El Puente del Infierno

n Indagación sobre el origen legendario de uno de los topónimos más llamativos de Asturias

 
El Puente del Infierno
El Puente del Infierno  
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ALFONSO LÓPEZ ALFONSO Hay topónimos que se agitan verdes en la memoria, como una hoja de acebo, y pinchan nuestra curiosidad en cuanto acercamos el oído: Puente del Infierno, Pozo de las Mujeres Muertas, Puentes del Malpaso, Pico Cabrón? qué sé yo. Detrás de cada geografía hay una historia, no siempre con mayúsculas. Detrás de cada lugar hay muchas existencias, algunas, incluso, imaginarias. Hay nombres de lugares que parecen hechos a medida para albergar una leyenda, y hay algunos que la llevan consigo tan ligera como la mismísima voz de un canto homérico, tan firme como el mármol sobre el que ha visto pasar el tiempo un epigrama romano.


El mítico filme de John Ford «El hombre que mató a Liberty Valance» enseñó que entre la historia y la leyenda todo buen periodista escoge la leyenda porque en determinados casos no conviene imprimir los hechos tal cual sucedieron. Normalmente la leyenda es más bonita, sin duda. El general Custer sin leyenda no sería más que un genocida; el Che Guevara, poco menos que un fanático; Jesucristo, ya lo dijo Joaquín Sabina, el primer anarquista -o comunista, no me acuerdo-. A pesar de John Ford, no es bueno investir a los hombres de leyenda porque los convertimos en héroes, muchas veces sin merecérselo. Pero amigos, en cuanto a los lugares? eso ya es harina de otro costal. Con los lugares creo que siempre que se pueda debe elegirse la leyenda.


La leyenda de ese puente, de aquel río, de ese cruce de caminos, del pico más alto, del valle más angosto, del pozo más hondo, está plagada de tesoros, de historias de amor, de crímenes pasionales, de desventuras colectivas, de agravios personales. Y eso, me parece, hace que nos seduzcan. ¿Quién, alguna vez, no se ha dejado llevar por las resonancias del nombre del recodo de la carretera que transitó una y mil veces, de la vaguada donde se adentró confiado una tarde de sol para perderse entre la niebla, de la cascada misteriosa bajo la que se bañó de niño y por la que sabía muy bien que se deslizaba ahogado todo el tiempo del mundo?


La leyenda del Puente del Infierno la encuentro en «El Progreso de Asturias» (n.º 271), una vieja revista de la emigración asturiana en Cuba, contada por quien firmaba Flor de León. ¿Quién era Flor de León? Ese salvavidas que se llamó Constantino Suárez, «Españolito», aclara un poco el panorama en «Escritores y artistas asturianos».


Flor de León era uno de los seudónimos que utilizaba la escritora Rosario Suárez de Barbón, nacida en Soto del Barco en 1891 y casada en 1915 con Manuel García González. Rosario vivió en Cuba y en España dedicada a las labores de su casa y escribiendo para periódicos y revistas, entre ellos «El Carbayón» y «Región», de Oviedo, o «El Mundo», de La Habana. Ocasionalmente también utilizó los seudónimos Pin de Nola y Falina y cuando firmaba poesía de tono místico le gustaba aparecer como Sor Ángeles de la Cruz, pero su seudónimo favorito fue el de Flor de León y así parecen confirmarlo las numerosas colaboraciones en «El Progreso de Asturias». Decía escribir por todas las víctimas de las injusticias que los hombres llaman justas, lo que no es poca cosa, y también lo hacía por sentimiento, vocación y necesidad de espíritu. En 1927 se dio una vuelta por las tierras de la que andaba muy cerca de ser Cangas del Narcea pero aún era Cangas de Tineo; y en la aldea del Puelo, a salvo de los sofocos veraniegos, firmaba el 22 de julio de ese año la colaboración titulada «El Puente del Infierno» que transcribo a continuación.


Con una tarde gris, tristona carretera adelante dejando atrás pueblos y paisajes, fuímonos internando en las montañas feraces y cubiertas a intervalos por blanco y destrozado manto de nieve.


Algunas veces aparecía truncada la carretera enmarcando un balcón en el vacío, para luego fingir un descenso, y en realidad, se sube, hasta correr paralelo coronando la crestería de montañas que circundan a Cangas de Tineo.


Subimos raudos la cuesta de La Espina, llegando al Puente del Infierno. Este puente une la carretera de Cangas con la del Puelo, y como en ello no vemos nada de infernal ni inquietante, inquirimos de un viejo pastor de ovejas el porqué de llamarlo con un nombre tan feo e impropio. ¡Ah, sí, señora; ese puente fíxolo el mismo diablo!...


-Va ya pa muchos años, una moza «guapa» del Puelo iba con leche a Cangas, todos los días; ¿ve usté los once kilómetros que hay de distancia?, pos recorríalos María lo mesmo que si en los pies tuviera alas pa facer tiempo y falar con su mozo, que yera de Cangas, y todos los días la esperaba y la acompañaba hasta el río Narcea, el que pasa por debaxo del puente.


Los padres de la rapaza non i dexaban falar con Ramón; por lo demás, él era buen mozo y trabajador. Y un día? antes de despedirse contoi María al mozo la amenaza de los padres de ella de meterla en un convento antes de consentir en el casorio, y, fala que fala -porque los dos se querían mucho, y lloraban mucho-, non vieron que pasaron las horas, era ya muy tarde y el barquero non oía llamar pa pasar a la rapaza. ¿Entós ella qué fizo? Pos? despidió a Ramón y dixoi que no pasara pena nenguna, que antes de ir pa con las monxas escapábase callando ya iría a buscalo, y en casa de los padres de él había de vivir hasta que los casaran, una que quixieren los padres de ella, ya dos que non. La pobre, tuvo viéndolo marchar, corre que corre lloco de alegría, pero ella, bien que lloraba porque el barquero, nada, non salía de la choza y la luna taba ya muy alta y ella non podía pasar el río; y como tenía un padre tan malo que lo mismo la mataba si sabía que falaba una palabra con el mozo, y aquel día por falar con él «más de la cuenta» ya era la medianoche, empezó a gritar si no había alguno que la ayudara a pasar, cuando oyó una voz que dixo: «Si me das el alma, póngote un puente pa que pases»? «Sí, dóitela», dijo María, y el puente fíxose solo y la rapaza pasó, y lo más extraño ye que llegó a la hora de siempre, el oscurecer. Al otro día, y los padres de María los primeros, non quedó ni un vecín de estos contornos que non fuera a ver la obra del diablo? desde entonces, el puente ye «El Puente del Infierno». María y Ramón casáronse y tuvieron muchos fíos (lo que querrá decir que fueron dichosos?).


Despedímonos del viejín simpático. Y henos aquí en el Balneario del Puelo, casona antigua arrullada por las ruidosas aguas del río Arganza, rico en truchas.


La leyenda que recogió Flor de León nos deja pensando que aquellos diablos de antaño eran un chollazo. Trabajaban de balde o poco menos, porque ya me dirán ustedes por lo que le salió a María el puente. Total, ¿qué se llevó el diablo? Nada, o menos, es decir, el alma, que para lo que vale? Ahí tienen a María, sin alma y tan campante, teniendo muchos hijos -¿nacerán sin alma los hijos de la gente que ha dado el alma?- y siendo dichosa. No sé ustedes, pero yo sólo soy dichoso a ratos y en la vida se me ha presentado el diablo para tenderme una alfombra de piedra cuando llego tarde a casa. Y no se crean, que a veces bien que me gustaría.

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