FRANCISCO PALACIOS
El 18 de septiembre de 1868 en la bahía de Cádiz, al grito de «¡Viva la soberanía nacional!», veintiún cañonazos disparados desde la fragata «Zaragoza» anunciaban el destronamiento de Isabel II. Se iniciaba así el llamado sexenio revolucionario. Un período vertiginoso durante el que se produjeron más cambios políticos internos que en ningún período análogo en la historia contemporánea de España.
Esta comarca conectó entonces por primera vez con la realidad política nacional. Así, en Langreo se formó una de las once juntas revolucionarias que se constituyeron en Asturias. Mediante incendiarios llamamientos a los vecinos, la junta langreana justificaba el levantamiento de septiembre por la insostenible corrupción de las camarillas políticas cercanas a la reina.
Desde hacía algún tiempo, se venía conspirando en el municipio contra el régimen monárquico en una tertulia nocturna que se celebraba en la trastienda de una farmacia. La integraban un grupo perteneciente a la mesocracia ilustrada, republicana, liberal, en parte masónica, relacionada con los negocios mineros, industriales, el comercio y las profesiones liberales. Una minoría que además controlaba el poder municipal.
Los que encabezaron la revolución de 1868, tildada de «verbalista» por sus muchas y falsas promesas, no pretendían más que realizar pequeñas reformas económicas y políticas. Una vez alcanzado el poder con el apoyo popular, se olvidaron de sus proclamas en las que, entre otras cosas, prometían «redimir al proletariado de la miseria y la ignominia» que venía padeciendo.
En octubre del año siguiente, hace ahora 140 años, debido a las promesas incumplidas, estallaron levantamientos republicanos en diferentes provincias españolas. (la Junta Revolucionaria madrileña acordó aquellos días que los obreros tendrían asegurado el trabajo y un jornal mínimo: una disposición que nunca llegaría a cumplirse).
En Asturias, las insurrecciones alcanzaron cierta virulencia en la Fábrica de Armas de Trubia y en Langreo, donde se formó una partida de dos centenares de hombres que intentaron ocupar por la fuerza la siderurgia de Duro y Compañía y arrastrar al movimiento a los casi mil obreros que allí trabajaban. Cercados por los carabineros, los insurrectos huyeron hacia los montes cercanos.
Aquel sexenio revolucionario se cerraba con el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto que proclamaba como rey de España a Alfonso XII, hijo de Isabel II, con lo que se restauraba la Monarquía borbónica. Alfonso XII, único rey español que se manifestó abiertamente liberal, llegaba a Langreo meses después de su proclamación para visitar la fábrica de Duro y Compañía. Y como resultado de aquella visita, concedió al Ayuntamiento de Langreo el tratamiento de ilustrísimo «por el aumento de su población, progresos en su industria y agricultura y constante adhesión a la Monarquía constitucional».
Era el protocolario reconocimiento institucional de un modelo socioeconómico que sería el dominante durante más de un siglo. Un siglo en el que se producirán otros movimientos revolucionarios ya no precisamente «verbalistas».