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El filandón

Impuestos adultos

n La solución es buscar un modelo distinto, basado en otro valores, sostenible y justo

 
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ELISABET FELGUEROSO LÓPEZ Los impuestos indirectos amenazan con alcanzar la mayoría de edad y colocarse en un dieciocho por ciento de cara al año que viene, subiendo dos puntos de un golpazo, y dejándonos la mirada estupefacta como cuando tu vecino adolescente da el estirón durante el verano y pasa ante tus narices como un extraño con vello en la cara y voz casi cacareante. Bueno, amenazar no amenazan ellos, amenaza el Gobierno Zapatero, al que conjugar su pretendido socialismo de colorín y panfleto con el sistema económico imperante en la globalidad del capital le está costando algunas canas, y pérdida acuciante de sentido común. Hasta Solbes, aquella especie de escudero pertrechado con calculadora, que se afanaba en guiar los pasos de la economía española, se hace cruces ante los palos de ciego que se dan desde Moncloa.

La cuestión es muy sencilla y a la vez de muy complicada puesta en marcha, casi utópica. No podemos agarrarnos al clavo ardiendo del capital porque no es válida la premisa de que ha habido un fallo en el sistema, sino hay que tomar conciencia de que el sistema en sí es un fallo. ¿Cómo se puede considerar, echando un vistazo al mundo, que nuestro planteamiento social hasta el momento era un triunfo y hay que rescatarlo a cualquier costa? Obviamente, la solución es buscar un modelo distinto, basado en otros valores, sostenible y justo. Pero hasta ahí la fantasía. A la hora de la verdad quien tiene en sus manos la llave del cambio es esa pequeña poderosa minoría que disfrutaba de las ventajas de un sistema desequilibrado. Y cuando hay que pagar los platos rotos cualquier bolsillo es bueno menos los suyos. Y aquí llegan los impuestos, a los que Zapatero puede vestir de seda y adornar con un ramo de orquídeas si quiere, puede vendernos su incremento en una cajita de cristal finísimo o colgarles de las orejas dos diamantes puros, y presentarlos como una medida inocua, pero seguirán siendo un diezmo para la población trabajadora, una bofetada que nos devuelve a la realidad más cruda: hay quienes rompen y hay quienes pagan, y a la mayoría siempre nos toca pagar.

Cuando era niña me levantaba los sábados y aún en pijama, con la tranquilidad de no tener que correr a la escuela, me sentaba junto a mi hermana en el sofá a saborear el desayuno viendo «La bola de cristal». Me gustaba tanto que incluso convencí a mi madre para que me cosiera un disfraz de Hada Video para Carnaval. Aún hoy, algunos días escuchando las noticias me parece oír a la Bruja Avería estallando en gozo y gritando: «¡Viva el mal! ¡Viva el capital!». Últimamente debe estar frotándose las manos?.

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