Dos estatuas que faltan en Oviedo

Una representación de la Tragedia y la Comedia del escultor Cipriano Folgueras desapareció de la fachada del teatro Campoamor en 1934

 
Dos estatuas que faltan en Oviedo
Dos estatuas que faltan en Oviedo  
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MOISÉS ÁLVAREZ Las ráfagas de ametralladora en la plaza de la Catedral y las explosiones de dinamita constantes aunque distanciadas en el tiempo, por todo Oviedo, avivaban el ingenio de los militares para buscar soluciones a su situación desesperada.



-Un grupo de cuatro hombres le pegaremos fuego al Campoamor dejándolo inservible a los propósitos revolucionarios, espero que lo mas rápidamente posible. ¡Señores, no podemos esperar ni una hora más! -dijo el jefe de todos ellos-. Un poco de queroseno en cada planta, desde el ventanal sur hacia las escaleras que dan al cuartel y bajando cada piso realizando el mismo proceso, la madera y el terciopelo con los que se construyó el teatro lo reducirán a cenizas antes de que se haga de noche.



Cruzaron los escasos metros que les separaban del teatro en dos grupos iguales corriendo quizá, más rápidamente que en toda su vida. Al paso del segundo, la bala de un francotirador de Sama silbó por encima de ellos. Les esperaría a su salida esta vez ya prevenido. El primer grupo de militares había derribado de una patada la frágil puerta de utileros facilitando así la entrada de todos a las entrañas del teatro.



-¡Vamos, echando leches p'arriba!- gritó el jefe. El suelo de madera crujía y rechinaba a cada paso de sus botas, el teatro intuía y se quejaba de su inminente fin.



Con sumo cuidado fueron derramando el combustible en el sitio fijado, dejando un chorro no muy abundante hasta las escaleras que les conducían a la siguiente planta. El más joven de ellos y el último en bajar de piso, daba fuego al queroseno, que se extendía a gran velocidad hacia el ventanal que se asomaba a la plaza de la Escandalera.



Otro del improvisado comando, el guardia de asalto Fabián Quinteras, tenía como única función el arrancar y arrojar cortinas, asientos y todo lo que pudiera por doquier, para darle así facilidades al fuego. De la misma manera abrió o rompió todas las ventanas que pudo dándole fuelle al infierno en que se iba a convertir el teatro municipal. Muy distinta había sido su anterior visita al Campoamor con su hermana y padres, para ver representar «La Boheme» de Puccini, dos años después de la muerte del genial músico. Se quedó quieto un segundo eterno mirando el patio de butacas y el escenario hasta que una blasfemia y un agarrón por el hombro le empujaron hacia las escaleras.



-¡Cagüen la leche que te han dao!, ¡corre, desgraciao!- le gritó el jefe de los suyos con toda la razón del mundo ya que la dirección y velocidad del fuego y del humo tóxico eran del todo imprevisibles.



Una vez a pie de calle, y ya en el hueco dejado por la puerta que habían destrozado al acceder al interior, volvieron a salir en mismo orden y quizás aún a más velocidad que cuando entraron, hacia el cuartel de Santa Clara. El francotirador les había avisado de sus intenciones cuando cruzaron la calle hacia el teatro y vigilaba su salida con la munición esperando impaciente en el interior de su ya no muy bien engrasada arma.



-Venga, salid de una puta vez- decía para sí el minero a media voz, parapetado desde la ventana del tercer piso de una casa, hasta hacia poco habitada y ordenada, de la vecina calle de Argüelles. En cuanto salieron a la carrera, el revolucionario pudo disparar dos veces, ninguna con acierto.



A la caída de la noche, el teatro era una gigantesca antorcha que iluminaba el rostro asombrado de sitiadores y sitiados.



Algo parecido a esto fue lo que sucedió aquel octubre de 1934 con el teatro Campoamor de Oviedo y las dos estatuas que nunca más se vieron en la fachada del edificio.



Con los años fueron surgiendo rumores que contaban y cuentan aún hoy, una historia bien distinta.



Vayamos al principio de todo:



La antigua casa de comedias del Fontán abierta en 1670 y el posterior teatro-circo de Santa Susana de 1884 dejaron paso a nuestro protagonista hace 117 años. El nombre del teatro, fue sugerido por Don Leopoldo Alas «Clarín», con polémica por supuesto, algo que nos encanta a los nativos.



En 1934 se destruyó y se empezó a reconstruir en 1936, mal año sin duda para estas cosas, ¿verdad? Una vez pasada la guerra civil se inauguró de nuevo ya en 1948, naturalmente con las mejoras que se le pudieron hacer en el momento, pero algo faltaba? y falta: Las estatuas de Don Cipriano Folgueras.



