Antonio VALLE
Necesitábamos un golpe de suerte, habíamos llegado a ese punto en que la línea de investigación se acaba y no hay ningún punto del camino recorrido del que salga otro ramal. No hay estaciones. Muchos casos acaban así, en vía muerta. Pero nosotros teníamos que aprovechar los últimos cartuchos. Era una localidad pequeña -cuando uno viene de Los Ángeles, todo le parece estrecho-, eso era lo bueno, seguro que alguien sabía algo. No me resultó difícil convencer a San para comenzar la Ruta del Elefante, a él no le cuesta mucho cogerse una trompa.
Infiesto. La Paradona. Dueño: Narciso, hijo de uno de los hermanos Cantón, fundadores de La Gruta. Proveedor de la Casa Real. En mi cuaderno tengo algunos datos necesarios para moverme por estos locales. Pero es San el que siempre acaba consiguiendo la mejor información.
-Un blanco de guisar -pide alguien.
-Otro -dice San, sin dudarlo. Debería dejar de escribir tanto en mi libreta y acercarme más al mundo real. El vino se nos da bien. San empieza a hablar con Narciso, un verdadero rapsoda, una estirpe, esa del vendedor-animador, que hace tiempo se extinguió. «Casadiellones, les grandones pa les muyerones y pa los hombres con... ganes de comerlas». «Polvorones de avellana, que se comen con gana tanto por la noche como por la mañana». «Siendo yo Borbón, cómo no me va a gustar el polvorón». Compramos unos cuantos.
Dos tipos con sus gabardinas, sombreros, trajes de 90 dólares y bolsas de plástico llenas de casadiellones no pasan desapercibidos por Infiesto. Nos metemos en el Formigueru, antigua sede del Banco Central, leo en mis notas. Seguimos con el blanco de guisar. Se nos acerca un tipo sospechoso.
-Ustedes no son de aquí.
¿Es una pregunta? ¿Una afirmación? ¿Una amenaza? ¿Una posible pista?
-Yo sí -dice San-. A mí puedes llamarme hermano mientras tengamos vino.
De esta forma elemental, haciendo patria donde haya una barra, se gana San a la gente.
El hombre en cuestión resulta ser una formidable fuente de datos. No puedo evitar sacar el cuaderno y tomar notas. Otro hombre entra y saluda a nuestro informador de esta extraña manera:
-Gambrino, el 208, que me vio en La Bañeza y no quiso saludarme.
-Es que conoce a todo el mundo por su número de teléfono -explica Gambrino.
-A ustedes no los conozco, pero seguro que empieza por 555.
Salimos del bar sospechando que nos siguen. Pasa un hombre en una bicicleta sin sillín. Gambrino nos explica que se trata de Ciro, el de Casa la Viuda, que tenía una bicicleta a medias con Dionisio de la Huerta, el inventor de las piraguas, pero no se pusieron de acuerdo en quién tenía que repararlo y se pasaron el verano sin sillín. Nos explica también cómo fueron ese mismo Dionisio y un hombre del concejo, Luis Azcoitia, a jugar la Copa Davis en tren a la India, allá por aquel entonces (los imagino agarrados al exterior de los vagones, con otras decenas de sijs, de blanco, con sus raquetas en ristre). Este mismo Luis, farmacéutico, proporcionaba a los chavales clorato potásico gratuito siempre que fuera para volar el cuartel de la guardia civil o el Ayuntamiento. También tenía un agujero en el hombro, una herida de la guerra y cuando paseaba por la playa les decía a los niños agachándose: «Mira guaje, por esti furacu ves el mar». Este Luis Azcoitia murió cuando unos perros callejeros lo golpearon y lo amordazaron para asaltar su botica, fines de los setenta o primeros ochenta, no pasó del día siguiente.
-Aunque eso también lo anunció en su día don Daniel, al que llamaban el «Conde de la Miseria» -sigue Gambrino, capaz de hilar 30 anécdotas en un solo discurso. Tenía 92 años, estaba como una rosa, un día anunció: «Mañana muero»; y así fue. Eso era en los tiempos del chocolate, cuando aquí había cinco fábricas. Le dijeron a Clarín que aquí iban a poner una fábrica. «Como no sea de albardas», comentó. Se equivocó. Aunque había un dicho bien conocido: «Infiesto, Infiesto, vaya angosto, gente de hidalguía, cuarenta y cuatro tabernas y una pobre librería».
A San ese rosario interminable le divierte, pero yo no encuentro ninguna utilidad en esos datos. Mientras tanto, seguimos nuestra ruta del paquidermo: Bar Modesto, La Posada de Barro. En este local tan agradable, cuando me estoy dejando llevar por la decoración de piedra y madera, oigo algo en el discurso de Gambrino que capta mi atención. Como profesional investigador uno no puede evitar tener el oído sensible ante ciertos temas, potenciales fuentes de ingresos.
-A aquel hombre su mujer intentó engañarlo -dice Gambrino-. Ella siempre le hacía caramelos en casa. Un día, iba yo con él por la calle, metió un caramelo en la boca, no dio ni dos pasos más y lo escupió: «Esta miel no ye de Argandenes», dijo asqueado. Su mujer había usado otra miel, ¿pueden ustedes creerlo?
Si este tipo tiene la información que necesitamos, los piloñeses van a tener que guisar con leche, porque el blanco se lo van a acabar entre San y él.
Por suerte, luego hemos reservado mesa en La Verja, donde se come de miedo, especialmente recomendable el solomillo de cerdo con setas, y todo lo demás.
Pero antes tomamos otra por el barrio de Triana, en el Bar de La Titi, antigua peluquería, pone en mis notas. Es en este interesante local donde nuestro confidente suelta al fin algo que nos ayuda en la investigación. Y el tren coge marcha. Los herederos del antiguo botones se están ahora peleando por la fortuna que dejó el nuevo rico entre sus propiedades de Beverly Hills y Sausalito, pero el crimen confesado dificulta las resoluciones del testamento. El dato aparece como un hilván innecesario en el bien tejido discurso de Gambrino.
-O como aquella mujer de Vallobal que apareció misteriosamente asesinada. Fue a visitar a su hijo indiano y al verse incapaz ante la puerta giratoria del Ritz observó a un botones que se reía, con su traje lleno de dorados y su sombrero de copa, y le dijo: «Usté, que sin duda tien un puestu tan importantísimu y dignísimu de su inteligencia nesti hotel, ¿puede explicame cómo entrar por esta puerta?».
-Caso resuelto -dice San-. Nos vamos a comer.
Apunto en mi libreta: también los botones tienen amor propio.