LUIS
ALONSO-VEGA
El 16 de agosto de 2007 y bajo el capítulo «Luna de verano», les recordaba algo tan genial como aquel libro de aventuras, escrito por Juan Pérez Zúñiga e ilustraciones de Joaquín Xaudaró hace más cien años. Sobresalientes ambos y sin trabajo, por encargo de Mr. Sandwich dan prácticamente la vuelta al mundo en búsqueda del «Trifinus Melancolicus» hasta que, desesperados y de retorno a Barcelona de donde partieron, un simple diccionario da con el significado de tal latinejo: el percebe. Zúñiga y Xaudaró, aparte de «pasarlas de a kilo» -léase apuros-, tiran de largo de la economía de su cliente y aquellos percebes, sobre todo en aquella época de finales del siglo XIX y principios del XX, casi diría que en las pescaderías salían a precio regalado. A jajá, ¿y hoy? El ávido lector, al igual que yo, hace unos días pudo haberle llamado la atención lo que todos hemos tenido la oportunidad de leer en LA NUEVA ESPAÑA. Recordemos, porque la cuestión tiene la gracia que se la quiera dar.
Próximo a Nochebuena, en la Lonja de Puerto de Vega, se subastó una partida de referido crustáceo a 266 euros en kilo. Claro que, en Lugo llegó a alcanzar los 300: ¿será pecado mortal y motivo de confesión el pagar tan disparatada cifra, cuyo peso neto, ese apéndice que logra uno extraer, es algo tan insignificante por muy preciado que se muestre a nuestro paladar? ¡Qui lo sa!, añadiría el filósofo. «Ni quito, ni pongo rey», porque aquellos hombres de la mar, los «percebeiros», que no solo se juegan el cocido, sino su arriesgada vida arrancándolo de las rocas batidas por las encabritadas olas, tanto en cuanto les paguen lo que demanda el capricho de la Navidad, bienvenido para ellos y su, a veces, más bien irregular economía. Pocos días después, el mercado agotó el antojo, el dinero extra de diciembre se lo llevó el placer y, ¡sorprendámonos entonces y ahora!, porque la oferta en algún momento llegó a bajar hasta los 15 euros el kilo.
Yo tengo un buen recuerdo, más o menos, del año 1963/64. Entonces un buen amigo y compañero de «Autisa», delegación de Barreiros Diesel en Asturias, José Manuel González del Valle, creo recordar y no equivocarme, media playa de Otur era de su propiedad -es que la llamada Ley de Costas era otra cosa y hasta aquellas superficies arenosas bañadas por el mar Cantábrico se heredaban-. Bien, pues un día se presentó con un buen caldero de percebes y nos los fuimos a comer «empujados» por unas frescas botellas de sidra: ¡qué tiempos aquellos! Aquellos en los que los «Viajes morrocotudos» dio de comer a los autores Zúñiga y Xaudaró durante bastantes días, buscando algo tan inventado por ellos mismos como el «Trifinus Melancolicus», puesto que la real nomenclatura binaria del percebe es «pollicipes pollicipes»; en aquel enorme caldero a rebosar del que nos pusimos tibios (escépticos: hace más de cuarenta años) y de estas últimas lecciones recibidas de gastronomía, dados los precios..., ¿en época de crisis? ¡Qué crisis!