LUIS ALONSO-VEGA
No suena bien al decirla y, aunque conozcamos sobradamente su definición, creo que no es un término excesivamente usual. Nuestra Academia de la Lengua nos ayuda a un mejor comprender lo que funciona a nuestro rededor: «Del francés "groupuscule". Grupo poco numeroso de personas que interviene activamente en algún asunto frente a otro u otros grupos mucho mayores». Ustedes no lo sé, pero yo al menos descansé con esa completa interpretación. Ahora veamos dónde están metidos estos pequeños grupos, intentando promover, o al menos dar la lata lo suficiente, cual mosca cojonera: disculpen mi ligereza.
Sigo entendiendo que en aquellos lugares donde una aparente mayoría arrastra -alcaldías, entes de diferentes corporaciones y otros movimientos muy diversos- es la autocracia -voluntad en la que una sola persona es la suprema ley- lo que viene funcionando y, como consecuencia, la marginación del resto de sus miembros, ya no digo acomplejados, pero sí meros espectadores de lo que nunca participan y, como jugadores en una partida de cartas, asisten al palo con aburrido entusiasmo. Ni más ni menos.
El «jefe» lleva la voz cantante, contraría duramente a cualquiera de los suyos que intente dar una diferente opinión y, como suele ser normal, o mejor dicho norma, «al que se mueva, lo hundo». Él y el resto que está «al sol que más calienta» son los que están arriba disponiendo y gobernando. Y a todos ellos les va bien, de la misma «caja» perciben buena remuneración y, en algunos casos, hasta su posición goza de otras prebendas que les llegan como el que no quiere la cosa: pocos son los que se libran de esa honradez. Pero haberlos, haylos. Entonces ¿qué hacen los demás llenos de inquietudes, con ganas de participar en todo aquello que se mueve o, mejor diría, lo que necesita que se mueva y llevar a cabo el empuje necesario con mejores ideas de las que se están ofreciendo? Y aquí aterrizan los grupúsculos, con mucho ímpetu y fuerza para desarmar al inmovible gigante autócrata. ¿Cómo? No lo sé, pero demos una idea de lo que suele estar funcionando.
Primero dos, luego tres, más tarde cuatro, «ya somos» cinco, probablemente llegue el sexto, uno ya no viene, el otro empieza a cansarse?, en resumen, a los pocos días volvemos a ser cuatro. Más que el primero, el segundo suele ser el motor, el aplicado, el que revuelve lo habido y por haber, incansable, inquieto y, para mí, más que inteligente, el listo lleno de habilidades. Pero de ahí no pasa el número de partícipes. Entretanto, el autócrata en funciones sigue ahí, a veces un poco inquieto, pero observando que su puesto no peligre. Y digo yo para no cansarles: ¿esto ocurre en Langreo o es algo que me imagino yo desde la meseta? En tanto el repetido grupúsculo siga ahí, llegaremos a viejos y?