Cipriano Folgueras Doiztúa (Oviedo, 10 de septiembre de 1863- Madrid, 1911) inició sus estudios bien joven en la escuela de San Salvador, de Oviedo, hasta que en 1878 se trasladó a Madrid para estudiar Bellas Artes. Finalizó sus estudios en 1884, se trasladó a Roma y después a París. Tras ganar varios premios se presentó en la exposición nacional de Roma de 1895. Se dice sobre él, que «va camino de ser no sólo una gloria para Asturias, sino una gloria para España». Folgueras obtiene la medalla de primera clase y llega de esta manera a ser considerado «el más destacado de los escultores asturianos de su tiempo».



Entre sus obras más ilustres están la estatua de Valdés Salas situada en el edificio histórico de la Universidad de Oviedo, panteones de la familia Masaveu, Longoria, de los marqueses de San Juan de Nieva, en el cementerio de Avilés , la «Patria» para el monumento erigido a Alfonso XII en el Retiro de Madrid, la estatua Celta o astur, el grupo «Jesús discutiendo con los doctores» o el medallón de homenaje a Teodoro Cuesta.



El 1 de octubre de 1890 el arquitecto municipal y director de las obras comunicó al ayuntamiento que «deben disponerse para los huecos extremos de la fachada principal dos estatuas de tamaño algo mayor que el natural representando una de ellas la tragedia y otra la comedia». Asimismo hacía saber que al no estar presupuestada expresamente la cantidad a gastar en las estatuas, solicitaba que se tomara «la resolución que se estime oportuna». Antes se había puesto en contacto con el escultor ovetense Cipriano Folgueras el cual, siguiendo los tramites oportunos, se ofreció al ayuntamiento para esculpir las estatuas, «en las dimensiones que se indican en el plano aportado, en piedra blanca del país (?) por la cantidad de 10.000 pesetas».



Los responsables del teatro informaron al ayuntamiento a favor de la proposición de Folgueras y el ayuntamiento en dos días dispuso. Se le terminaron de pagar cuatro años después, así que no es nada nuevo el asunto de los pagos a largo plazo en los ayuntamientos.



El sábado 10 de septiembre de 1892, cumpleaños de Don Cipriano Folgueras, quedaron colocadas las estatuas en la fachada del Campoamor. ¡Todo a punto para San Mateo y para el «cumple» del artista! (No he visto el cartel de fiestas de ese año pero seguramente en él figuraba como elemento principal la torre de la catedral, ¡que oportunidad perdida para el Campoamor!).



En 1934 estalló la revolución proletaria en Asturias, su principal objetivo: Tomar Oviedo.



Los focos de resistencia de los militares se redujeron, entre otros, a la torre de la catedral (de donde intentaron sacarlos sin éxito haciendo volar la Cámara Santa), la llamada Casa Blanca en la calle Uría 13, la Estación del Norte y el cuartel de Santa Clara, situado éste al lado del teatro Campoamor o viceversa.



Los militares de Oviedo veían en el cuartel de Santa Clara el último reducto inexpugnable para la defensa de la ciudad. Los jefes militares acordaron incendiar el teatro Campoamor para así evitar que los mineros atacaran el cuartel desde él. En unas horas quedo reducida a escombros la magnífica obra municipal que contaba entonces con 42 años de existencia.



Las obras de reconstrucción del teatro tuvieron que esperar hasta 1936 para que comenzaran, ya que el ayuntamiento no disponía de medios nada más pasada la revolución para enfrentarse a tamaña empresa.



Lamentablemente, en julio de 1936 comenzaba la sublevación militar y con ella la terrible guerra civil, el peor conflicto armado que viviera nuestro país jamás. La reconstrucción tendría que esperar de nuevo para ponerse en marcha.



La cosa es, que diría Monk, que al reconstruirse el teatro, una vez terminado el horror de la guerra, no se pusieron de nuevo estatuas en el sitio pensado para ellas en el proyecto inicial, creando así el rumor popular que dice (a menos que alguien pueda demostrar que no es un rumor, lo que me encantaría) que las estatuas fueron retiradas y escondidas antes del conflicto para que no se dañaran y que, misteriosamente, nunca hasta la fecha fueron de nuevo encontradas.



Es evidente por las fotos existentes que las estatuas fueron destruidas y la lógica nos dice que estas no fueron restauradas ya no sólo porque quedaron hechas «maizena» sino, además, por la falta de dinero para ello.



También es de creer que si en 1936 se pusieron a reconstruir el teatro no les daría tiempo de tener otras estatuas preparadas y listas en la fachada antes de que estallara la guerra civil en julio y que para tomarse la molestia de retirarlas mucho debía ser el coste o valor artístico de las copias, en el caso de que hubieran existido alguna vez, claro.



A mi parecer dos estatuas faltan en Oviedo, ( si, parece mentira que puedan faltar estatuas en Oviedo, lo sé), dos estatuas del proyecto original del teatro que piden a gritos que alguien las vuelva a colocar de nuevo en el sitio destinado para ellas. Tanto si son copias de las originales o si realmente existen las centenarias o sus copias de los años treinta y alguien las tiene en el jardín de su casa esperando esta oportunidad para declarar al mundo que el tal rumor no lo era.

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