ELISABET FELGUEROSO LÓPEZ
Tengo dos papás, o dos mamás, o sólo tengo papá o mamá. Supongo que dentro de unos años esas respuestas en aula de infantil no serán un hecho que destacar, aunque hoy por hoy nos toca trabajar en una normalización de los nuevos modelos de familia y, sobre todo, en la educación que permita el respeto y libre desarrollo de la orientación afectiva y sexual de cada persona. Desde hace tiempo, entre los talleres que imparte mi empresa en diferentes centros escolares, hemos apostado por trabajar en esa línea. Los obstáculos con los que nos encontramos siempre se repiten y vienen, claro está, derivados de una sociedad castrante que nos imponen reglas morales que funcionan como preceptos inamovibles aunque no se sujeten por ningún sitio. En las primeras etapas de la infancia estas pautas sociales no existen; no hay problema con que un chico y una chica se quieran, con que sean dos chicos quienes se amen o dos mujeres las que formen una familia. Recientemente trabajamos con parte del alumnado de infantil del CP Elena Sánchez Tamargo de Laviana, un colegio entre cuyo personal docente hay gente con mucha iniciativa, y comprobamos que, efectivamente, a esas edades se acepta el cariño, venga de donde venga. Luego crecemos, una lástima. Es ya en el primer ciclo de Primaria cuando empiezan las suspicacias, las risas, cuando niños y niñas se dan cuenta de que la sociedad no ve igual que dos chicos se besen a que lo haga una pareja heterosexual y que a veces, en casa, tampoco gusta hablar de estos temas. En el último ciclo de Primaria se riza aún más el rizo, y, como nos pasó al impartir los talleres de la campaña escolar que la Agencia de Igualdad del Ayuntamiento de Langreo dirigió este año al alumnado de quinto y sexto de Primaria, nos damos cuenta de que lo relativo a la orientación sexual y afectiva interesa porque se tiene conciencia de que es un tema casi «prohibido» y que, lejos de los que piensa mucha gente adulta que considera que palabras como homosexualidad o transexualidad no tienen cabida en mentes tan jóvenes, manejan perfectamente el vocabulario vinculado a este campo, y lo conocen no porque alguien les haya explicado con detenimiento los distintos caminos que en la identidad personal y los afectos se pueden tener, sino porque lo han visto en programas de telerrealidad y en las tardes televisivas cargadas de sensacionalismo. ¿Y qué pasa entonces? Que en muchos casos se oyen campanas mientras están tocando castañuelas, y se cree que un homosexual es un hombre que quiere ser mujer, o que una chica no puede ser homosexual o que un transexual es un chico con pechos. Vamos que no se sabe si es peor la falta de información o que haya una mala información.
Cuando se llega a las edades de la ESO, la actitud se suele hacer más conservadora. Pasamos del «esto debe estar mal porque a mi alrededor no se ve como normal» a «voy a hacer la broma, no vaya a ser que me cuelguen a mí el cartelito». Una vez un alumno de Secundaria me dijo: «Tú hablas mucho de tolerancia, pero seguro que te sale un hijo maricón y lo echas de casa». Me atravesó como un apuñalada pensar que alguien tan joven tuviera una percepción del mundo tan restrictiva y homófoba. ¿Qué tipo de sociedad tenemos, que educa en el odio?
Muchas personas que se dedican a la docencia comentan que a veces cuesta tocar los temas de afectividad y orientación sexual en el aula por temor a interferir en las ideas que quiere inculcar la familia. Yo no estoy de acuerdo con tal planteamiento. Hay cosas que no son opinables, derechos humanos fundamentales que no pueden ser ignorados. Si alguien expresa una idea racista, la sociedad en seguida reacciona; pero homofobia y transfobia siguen normalizándose como el pan de cada día. No puede ser así. Tenemos la obligación de educar en el respeto a las demás personas y que cada quien pueda desarrollar su vida sin prejuicios ni temores. Es necesario que normalicemos, que hablemos, que contemos cuentos diferentes, que visibilicemos el crisol humano del mundo. Porque el amor, el cariño, no pueden ser un estigma. Porque la heterosexualidad no es la normalidad, sino una opción más. Porque tenemos derecho a elegir con quien queremos compartir nuestras ilusiones. Porque tal y como decimos en nuestros talleres los seres humanos somos muy diferentes, pero amamos igual.