Pieza tocada, pieza amada...

n La máxima del ajedrez, «pieza tocada, pieza jugada», como metáfora de la memoria

 
De izquierda a derecha, el poeta Fernando Beltrán, el alcalde de la villa, Antonio Rey, y el pintor Hugo Fontela el pasado domingo.
De izquierda a derecha, el poeta Fernando Beltrán, el alcalde de la villa, Antonio Rey, y el pintor Hugo Fontela el pasado domingo. lorena valdés

El poeta Fernando Beltrán, fundador del Aula de las Metáforas de Grado y autor, entre una docena de títulos, de «La amada invencible. 80 poemas incurables» y «El corazón no muere», agradeció con las palabras que siguen la concesión, junto al pintor Hugo Fontela, de los premios «Moscones de oro». La distinción, que concede la Asociación de Amigos de Grado, sirvió al poeta -nacido en Oviedo en 1956 y criado en Madrid, donde reside- para recordar a su padre que fue quien le transmitió el amor por el concejo del que procedía la familia. El domingo pasado sus palabras emocionaron a los 200 invitados que llenaron la capilla de los Dolores.

FERNANDO BELTRÁN La casa natal, la verdadera casa natal, la casa con paredes de piedra y tejado de lluvia donde nacimos todos, esa casa en el aire, sin suelo ni apenas certidumbres a la que sin embargo nos atrevemos a seguir llamando «tierra de uno», esa casa natal, decía, reaparece siempre ante nosotros tarde o temprano. Vientos de componente humano con dirección variable, nubosidad de evolución diurna en la vertiente atlántica.



Un trampolín de nervios, un niño con charcos nuevos, o sea, con lluvia recién estrenada para poder pisarla a gusto y con todas las de la ley -la ley de la ilusión, la ley de las raíces, la ley de lo que uno más ama...- en fin, amigos, un poeta definitivamente trastocado os habla con emoción y escalofrío al recibir este premio.



Mi padre jugaba al ajedrez. Tenía un tablero enorme que heredé al morir mi padre, como heredé su gabardina, sus zapatos, su paraguas... como heredé también una palabra, Grado, escrita en la tapa de la caja donde él guardaba aquellas piezas inmensas talladas en madera de avellano, y una fecha a su lado que me permite saber ahora con vértigo infinito, que mi padre tenía entonces tan sólo catorce años.



Poco tiempo después ganó al entonces campeón de España, Arturo Pomar, y al cabo de unos meses, en una partida múltiple de la que hace poco hablaba LA NUEVA ESPAÑA en su sección titulada «Hace cincuenta años», hizo tablas con el mítico Alekhine, campeón del mundo. Se habló entonces de una joven promesa del ajedrez, pero nadie contó una anécdota que quizá sólo unos pocos conozcamos. Cuando mi padre fue a hacer su último movimiento, se arrepintió en el suspiro final, cuando apenas había rozado con sus dedos la ficha a jugar. Levantó entonces la mano como un rayo y se dirigió hacia el movimiento ganado, pero entonces, el maduro campeón del mundo, sabedor de que la nueva jugada era la de su derrota, hizo valer, con suprema inclemencia ante aquel jovencísimo muchacho, la sagrada ley del ajedrez y sentenció. Pieza tocada, pieza jugada.



La partida concluyó en tablas. Mi padre contaba siempre con orgullo y pequeña rabia aquella partida, pero las leyes son las leyes y aquel maldito Alekhine tenía razón. Razón ajedrecista y razón metafórica, que es la que hoy nos importa, si nos ponemos a la altura del origen y la sagrada ley de la memoria, ese lugar donde más que en ningún otro está siempre vigente el lema: Pieza tocada, pieza jugada.



Y mi padre tocó con sus manos, también con su infancia, su juventud, su corazón, su cabeza y probablemente sus pies que fueron los que al fin y al cabo llevaron a todos ellos de un lado a otro..., tocó, como os decía, las calles, las casas, la gente y el paisaje de Grado. Y no sé cómo lo haría, pero sí sé cómo jugó luego en la vida esa pieza tocada: con todo el amor y toda la devoción del mundo. Con la misma, si me lo permitís, con que yo tuve la inmensa fortuna de tocar en la distancia la memoria hablada y habitada de mi padre, y aprendí a amar Grado. Aquella palabra mágica en la que comencé a poner toda la imaginación, la emoción y la poesía que acabaron tantos años después haciéndome regresar a la casa del padre, y a la casa del padre de mi padre, y a la casa del padre del padre de todos nuestros padres, esos seres de los que un triste día sin remisión todos acabamos heredando una gabardina, unos zapatos, un inmenso paraguas o una simple palabra, que en mi caso fue Grado...



