LUIS ALONSO-VEGA
Allá a finales del siglo XIX y, más concretamente, en 1894, se estrenaba en el Teatro Apolo de Madrid la genial zarzuela «La verbena de La Paloma». Los no solo aficionados al «género chico», conocen, escuchan y hasta canturrean muchas de sus estrofas, entre ellas aquella que dice: «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. ¡Es una brutalidad!. ¡Es una bestialidad!». Entendámonos, si «solo» ciento quince años por delante, una irónica y humorística opereta ya comentaba lo que avanzaban las ciencias, ¿qué hubiese dicho hoy, en el 2009?. Pasemos toda esa gran cantidad de páginas y entremos de lleno en lo que me interesa contarles.
El hecho sucedió hace muy pocos días y así discurrió. Poco antes de amanecer, un hombre pica en la puerta del cuartel de la Guardia Civil: está en un serio apuro, les explica, porque su mujer está a punto de dar a luz. Se pone todo en marcha hacia la capital. La notable circulación de vehículos, en lo que ya es la primera hora para ir a trabajar, está produciendo una gran dificultad de llegar a tiempo al centro médico correspondiente. Y la madre se dispone a dar a luz una nueva vida «allí» precisamente, dentro del vehículo. Como la naturaleza es así de sabia y la buena disposición de los agentes es extraordinaria, entiendo sobre todo en estos casos, todo discurre bien tanto para la parturienta como para la criatura que abre sus ojos al mundo: todos contentos y muy felices. Sin embargo, para mí y una vez más, surge el cómo se salva la imprescindible rotura del cordón umbilical y qué se hace después. Veamos.
No sé por qué, pero siempre hay alguien que lleva una simple navaja encima y, una vez cortada la unión entre madre e hijo, después, es de «obligado cumplimiento» atar el aún trocito que resta en el niño. Pues bien, de la misma forma que la navaja en cuestión siempre parece estar en el bolsillo correspondiente, parece hasta milagroso que también surja un cordón de zapato o bota, para atar ese resto que aún le sobresale al chico por su ombliguillo. Y es que me dio por pensar que, todos los adultos allí presentes en el parto, llevasen zapatos mocasines, con lo que, esa aparente y gran facilidad de no llevar calzado de atar, podía ser en algún momento hasta problemática y menos ágil la solución. Eso de encontrar un remedio tan viejo y tan antiguo en estos comienzos del siglo XXI, con toda la modernidad que nos rodea, el que ese simple cordón de un zapato pueda salvar la vida de un niño, es algo tan primitivo como eficaz. ¡Bien por lo rancio a estas alturas!.