LUIS
ALONSO-VEGA
Hace unos cuantos días comenté en este periódico mío, en LA NUEVA ESPAÑA, cómo una figura tan?, ¿aparentemente representativa?, se caía del pedestal de la fama, de estar dentro y pertenecer a la Familia Real española hasta hace «nada» y ahora deja de ser consorte de una Infanta y, por ende, yerno de sus Majestades. Entonces, yo les mostraba a don Jaime de Marichalar, no sólo en un sello común, sino en una gran hoja-bloque numerada y que de la misma, pasase lo que pasase, nunca nadie podría hacerle desaparecer de aquel «cuadro» tan familiar, me atrevo yo ahora, ni elevando su desaparición a decreto-ley. Ya a partir de un día de éstos de atrás, los entonces llamados en plural Duques de Lugo?, ¿él deja de serlo o se lo «toleran»?, queda cada uno por su lado, más libres que un pájaro no de «cuenta» precisamente y decididos a tomar un nuevo rumbo con sus vidas personales. Vamos, que todo ello es un nuevo anexo en nuestra historia de España.
Pero la cosa no acaba aquí y a don Jaime, lamentablemente, siguen defenestrándolo aunque sea simbólicamente. Claro, pero ustedes y a estas alturas, ya se habrán enterado pero que bien. No obstante, les cuento o ratifico, como quieran. Al parecer, cuando las cosas empezaron a ir mal -mis disculpas, o bien para uno de los emparejados- y tomaron la decisión de vivir separados, el Museo de Cera, de Madrid, decide igualmente separar al varón e «instalarle» a él solito detrás de la barrera de una supuesta plaza de toros. Quise entender yo, quizá, que era el mejor lugar para «colocar» a un gran aficionado a nuestra fiesta nacional y que algo habría que hacer con aquel trozo de cera moldeado. Pero la cosa no acabó aquí y, de taurino, don Jaime acabó recientemente en?
Se lo llevaron, se lo quitaron definitivamente y, las cosas como son, no hay peor cosa que aquello «a perro flaco?». Creo que a este señor le está ocurriendo lo mismo que le pasó a un antiguo compañero mío de trabajo, cuando llegó a casa y le contó a su mujer que le habían «pre» jubilado. Y ella, muy rescamplada, le dijo abiertamente a su amante esposo: «Bueno, vamos a ver, y a partir de ahora qué vas a ser. Porque si ya no eres el director, aún no estás jubilado por los años y eso de «prejubilado», me dices, es algo no oficial, ¿qué le dijo yo a mis amigas que eres?». Mi amigo estaba desolado. Menos mal que, al cabo de los años, pudo llegar a casa y decirle a su «contraria»: «Ahora ya puedes decirle a tus amigas que soy un jodido jubilado».
Y acabo. No sólo se caen las cosas, las figuras de cera, sino también las personas. También nos caemos, tarde y temprano, los seres más corrientes, añadiría, los más normales. Y es que, aunque duela, el tiempo pone a cada uno en su sitio.