Juaco LÓPEZ ÁLVAREZ
En la primera semana de octubre se celebró en Pinolere, municipio de La Orotava (Tenerife), el segundo Congreso de construcciones de cubierta vegetal, organizado por el Gobierno de Canarias y la Asociación Pinolere Proyecto Cultural, que desde hace años promueve una campaña de concienciación, conservación y reparación de pajales o casas de cubierta de paja de las islas Canarias. Esta clase de reuniones son muy útiles para intercambiar conocimientos y experiencias, y para tener una idea más general de los asuntos locales que uno estudia.
El congreso tenía tres apartados: uno, dedicado a la historia de las construcciones de cubierta vegetal; otro, a estudios etnográficos, y otro, a la conservación, rehabilitación y nuevas aplicaciones de las cubiertas vegetales en la arquitectura actual. De Asturias fuimos María Teresa Lana Díaz, del Ecomuseo de Somiedo, que llevó una comunicación sobre las medidas que se han tomado desde 1985 para la conservación de las construcciones de cubierta vegetal en Somiedo, y yo, que hablé sobre las características, extensión y estado actual de estas construcciones en Asturias.
Durante tres días hemos escuchado en Pinolere a personas de diferentes lugares de España, Portugal y otros países de Europa disertar sobre las construcciones de cubierta vegetal en todo el mundo. El fenómeno es universal. En la Península Ibérica tuvieron una importancia enorme, tanto para cubrir viviendas como para construcciones auxiliares.
En la actualidad, la mayor parte de las que se conservan están asociadas a construcciones de uso ganadero. Sin embargo, en este congreso hemos constatado que el número de construcciones bien conservadas es muy pequeño y que lo más frecuente es encontrar ruinas, vestigios o solamente fotografías de lo que existió hasta hace cuarenta o cincuenta años.
La desaparición de estas construcciones ha sido tan rápida y tan drástica, que en Portugal, donde hasta hace treinta años había una considerable variedad de tipos, hoy, estas construcciones cubiertas o hechas íntegramente de paja o algún arbusto silvestre no se relacionan con su patrimonio cultural, sino con una «curiosidad salvaje» tomada de una cultura tropical o de un país africano. El antropólogo Pedro Prista explicó cómo las construcciones hechas con materias vegetales se desligaron de la memoria social de los portugueses, «perdiendo cualquier capacidad evocativa».