CARLOS CUESTA
En los últimos años en España, la sociedad del bienestar ha llegado a cotas de óptimo nivel y nuestro país se situó entre los más boyantes y equilibrados en su balanza comercial de Europa. Esta circunstancia, entre otras, conllevó situaciones de exigencia ciudadanas casi insostenibles en estos momentos de crisis económica. Todos queremos más. Las demandas, de todo tipo, a los ayuntamientos, diputaciones o comunidades autónomas son continuas y, a veces, exageradas. Sanidad, infraestructuras, vivienda, servicios sociales, educativos, culturales, deportivos?
El Estado tiene un límite y los españoles, los asturianos especialmente, estamos acostumbrados a esas peticiones como si el dinero fuera maná caído del cielo. Hasta hace un tiempo, miel sobre hojuelas, o eso parecía. Pero el momento presente dice que hay que mentalizarse y obrar en consecuencia. Somos sujetos de derechos, sin duda, y, sin olvidarlo, también de obligaciones y deberes. La situación económica actual cada vez es más insostenible, a juzgar por los datos económicos del Gobierno, la patronal y los analistas financieros de aquí y de allá. Los sindicatos siguen adormecidos y siguiendo las pautas gubernamentales como si la cosa no fuera con ellos. La congelación salarial de los funcionarios puede ser una medida políticamente correcta, pero no social. Un mayor impuesto a las clases pudientes no arreglaría mucho para engrosar el delicado fondo financiero estatal. O sea, que las medidas del Gobierno socialista se llevarán a efecto, pero los resultados pueden ser negativos a juzgar por la oposición y los expertos bursátiles. Hay que evitar el despilfarro público, ahondar en la reforma del mercado laboral, aumentar la competitividad de las pequeñas y medianas empresas y una revisión serena sobre el futuro de las pensiones. Lo señalan los economistas y lo exige el pueblo llano y sensato. Y también reducir el Presupuesto del Estado, un tema complejo y delicado, pero que puede resultar positivo a medio plazo. Los países ricos y avanzados de nuestro entorno siguen esas pautas económicas y se observa que poco a poco van saliendo de la brutal recesión. Aquí, por el camino que vamos y con tanto ladrillo en el suelo, por aquello del exceso de construcción, la cosa va para largo. Hay que imponer austeridad en todos los sectores y vivir con más moderación. La mayoría de este estupendo y contradictorio país ya lo hace, más por obligación que por gusto. Por ello, desde esta tribuna mediática pido, con cortesía y respeto, más responsabilidad ética a los gobernados, y cordura y sensatez a los gobernantes. Con posturas razonables y justicia distributiva, haremos un Estado más fuerte y saldremos pronto de este difícil atolladero económico. De lo contrario, iremos directamente al precipicio, con los problemas sociales, laborales y económicos que esa futura lacra traerá consigo. El Gobierno nacional se juega mucho en este envite y los millones de parados, aliviados con migajas temporales, saldrán al ruedo ibérico envueltos en estallido social. Ojalá que todo sea un mal sueño.