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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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LUIS ALONSO-VEGA Siendo muy pequeño, recuerdo en mi casa un completo belén recortable que, año tras año, se guardaba con mucho cuidado para volver a sacarlo al siguiente. Se ponía en el comedor y, creo tenerlo en mente, se colocaba encima de un ancho radiador de calefacción que no funcionaba. Con el tiempo se fueron ajando las figuras y doblando sus «paredes», hasta que pude encontrar otro igual y, pacientemente, hacer otro nuevo. Pegué todo el recortable sobre cartulina para ofrecer mayor resistencia y, después, fui cortando las figuras, el portal, el castillo de Herodes, los Reyes Magos y su caravana, los pastores, las ovejas y el ángel que coronaba aquel armatoste endurecido, cuya dimensión sería de unos 60 centímetros de ancho, 40 de profundidad y otros tantos de altura. Con el tiempo, no sé cómo acabó y en dónde. Como contrapunto, en casa recordaban un nacimiento hecho de madera que, en el año 1931, le habían regalado a mi padre los Jesuitas en su estampida; el bombardeo en la Guerra Civil acabó con una parte del edificio y allí quedó chamuscado tan apreciado belén. Así que de lo artístico de la madera pasamos a lo amanuense del papel. ¡Qué cosas!
Años después fui adquiriendo figuras de barro, planchas de corcho, unos años consiguiendo musgo natural y otros artificial; ríos con «papel de plata», serrín en vez de arena, una pila de linterna daba luz a una pequeña bombilla con luz envuelta en celofán rojo que imita la hoguera para los pastores?
Otro año compré unos hermosos Reyes Magos que iban en camello. Pero, por mucho cuidado que tenía, tanto al montarlo antes de Nochebuena y guardarlo después de Reyes, algún brazo de un paje se quedaba en el «camino», la vara de San José se perdía o el halo de la Virgen se extraviaba entre la viruta: un desastre. Al final quedó en lo que la gente hoy llama «el misterio», vamos, el portal y las inevitables figuras de su interior, todas ellas en escayola: ¡qué remedio!
Hace unos años, me eché un amigo en Madrid que me sorprendió con su afición y, diría mejor, devoción. Tiene, ¡pásmense!, unos treinta y tantos belenes: la mayoría de barro, alguno de resina, también en papel maché, otro de cerámica de Lladró? Varía el tamaño de las figuras, entre 21 y 25 centímetros, y todos ellos comprados en países y lugares inverosímiles: Italia, Perú, Alemania, México, Argentina? y, claro está, en España -no hay que olvidar a los clásicos maestros belenistas murcianos-. Cuenta cosas, unas curiosas, como el belén filipino que compró en El Paular, Madrid, con figuras que levantan alrededor de un centímetro: se pierden entre sus dedos. Y, como simpática, el adquirido en Luján, Argentina, hecho en porcelana blanca y decorado en oro, donde al pie figura el texto: «Made in Spain»: ¡únicos!
Hoy sigo acordándome con cariño de aquel simple belén recortable, admiro con envidia sana los que posee mi amigo Julián y, ¡cómo no!, el instalado delante del Ayuntamiento de Sama de Langreo: ¡Bien, algo cristiano nos queda!
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