Déjame que te cuente...
ANA PAZ PAREDES
En la pared de la sala de una casa tradicional asturiana, que como tal se reproduce en el interior del Museo Etnográfico de Quirós, está colgada una inmensa fotografía. Tras subir unos estrechos escalones y perder por un instante la mirada sobre el reflejo que la luz hace en el mango de metal de unas viejas planchas, es inevitable sorprenderse al levantar de nuevo los ojos hacia tan enorme retrato familiar y ver todos esos rostros que, carentes de arrugas, gesto y emociones, se reúnen en torno al hombre que está sentando en una silla, en el centro de la imagen, un paisano de cuidado bigote e impecablemente vestido con un traje de la época, al que ni siquiera falta el pañuelo sobresaliendo del bolso superior de su chaqueta.
Sin embargo, tras el primer golpe de vista, hay algo que resulta chocante si se observa con mayor atención. Y es que, por ejemplo, el hombre que está de pie, tras aquel que está sentando en primer término, es de mayor tamaño que el primero, estando, sin embargo, tras él y en segundo término. Otro ejemplo, ¿sobre qué está sentada la primera mujer que así aparece a la izquierda y dónde están los pies de la segunda, que lleva una gran falda negra? La sorpresa aún es mayor cuando el visitante se percata de la pequeña estatura de los niños que, por la derecha, aparecen en primer término.
El truco es que no hay truco. Simplemente, nunca llegaron a posar todos juntos. La historia de este retrato de una «familia de Villar de Cienfuegos», sobre todo en los años de la emigración asturiana de principios del siglo XX, se repite, con distintas caras, eso sí, por todo el Principado.
En el caso que nos ocupa el protagonista es Emiliano Álvarez. Este emigró a Buenos Aires (Argentina) y, una vez allí establecido, se hizo una fotografía de estudio y la envío junto «con unes perres» para que se procediese a realizar un retrato lo más completo posible de toda su familia. Emiliano fue el primero. Es decir, la única foto auténtica es la suya, sentado en el centro, con su perfecto bigote e impecable traje. Sin embargo, sus zapatos ya parecen haber sido retocados a carboncillo.
Poco a poco se fueron añadiendo los retratos de otros familiares, retocados igualmente a carboncillo, intentando ubicarlos aquí y allá, en el espacio que quedaba libre a izquierda y derecha del «americano».
Donada al museo por Oliverio García Rodríguez, la historia de esta fotografía se conoce gracias a don Florentino, maestro que fue de Villar de Cienfuegos, que durante un tiempo se alojó en la casa de Vicente, el niño que aparece sentado con traje de primera comunión a la derecha de Emiliano Álvarez, «ese americano» que, tras años de duro trabajo en Buenos Aires, un buen día volvió a casa.
Ubicación: en la antigua plaza de abastos, en el centro de Bárzana. Contenido: en la primera planta se reproduce la casa quirosana. También hay un lavadero con fuente, un taller de madreñero y espacios para el trabajo del lino y la lana. En la segunda planta están la escuela rural y la muestra de aperos agrícolas y ganaderos, además de gaitas y fotografías de la vida cotidiana o de la mina. La intención del museo, como se reseña en su guía, no es acumular objetos sino «ser un lugar donde se difunden unas formas de vida y unas técnicas de trabajo, además de ser un homenaje a los hombres y mujeres que los utilizaron».
Horario de invierno: de miércoles a domingo, de 11.30 a 13.30, y de 16.00 a 18.00.
«En los años 50, en una fiesta que se celebraba en la mortera de Alba un 15 de agosto, un hombre le pregunta a otro: ¿Viste al retrator?, y el otro le contesta: No, home, no. Nun se llama retrator. Llámase foteiru». Este texto pertenece al libro «Mirada de la memoria», del que es autora Alva Rodríguez, la directora del Museo Etnográfico de Quirós desde que éste abrió sus puertas.
El libro recoge la historia del concejo en antiguas imágenes con abundante documentación sobre el día a día de sus paisanos, sus medios de subsistencia, la agricultura, la minería, la emigración, la escuela o las fiestas populares.
Así, en cuanto se refiere a la historia de la fotografía en el concejo, la autora recuerda que en los años 20 la fotocomposición era muy habitual, «el retrator venía al pueblo a tirar la foto y luego las retocaba a carboncillo, con lo que los retratados aparecían en ocasiones con los vestidos más a la moda, con joyas, collares o relojes que mejoraban su apariencia». Tras tan rudimentario, aunque no por ello menos útil, «photoshop» de principios del siglo XX, los años 50 dieron paso a los «foteiros». Entre los más recordados en Quirós Alva Rodríguez cita en su libro, entre otros, a Rafa el de Trubia, Henry (Pravia), Ángel Fernández, de Figaredo, y Vicente Luengo, de Grado.