Chindasvinto, el de la Pola, era poeta, godo y natural de la montaña de Allande. Su familia, se sabe con toda certeza, procedía de la capital conquistada del reino de los hispanos. Huyeron de Toledo dejando atrás sombra, sudor y lágrimas como cortijos. El padre de Chindasvinto se llamaba Teodulfo y era impresor de libros, el inventor de la rotativa, el primer periodista del que se tiene noticia. Informante en el reino de los visigodos, cogió todos sus bártulos, todos sus hijos y a lomos de un corcel impecable cruzaron sin descanso la estepa castellana, aunque todavía entonces no existía Castilla. Cruzaron el puerto Payares y buscaron cobijo en la corte de los reyes asturianos, en la ciudad de Oviedo, que acababan de fundar Máximo y Fromestano. En Oviedo Teodulfo entró en la corte y lo hizo con el cargo de jefe de comunicación de Alfonso II el Casto. Teodulfo fue, precisamente, quien inventó el apelativo por el que sería conocido por siempre jamás el rey de los monumentos de Oviedo. Alfonso el Casto no era casto, era otra cosa, pero sus aficiones no estaban bien vistas entre los miembros del consejo de condes de Oviedo. El rey decidió, como agradecimiento, ceder a su jefe de comunicación el condado de Allande y hacia allí se dirigió con su familia. Teodulfo una vez a la semana regresaba a Oviedo y apagaba todos los incendios que suscitaban las maledicencias. En Oviedo se desarrolló entonces por primera vez el negocio de la impresión. Prensa y revistas en favor del monarca asturiano sometido por los condes revolucionarios. Cada fin de semana regresaba de nuevo a su condado. Chindasvinto, el de la Pola, nació a los dos meses del nombramiento de Teodulfo. Lo hizo en el palacio que estaba levantando el periodista oficial. Un día murió, cuando Chindasvinto tenía 15 años, cuando iba a publicar su primer libro de poemas. Chindasvinto decidió apropiarse de su poético apellido y así se introdujo en la corte en la que había triunfado su progenitor. Lo primero que hizo al llegar fue matar a su primer conde. Eso era poesía.