Vaya por delante que gozo de una salud excelente, pese a varios sustos padecidos en las últimas décadas -alguno muy gordo- y superados gracias a la ciencia médica.
Nací el 19 de octubre ignorando que festejaría muchos de mis cumpleaños comiendo garbanzos en Oviedo por el tradicional Desarme. Vine al mundo en 1919, año en el que ocurrieron dos importantes eventos cuyas secuelas iban a marcar el trascurso de mi vida.
El primero de ellos fue el Tratado de Versalles, que dio por concluida la I Guerra Mundial (y que dejó bastantes resquicios que facilitaron la Segunda).
La recién estrenada Unión Soviética (URSS) quedó fuera del tratado, y, entre los países que inauguraron soberanías, rompiendo la rancia estructura imperial y dinástica de los Habsburgo, en 1921 apareció la Unión Serbo-Croata-Eslovena, que se transformaría en el reino del mismo nombre. Tuvo corta vida porque en 1929 el rey Alejandro I, cuya nacionalidad serbia sobra recordar, había traicionado la Unión. Habiendo consolidado la hegemonía serbia, proclamó la dictadura regia y rebautizó este Estado como Yugoslavia, lo que, a nuestros ojos, terminó el proceso de la soberanización de las naciones de aquel conglomerado antinatural.
Otro memorable acontecimiento fue la escisión de la izquierda en demócratas y autócratas. En efecto, un año antes, Rusia había supurado el bolchevismo, y en 1919 el socialismo europeo censuró duramente los excesos y los efectos torcidos de la Revolución de octubre. Los comunistas se enfadaron, formaron su propia Internacional, la Tercera, el famoso Komintern, e iniciaron una guerra a muerte contra los socialistas democráticos, aniquilándolos físicamente allí donde llegaban al poder, que convertían de inmediato en absoluto, mientras que en el resto del mundo hacían algo similar según permitiesen las circunstancias. Algo de lo que, en cuanto a España, fuimos y seguimos siendo testigos cualificados.
De hecho, aquella paz entre las dos guerras mundiales duró apenas veinte años. Y si algunos sostenían que su precariedad se debía a las imperfecciones del Tratado de Versalles, a otros les inquietaron más los procesos ideológicos y los profundos cambios sociales. Los intelectuales que más sonaron en aquella época eran el novelista alemán y pacifista Erich María Remarque y el político francés Arístides Briand, que incluso había lanzado la idea de Estados Unidos de Europa. Frente a ellos, el filósofo alemán Osvald Spengler, en la obra «El ocaso del Occidente», ensalzaba su nacionalismo militarista.
Pero quien demostró la mayor clarividencia fue don José Ortega y Gasset. Él fue el primero en diagnosticar certeramente la incipiente patología de aquellos tiempos en su famoso libro publicado en 1930, «La rebelión de las masas», un texto bien conocido en la Polonia de aquella época.
En efecto, se trataba de una mezcla muy explosiva, formada por la conjunción entre aquellas masas y las ideologías, una amalgama fundida en el crisol de la depresión económica, junto con las secuelas del conflicto bélico, la incansable brega de los demagogos y la inestimable ayuda del secular atraso cultural del vulgo ruso, a la sazón armado y desmoralizado al regresar de aquella guerra para ellos perdida, que facilitó la más sangrienta de las revoluciones.
Habrá sido por todo aquello que un mes antes de cumplir yo los veinte estalló la II Guerra Mundial. Como fui buen estudiante e hice cierta labor social cumpliendo en el campamento de verano mi servicio militar, resulté agraciado con el curso para pilotos de aviones sin motor, muy cerca de la ciudad de Wilno, hoy Vilnius, capital de Lituania. El día tres de septiembre de aquel 1939 los aviones alemanes sobrevolaron nuestro aeródromo y el curso quedó apresuradamente clausurado.
Yo era entonces estudiante de tercer año de la Medicina de mis recuerdos. Dos años más tarde, me vería sometido a sobrevivir en uno de aquellos famosos centros de trabajos forzados que la degeneración comunista del socialismo esparció por la URSS con la siniestra sigla GULAG, centros destinados primordialmente para los mismos ciudadanos soviéticos, tan pronto sospechosos de desviaciones ideológicas como reos de delitos comunes en el desempeño de funciones públicas en aquel siniestro país de policías, denunciantes y verdugos.
¡Felices hijos míos, que nacieron y viven sin los sobresaltos y sin las taras que marcaron la existencia de su padre! Cada uno de ellos organizó su vida en un país distinto, pero por su propia voluntad; más aún, en pro de sendas promociones profesionales. Cuando examino las diferencias entre la educación que me ha tocado y la que correspondió a mis hijos, no me queda más que envidiarles por aquellos aspectos que responden a cambios morales y éticos acaecidos y que distinguen nuestras infancias y nuestra formación.