Mi padre está aquí ahora mismo, lo sé. Me gustaría que no fuera así, porque estará sin duda, moviendo la cabeza, con la misma determinación con que movía las fichas, y llamándome la atención sobre cualquier cosa, hijo, ¿diste las gracias?, hijo, no te olvides de decir... hijo, pero cómo haces ese movimiento, no ves que te como el caballo... Sí, amigos, mi padre está aquí, entre nosotros, y yo no puedo evitarlo, como no podía evitar mi desesperación cuando cincuenta años después de aquella mítica partida, con casi setenta años y ya casi sin saberlo al borde de la muerte, seguía ganándome al ajedrez sin siquiera mirar el tablero. Se sentaba ahí, en el sillón, mientras yo permanecía atento a la mesa, y me iba diciendo sus movimientos y yo, que no jugaba mal del todo, le decía los míos y él, de memoria sin ver el tablero, dios mío, sin ver el tablero, me llamaba la atención, como ahora estará por ahí, sin ver esta capilla, pero con la partida entera en su cabeza, hijo..., habrás felicitado al otro premiado, hijo..., acuérdate de las autoridades, ya lo he hecho, padre ya lo he hecho, hijo..., cuando sentarás la cabeza, hijo..., ten cuidado con ese peón, no ves que..., hijo, basta ya de locuras, cómo vas a dedicarte a la poesía, de la poesía no se puede vivir, tú estudia Derecho, sé abogado y escribe los fines de semana, hijo, padre... y así hasta aquel terrible portazo con que al fin nos peleamos. Pieza tocada, pieza jugada, padre...



Y la poesía fue mi pieza tocada desde los quince años, la pieza incurable que yo corría libre y sin remedio por mis venas, como corre el alfil por su diagonal, cuando hube de elegir profesión al destino y elegí una jugada que no sé si fue un acierto, o un error, pero sí que fue al final una partida terminada en tablas, una parte de belleza y otra parte de abismo, porque mi padre tenía razón y el camino de la poesía, como el camino del arte, no es un camino fácil.



Porque el poeta no escribe desde la torre de marfil, como nos dijeron siempre, ni desde las ramas donde vive alegre y distendida la cigarra, sino desde la tos, el grifo, el tornillo, la conmoción, la herida, la intemperie, la mano o las uñas que se manchan los dedos en todo aquello que tocan, sienten, duelen, abrigan, aman o arañan. Hormigas, sólo hormigas con enormes ojeras, pero hormigas que llevan todo el peso del mundo a sus espaldas. Porque el poeta presta oídos, presta sombra, presta indicios, latidos, pero ante todo y sobre todo presta su voz, su hígado y su conciencia a manos llenas. Llenas de lo que ve, absorbe, intuye, empuja, eleva, quiebra, sangra, enferma, excava y de aquello que finalmente transforma y nos transporta a otro lugar, a otra mirada, a otra forma de ver, de remover y de conmover las cosas, como han hecho siempre las metáforas. Vientos de componente humano con dirección variable, nubosidad de evolución diurna en la vertiente atlántica...



Mi padre está aquí está mañana, y está orgulloso, os lo aseguro, como lo estuvo años después cuando comprendió que mi suerte estaba definitivamente echada y se dedicaba a regalar de dos en dos los libros de su hijo a todas sus amistades, y ponles, hijo, en la dedicatoria unas palabras de esas tuyas que no sé si entiende alguien pero a la agente le gustan tanto... El agua tiene gestos que la humedad no entiende... por ejemplo, o memoria es un chaval con los daños crecidos... o aquel perro de niño que me mordió una pierna, y ahora sé que era la de apoyar la vida...



Mi padre me enseñó a amar Grado y entenderéis que sea a él a quien dedico este premio y estas palabras, aunque a mí me hayáis premiado por traeros el Aula de las Metáforas; la belleza y el abismo de los poetas, esos seres que hacen de cada pieza tocada una pieza jugada; de cada pieza tocada sus sentidos, su sensibilidad, su lluvia, su quehacer, su memoria, sus raíces, sus padres, su casa natal y sus bufandas, una pieza definitivamente amada. Muchas gracias.

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