más notables por el concepto que sea.

Por eso, además, hay que recordar a quienes por sus malas obras son como hojas de otoño que barre el viento. Nada queda de la vanidad de vanidades. Así ésos, a los que sin mentar menciono, son realmente los que ya están muertos, pues, como ocurre siempre, el espíritu de las buenas personas pervive en la memoria de los vivos; como Emilio pervivirá en el corazón de los que le conocimos y respetamos.

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