JOSÉ MANUEL BARREAL SAN MARTÍN
En los diferentes discursos que a lo largo de esta Monarquía, ¿votada por el pueblo español?, ha tenido usted en momentos importantes -fiestas navideñas; diferentes recepciones, tanto diplomáticas como deportivas-, en todas, a decir de la prensa, ha habido destellos de sabiduría, lucidez y de ánimo para el pueblo español.
Claro, que a usted, no le llegan los desacuerdos que parte de este pueblo, entre los que me encuentro, mantenemos con respecto a esas intervenciones. Cuando usted sale en la televisión para hablar los españoles escuchamos esperando su orientación y algo que pueda sernos útil. Qué duda cabe que hay personas que lo encuentran y quedan satisfechas. Otras, como el que suscribe, sinceramente, se decepciona una y otra vez.
Eso me ocurrió el pasado 25 de julio, domingo. Día de la celebración de la fiesta del apóstol Santiago. En su reflexión sobre la actual situación política y social de España, y acompañado de su querida esposa, de negra mantilla, pidió al santo, entre otras cosas, que «interviniera» en la situación político-económica del país, que ayudara; vamos que no fuese rácano y nos echase una mano para salir de la crisis.
Estupefacto y asombrado me pregunté si usted habría calibrado adecuadamente tal reflexión, si no estaría poniendo en peligro a la monarquía en este país. Porque, señor, entiendo, y es mi opinión, que la petición o ruego que usted hizo a Santiago no sólo es un dislate a la razón, sino también arrogarse unas funciones que, tal vez, no sean suyas. Y entiendo que no son suyas porque como Jefe del Estado, y al margen de la postura que los ciudadanos podamos tener sobre la actual forma monárquica del Estado español, está usted en representación de los mismos y como a mi pesar me representa, no puedo admitir, desde una mínima racionalidad, ya no digo creencia, que también, le pida a una imagen (por muy respetada que sea) que arregle los problemas del país.
España, es un país aconfesional o al menos eso se supone, por lo que no ha lugar para que la primera autoridad de este Estado intervenga públicamente, no a título personal, en una celebración católica. Como siempre, España postrada a los pies del nacional catolicismo. Concluyo, con una petición. No al santo, sino a usted. Reflexione, majestad, y hágase ver que su misión como Jefe del Estado, es posible que haya concluido. Tal vez esté cansado. Con todos los respetos, retírese. Y digo, esto, ¿por qué no le parece que la salida de la crisis no la resuelve una estatua, sino otras «estatuas» que sin moverse de los despachos manejan los hilos de este mundo global?
Y, sobre todo, porque esa palabra de « ilumina ...» dirigida al patrón de Galicia resulta, cuando menos, absurda y rayana en supersticiones, dignas de la Edad Media.
Es bochornoso que el Rey de un país europeo y del siglo XXI se preste a estas, digamos... tonterías. Increíble.