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Pijos en tiempos de crisis

n Una horda de jóvenes movilizados por internet hizo «botellón» en Pozuelo

 
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HERI GUTIÉRREZ GARCÍA Hace unas fechas, Juan Vázquez, ex rector de la Universidad de Oviedo, hablaba en una conferencia de la necesidad de diálogo social para evitar que las cosas sigan como hasta ahora, que se desmorone el castillo de naipes de nuestra economía, se precarice más aún el mercado de trabajo, se disparen los datos del paro, y que los privilegiados que mantienen su nómina la sigan viendo reducirse, por debajo del nivel del salario de subsistencia, siendo la generación mejor formada de nuestra Historia. Como hace años fui uno de sus alumnos -eso sí, de los peores-, me atrevo a concluir la reflexión de Vázquez diciendo que este diálogo debe ir mucho más allá. Sé que él lo tenía en mente, pero la charla versaba sobre entorno económico.

Días después, un horda de jóvenes movilizados por las nuevas tecnologías hacía un macrobotellón en Pozuelo, el Ayuntamiento de mayor renta per cápita del país. Por mor de la explosiva mezcla de alcohol y sustancias varias, al poco, los allí reunidos, estudiantes, trabajadores, pijos y otras tribus urbanas, se enzarzaron en una batalla contra las fuerzas del orden. Todo lujo de detalles aparecían subidos a la red de internet, narrados por unos descerebrados, «MatíasPrats» imitadores del periodista. Frases como «te voy a tirar una botella...», «mira; no tienen h..., con toletes y reculan...» y más lujos que me niego a repetir. No merece la pena. Sólo reprobar a los padres que defendían o justificaban el intento de asalto a la Comisaría, porque en sus palabras, la de sus vástagos, las fuerzas del orden se habían «pasao». Vértigo me da; no sé que se les pasa por la cabeza, de verdad. ¿Dónde está el sentido común?

¿Y por qué todo esto? Desde mi óptica profesional, en contacto permanente con personas de distintas edades, he notado que la cultura, entendida como conjunto de instituciones que permiten a los individuos satisfacer sus necesidades con varios tipos de conductas, no sólo como conjunto de artes pictóricas, escritas o musicales, está viéndose desbordada. ¿Y por qué? No creo que se deba, como piensan algunos, por falta de métodos de coacción o de rigor al aplicarlos. Si fuese tan sencillo, bastaría con dictar el estado de sitio, penas de muerte a discreción y jurando sobre la Biblia, amparados en la ley del talión, cacarear el «que nadie se mueva». Por ejemplo, eso lo hacen nuestros primos los yanquis y tampoco les va muy bien; mucho peor, diría. La cuestión y su solución, que la tiene, son más profundas. Mientras que en los ochenta y noventa existía una conciencia social, cargada de solidaridad y valores humanos, más o menos asumida pero sí ampliamente extendida, ahora el egoísmo y la servidumbre a las normas del progreso mal entendido son dogmas de fe. Por principios, nunca el progreso debe ir en contra de la Humanidad, se debe evolucionar, no involucionar hacia la oscuridad de las cavernas, que es lo que desgraciadamente parece que ocurre.

Llegados a este punto, todos podréis preguntarme, un tanto enfadados, y con razón: y tú, ¿qué propones, listo? De mano, deciros que no tengo la varita mágica que active la solución. Por ella se descerebran legisladores, pedagogos y regidores. Pero sí os puedo decir que el cumplimiento de las normas de la llamada civilización actual no se funda en la presión que se ejerza sobre los ciudadanos, porque apretar y constreñir, como en tiempos pasados y peores, supone perder las garantías democráticas, que debemos salvaguardar como oro en paño. El desarrollo de las civilizaciones debe dar la capacidad para que todos podamos ser piedras angulares de dicho proceso. Pero, claro, eso solo se consigue con educación social; y aunque se pretenda impartir por los profesionales en las aulas, la labor queda estéril si no se completa en las casas.

No debemos sucumbir al desánimo del sillón y permitir que las nuevas «tatas» vigilen el madurar de los más jóvenes. Internet, los mp3, móviles... deben ser entendidos como medios de comunicación y, tal vez, como «instrumento» para formar redes sociales, vinculadas al ocio o trabajo; pero nunca una forma de vida, que se torna en adicción moderna, capaz de satisfacer, narcotizar se me antoja, todas las necesidades humanas. Entonces, ¿de qué sirve la cultura? ¿Sólo de marco para que todos quedemos desdibujados como zombis descerebrados? Edmund Burke, filósofo británico del siglo XVIII, ya decía: «Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien se crucen de brazos y no hagan nada».

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