LUIS
ALONSO-VEGA
Hace unos días que no me asomo por esta ventana de LA NUEVA ESPAÑA. Unas veces, porque algo me imposibilita el hacerlo, y otras, porque el humor no ayuda por causa de lo primero. Pero hoy, sin apetencia y con una claridad otoñal aparentemente más triste que se cuela por la claraboya, por el margen derecho dejo entrar una luz con toda su fuerza. Es la influencia de un alma serenísima que se va «hacia el más allá» y que, cansado de luchar su cuerpo, cierra los ojos a este mundo.
Por mi parte, es el deseo de recordar ese último buen fotograma de hace algo más de un año, situándonos, todos, en Pampiedra. Allí coincidimos dos familias. Una de ellas, el matrimonio Manolo y Betty, Betty y Manolo, con sus hijos. Y allí se encuentra Leticia. No puede olvidárseme ese día, quizás un poco tristón, amenazando el mal tiempo, pero sin llegar a orbayar tan siquiera. En ese amor y compaña que a todos nos asistía aquel día de agosto, después de una buena comida y sentados en aquella gran terraza hacia el Valle, coincidió que Manolo y yo hicimos sin pretenderlo un pequeño aparte y allí hablamos, sobre todo, «de la vida y de los milagros» de lo que nos rodea. De una cosa se pasa a otra y, en ese momento, surge algo sobre los que están más cerca, de los que sufren y reman para intentar llegar a buen puerto. Pienso, creo, que es como una necesidad de algo interior que necesita explotar, que muchas veces necesita expandirse, comentar, quizá, con el menos amigo que tenemos a mano. Y uno escucha aquel desahogo y quiero apreciar cómo en algo se alivia su espíritu: con la familia ya casi está todo hablado y es la amargura lo que más se difunde.
Conociendo yo un poco la dolencia de Leticia, algo de la amargura de su padre -nunca comparable, por supuesto-, me transmite. Yo, viendo en aquel momento a una guapa neña con aquella apariencia tan sana y llena de vida, me parecía imposible la congoja por la que pasaba su padre. En ese instante, es justo el momento de cambiar de conversación y tratar otro tema que pueda animar, aunque no olvidar. Año y pico después, Leticia, no sé si injustamente y después de una incansable lucha con la medicina, abandona su casa, a los suyos y, con seguridad, se va a la Casa del Padre.
Para sus padres y hermanos, queda el consuelo del descanso y el fuerte abrazo de esos amigos que siempre los rodean. Para mí, queda «la buena fotografía» de Leticia, aquella guapa neña en Pampiedra.