LUIS ALONSO-VEGA
Si alguno de ustedes tiene memoria, cosa que yo voy perdiendo por unas razones u otras, el año pasado y más o menos por estas fechas les comenté mi pasión por los juguetes y, a lo peor, hasta les aburrí con ese mi entusiasmo. Pero, la verdad, es que no hay muchas cosas a nuestro rededor que nos transmitan alegría, como no sean los perfumes, turrones, cestas navideñas, algún banco que otro -y no de sentarse- y, lo dicho, los juguetes destinados primordialmente para los niños. Je, je, y para los menos niños que aún damos guerra.
De nuevo, les recuerdo mi disfrute con los catálogos que siempre recibo de diferentes establecimientos. No sé si son envíos generalizados para toda una clientela o es que presuponen que en esta casa hay niños «adecuados a la materia». Lo dicho, y yo feliz si lo apropiado a los elementos aún conservo, decir alma es demasiada calificación, el espíritu de tirarse en el suelo, armar y desmontar, ensuciarse las manos, sacarle brillo a las rodilleras y, a veces, hasta poner la cara a la altura del suelo para una mejor visión objetiva. ¡Qué cosas ocurren y me pasan por la imaginación!
Pero este año no estoy dispuesto a engañarles a ustedes, y menos a los Reyes Magos, cuando, con toda esa ilusión del mundo, les dije que iba a pedir un tren eléctrico que era una auténtica monería. ¿Que no se acuerdan de esa promesa? Claro que no. Pero el que se acuerda sobradamente es un servidor de ustedes que, al final de la Navidad, no tuve valor para? ¿comprar o pedir al Rey Melchor?, y me quedé con las ganas de pedirlo o comprarlo el año próximo, que ya es éste. Bueno, pues pásmense con mi tozudez, porque acabo de ver un hermoso tren, no eléctrico precisamente: una auténtica coquetería de madera. Es más, el anuncio recomendaba que es para coleccionistas. ¿Un niño coleccionista? Nanay de la China: coleccionista su padre. Los chicos juegan y lo hacen con disfrute hasta que rompe el producto -hay excepciones- y alguno de esos artefactos no llegan ni al final del día 6 de enero. Eso sí, después juegan con los desechos que por casa andan sueltos, amarrados con elásticos y ataduras de peor presencia. Lo dicho, el padre no juega, tan sólo disfruta mirándolo cual judío contempla sus monedas de oro. Pero aún hay más antes de cerrar este artículo. Verán.
Lo más sorprendente de este año no es el juguete, sino la publicidad que ayuda a los padres, ¡qué digo!, a que los Reyes Magos decidan. En esas recomendaciones nos apuntan unas «características psicopedagógicas», destacando entre las mismas la imaginación, creatividad, lenguaje y habilidad manual. Visto lo cual, creo que a mí no me conviene nada psicopedagógico, es muy profundo para el que suscribe y lo que me va mejor es una simple caja de zapatos de cartón, tirada por un cordelín. Naturalmente, a lo que alcanzo.