LUIS
ALONSO-VEGA
Amayores posibilidades televisivas, mayor degeneración en todo lo que se muestra: de mal en peor. Hace muy pocos días, unos tertulianos, ya entrados en años, comentaban lo bueno que era aquello de la «Primera» y cómo tenían ganas de ver en pleno funcionamiento «La 2». Como nuevo que era todo ello, estimaban cómo no queríamos apreciar los posibles errores, que sin duda los había, y poca punta se les achacaba. Todo era nuevo, desconocido y diferente para nosotros: simplemente, genial. Los escuchaba con atención y al final de su largo parecer me permití contarles una anécdota muy de familia: «Mi madre consideraba un prodigioso milagro, como mujer de gran fe cristiana, eso de poder ver, desde casa y sentada en una cómoda silla, al Papa sin ir a Roma». Si poco antes ya nos causaba verdadera emoción el escuchar la bendición Papal por la radio, lo de llegar a tener un televisor en el salón, el mejor recinto de una vivienda, sin duda, era la repera. No digamos hoy, donde es casi frecuente en el baño, por supuesto en la cocina y ya no hablemos de las diferentes habitaciones. Creo que hay un término muy simple que nos llenaba en aquella época: gozábamos la mar.
Así que hoy, ya en el año 2010, saturados de tantas cosas, llenos de tantísimos artilugios electrónicos, con esos televisores que, teniendo gigantes pantallas, apenas ocupan espacio, usted, y yo ¡qué caray!, tiene tanto y tan malo, que pasa más de media vida con el mando en la mano cambiando de canal. Su frase, la mía, es única: «No hay ni una mierda decente para ver en la tele». Sí, claro, a los enamorados del fútbol les quedan los partidos que, por cierto, hay semanas que? Las emisores se pegan materialmente por conseguir estas retransmisiones y en cada temporada los millones que se pagan van y vienen con la mayor naturalidad: ahí están los anuncios y anunciantes que lo financian con creces. ¡Oiga! ¿y a usted, sin fútbol, qué le queda? ¿A quién, a mí? A mí, los programas de corazón.
Yo ya no sé si divierten, atraen, son meros montajes o, lo que está en crisis en una parte, sale por otra pagándoles cantidades tan astronómicas que, como decía, soporta la publicidad. La frase también es socorrida: «Siempre salen los mismos». Bueno, semana tras otra se repiten los personajes. Los primeros generan cabreo con sus historietas, en tanto que los segundos responden a los primeros con un gran choteo. A la semana siguiente, vuelven aquéllos para responder, esperando que retornen los otros para meter más cizaña. Y así llegan a alcanzar cifras insospechadas de audiencia. Y digo yo: ¿y las cadenas que viven de meterse unas con las otras? Y acabo, porque usted se lo conoce todo.
¡Ah!, a Belén Esteban ni la menciono: ya se encarga Jorge Javier de difundirla. ¿Difundirla o difuminarla? ¡Qué sé yo!