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El imperio de la piqueta

n Una reflexión crítica sobre el derribo de la vieja estación ferroviaria de Samuño

 
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Una excavadora derriba la estación del Cadavíu (Samuño).
Una excavadora derriba la estación del Cadavíu (Samuño). juan plaza

MARI PAZ LÓPEZ RODRÍGUEZ MÁSTER EN MUSEOGRAFÍA DIDÁCTICA El 26 de enero de 2010 la estación de Samuño sucumbió al imperio de la piqueta. Construida a finales del siglo XIX, la pequeña estación constituía un ejemplar único en Langreo y en Asturias tanto por su significado histórico como por su valor sentimental y estético. Fué la estación terminal del primer ramal del Ferrocarril de Langreo. Incluida de forma provisional en el Catálogo Urbanístico del Plan General de Langreo fue más tarde excluida por no encontrarse protegida por Plan Territorial de Hunosa. ¿Acaso es superior el Plan Territorial de Hunosa a la Ley de Patrimonio Cultural de Asturias?

Según la Ley de Patrimonio asturiana «integran el Patrimonio Histórico-Industrial de Asturias los bienes muebles e inmuebles que constituyen testimonios significativos de la evolución de las actividades técnicas y productivas con una finalidad de explotación industrial y de su influencia sobre el territorio y la sociedad asturiana. Se valorará, a efectos de su inclusión individualizada el interés histórico-industrial de las infraestructuras de comunicación por ferrocarril y las construcciones, maquinaria y material móvil a ella asociados». Por si fuera poco, en la Disposición Adicional Tercera, apartado «f» se señala la protección preventiva de los testimonios más reseñables de la historia industrial de la región «salvo que expresamente la Consejería de Educación y Cultura deseche su inclusión».

¿Quién ha determinado que la estación de Samuño no era parte integrante del Patrimonio Industrial asturiano? ¿Dónde está esa exclusión expresa de la Consejería de Cultura? ¿Se ha molestado el Ayuntamiento de Langreo en pedir los informes pertinentes a la Consejería?

Los consentidores y/o promotores de la demolición, Ayuntamiento y Hunosa, esgrimen argumentos peregrinos para justificar lo injustificable, entre ellas las que siguen:

Primero. Dicen que no es un ejemplar único. Siguiendo este criterio propongan ustedes que se destruyan todos los elementos del patrimonio que no sean ejemplares únicos, por ejemplo los hórreos.

Segundo. Afirman que carece de valor, sólo lo tendría sentimental e histórico. ¿Acaso los valores sentimentales e históricos no contribuyen a convertir un objeto, un inmueble o un sitio en patrimonio cultural?

Tercero. Estado ruinoso, Situación bajo el nivel del suelo. Siguiendo esta premisa, eliminemos todos los yacimientos arqueológicos y los monumentos que están por debajo del nivel del suelo actual.

Cuarto. La demolición sirve para garantizar los tráficos al servicio del nuevo polígono industrial. Falso, pues la pequeña estación había sobrevivido incluso a la existencia de cargaderos de carbón que generaron durante años un elevado tráfico de camiones en el valle de Samuño.

Peor resulta el silencio cómplice de los defensores a ultranza del patrimonio que ponen el grito en el cielo o se callan dependiendo de quien ostente el poder político.

Las razones reales para su demolición a mi juicio son otras:

-La rentabilidad económica inmediata. Mejor demoler y evitar costes de rehabilitación.

-La estación era un estorbo para quienes pretenden hacer «tabla rasa» de nuestro pasado más reciente, bien sea por ignorancia, desidia o simple comodidad.

-Un edificio demasiado modesto que no queda bien como fondo de foto en inauguraciones, primeras piedras y eventos similares.

Una reflexión final. Si lo que se ha hecho con la estación de Samuño es un ejemplo de lo que se pretende hacer con el resto del patrimonio industrial del valle, por favor, no empleemos el término ecomuseo, palabra de indudable pedigrí y sonoridad, con la que llenar la cavidad bucal y los titulares de prensa. Mejor llamemos a las cosas por su nombre y utilicemos la denominación parque temático que se ajusta más a la realidad y a las intenciones de quienes despreciaron, desprecian y, si no ponemos remedio, acabarán con el patrimonio industrial del Valle de Samuño.

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