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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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HERI GUTIÉRREZ GARCÍA Rotundamente, sí. Incluso cuando, como desgraciada moneda de cambio, algún cooperador lo pasa mal. Esta «mojada» inicial parece demasiado gratuita, pero si analizamos palabra por palabra y leemos entre líneas, la conclusión no puede ser otra. Inicialmente, la cooperación y la ayuda solidaria internacional son hijas naturales de la colonización ejercida por el viejo mundo sobre la periferia, sin justificación posible y de chapuceros resultados por mucho oro que se trajese en los galeones allende los mares -Neptuno se cobró una parte para las arcas de sus océanos- y por muy mercantilista que fuese la causa del desarrollo de los dueños de las colonias. Claro, ésta, como siempre, es mi opinión y poco poder tengo para cambiar las cosas. En cambio, el imperialismo puede considerarlas como bastardas de padre desconocido y de madre de dudosa reputación o como los indios, de las «pelis del Oeste», decían «hijas de cien mil padres». La modalidad que elijáis no nos impedirá seguir con la columna. Eso sí, no hay papel en la edición de este día, ni ganas por mi parte para intentar disertar y discrepar, en profundidad, sobre las supuestas contribuciones y calamidades ciertas que el colonialismo regala al modelo capitalista de la globalización actual; además nos pondríamos muy tristes y no es el caso.
Acerquémonos mucho más. Al final de la II Guerra Mundial los aliados de Occidente vieron en el comunismo soviético un enemigo de similar parangón al suyo. Unos individuos que, a poco que el imperio se durmiese, podían inferirse como los nuevos amos del mundo. Este miedo hace que los brazos del capitalismo «avanzado» -si así se puede calificar a este sistema- se abran orientados hacia el Tercer Mundo con la pérfida idea de... vosotros contestáis. Y todo porque en sus cabezas rondaba la idea sobre la unidireccionalidad de la historia humana, senda y sentencia que debían marcar los países desarrollados. Otra vez el más fuerte de la clase se imponía con la liturgia del garrote. A los demás, como en el «cole», sólo nos quedaba adaptarnos y correr más rápido; bueno algunos seguimos haciéndolo, ahora ya en pantalón corto y por «hobby». Pero claro, como las naciones no pueden echar a correr, tienen que sufrir en silencio la persecución moral y visceral, hambre de pan y justicia y todos los jinetes del Apocalipsis más Alí Babá y sus cuarenta ladrones, cascos y caballos incluidos.
A la par que estos irracionales intereses estratégicos, empiezan a surgir unos grupos de personas que reivindican, desde distintas órbitas de la sociedad, la igualdad de los pueblos. No debemos olvidar que fue precisamente, por esas fechas, cuando el mundo descubrió la atrocidad de los nazis para con sus semejantes y recapacitó sobre verdades eternas como la igualdad y libertad. Décadas después y tras los objetivos marcados por las Naciones Unidas para el desarrollo de los pueblos, a partir de indicadores como el IDH (índice de desarrollo humano), la distancia real entre el Primer y Tercer Mundo se ha disparado exponencialmente, tanto que ha aparecido un cuarto mundo, incluso en la trastienda de Occidente, pegado a Wall Street, en el corazón y dentro de las fauces del dragón. Y eso a ojos de los privilegiados no tiene explicación. Por eso, echando balones fuera, como un central que le pega con el tobillo, culpan a sus otrora defensores en el inframundo porque ahora les muerden la mano, al ser ya tan cachas como sus pagadores y pretenden quedarse con todo el botín, y hasta con su banco. Ante tanto infortunio, han surgido ONG de diversa filiación que suplen la falta de compromiso de las instituciones del Primer Mundo. Y jugándose más cosas que unas simples vacaciones se lanzan, manta a la cabeza y zurrón al ristre, a la ayuda altruista para con sus congéneres. Incomprensible para unos y valeroso ejemplo a seguir para otros. ¿Donde te sitúas tú?
Por cierto, según los últimos estudios sobre la genética humana, se ha demostrado que en el ADN, desde la Eva africana o del Paraíso, llevamos el gen del egoísmo y no el de la cooperación. Por ello esta última surge de la educación comprometida y de la cultura compartida. Y esto «ye algo que me suena a repetío».
Para terminar, un brindis a dos bandas. El primero para que Aminatu Haidar consiga volver a casa con vida. Y decirle que sólo tenemos una vida para emplear haciendo el bien o el mal, según cada cual, pero si la perdemos desgraciadamente se nos termina todo y paradójicamente gana aquél al que queríamos dejar con el culo al aire. El cierre final, para los cooperadores secuestrados por la sinrazón, para que pronto estén con los suyos. Y permitidme que siga siendo un soñador utópico. ¿Era así como gustabas llamarme, amigo?
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