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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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ALFONSO LÓPEZ ALFONSO En un artículo publicado en «La Vanguardia» el 23 de octubre de 2004 se preguntaba Gregorio Morán si alguien se acordaría de Pepito Arriola. Pocos, desde luego, se acordarían en 2004 de Pepito Arriola; alguno más, aunque calculo que no muchos, nos acordamos hoy -en parte gracias a ese artículo- de quien fue conocido como «el Mozart español». «Nadie subió tan alto y tan rápido», decía allí Morán, «y nadie tampoco desapareció en la bruma del olvido con la facilidad que le sumió a él». Era una manera de hablar, claro, porque bien sabemos que de celebridades olvidadas está empedrado el suelo de la historia, pero era una manera hermosa de ponerse a contar un drama de ascenso y caída -tan cinematográfica- que parte de Betanzos y termina en Barcelona tras hacer parada en Berlín.
Pepito Arriola era hijo de Josefa Rodríguez Carballeira, natural de El Ferrol y madre soltera que escogió para el niño el apellido del abuelo, y nació en Betanzos en 1895. Tanto Josefa como su hermana Aurora, que se hizo cargo del pequeño durante un tiempo, dan un poco de miedo. Josefa educaría a los tres hijos que tuvo para la genialidad musical; Aurora educará a la única suya, Carmen Rodríguez, más conocida como «Hildegart», con una misión muy determinada en la vida: la de cambiar el papel de la mujer en el mundo. Aurora acabaría con la vida de su hija Hildegart el 9 de junio de 1933, tras comprobar que se apartaba del camino trazado por ella. Cuatro tiros en la habitación de la muchacha frenaron su brillantísimo porvenir. Fernando Fernán-Gómez hizo famoso el caso.
Pero volvamos a Pepito, que con tres años toca el piano con soltura. Pronto la madre lo traslada desde El Ferrol, donde vivía en la casa familiar, a Madrid, y consigue para él el apoyo de la Casa Real. Lo envían a Alemania. Toca para el káiser Guillermo II, lo nombran, apenas un adolescente, hijo predilecto de Leipzig; da conciertos en el Carnegie Hall, en el Metropolitan y en 1912 en la Scala de Milán. En Alemania terminará de formarse con los mejores maestros y el futuro parece despejado y glorioso hasta que la Depresión de los años treinta y los nazis ponen el mundo patas arriba. Pepito, que ya tiene edad para llamarse José, amenizará alguna velada de Hitler, Goebbels, Goering y también de los españoles de la División Azul. Al parecer, al final de la II Guerra Mundial los rusos lo cogieron en Berlín, pero consigue regresar a España en 1946 y muere en Barcelona, en una casa del barrio de Sants, el 24 de octubre de 1954, olvidado por un régimen que había sido pronazi y que trató después de borrarlo acercándose a los americanos.
Sin embargo, mucho antes de todo eso, en 1918, durante una de las visitas que trajeron a Pepito Arriola por España cuando había dejado de ser un niño prodigio -aunque seguía siendo un músico de prestigio-, la escritora asturiana María Luisa Castellanos le hizo una entrevista que publicó en su sección «Crónicas femeninas» de la revista «Asturias» de La Habana (que se reproduce íntegramente en esta página) el 6 de octubre de aquel año.
Algo mayor que Pepito, María Luisa había nacido en Llanes en 1892. Escritora fecunda, desde muy joven comenzó a publicar artículos en la prensa local y pronto pasa a diarios y revistas de tirada nacional: «La Voz», «Nuevo Mundo», «Mundo Gráfico», «Hojas Selectas»? Rebeca Fernández Alonso se acuerda de ella en su estudio «Avilés 1900-1939. Mujeres a contracorriente», y la pone como uno de los pocos ejemplos de mujeres que durante ese tiempo pudieron dedicar su vida exclusivamente al periodismo. Ese año de 1918, poco antes de que se publicara su entrevista con Pepito Arriola en Asturias, Andrés González Blanco la elogiaba en «El Fígaro». En 1919 fundó con José Díaz Fernández la revista «Alma Astur»: «Con María Luisa me une una amistad íntima, por haber vivido a su lado una vida fuertemente espiritual», dijo de ella el autor de «El blocao» en una semblanza que le dedicó en 1920, y respecto a «Alma Astur», aclaraba que «si triunfamos literariamente, fracasamos en cambio de dineros».
En 1921 se casa en Llanes con Antonio Alonso Inguanzo, y con él se irá a México, donde se dedica a la enseñanza sin abandonar del todo el periodismo. Por Españolito sabemos que algunos problemas de salud de su hijo devolvieron al matrimonio a España y que en 1935 estaban instalados en Madrid, donde tenían una academia de enseñanza. Parece ser que por esa época María Luisa había abandonado la literatura. Poco se sabe de su vida posterior, salvo que, como señala Elvira Pérez-Manso en su estudio «Escritoras asturianas del siglo XX», en algún momento volvió a México, desde donde siguió colaborando con revistas y periódicos españoles, y donde permaneció en compañía de su familia hasta que el 9 de octubre de 1974, a las tres de la tarde, le llegó la muerte.
En esta entrevista de 1918 las vidas de Pepito Arriola y María Luisa Castellanos se cruzaron brevemente: él ya no era el niño prodigio que había sido, había perdido la parte de animal de feria que da la precocidad a todos esos niños que saltan a los medios de comunicación, pero quedaban los rescoldos y, por tanto, cierto interés de la prensa hacia su persona, seguramente más por el niño que había sido que por el joven con talento que era. Por su parte, María Luisa Castellanos era una autora en el cénit de su carrera, mantenía una actividad frenética, publicaba montones de artículos, relatos y tenía en su haber alguna novela y algún ensayo; luego vendrían el matrimonio y una larga decadencia.
Aquí están los dos; Pepito, dando algunos detalles sobre su vida y flirteando con la entrevistadora; María Luisa, sacando adelante con oficio su trabajo.
María Luisa CASTELLANOS
En la salona de casa del Marqués de Canillejas hablé con Pepito Arriola. Era una mañana cálida de julio. Por los entornados balcones se filtraban rayos de luz que se diluían en la penumbra del salón, dándole matices de viveza y alegría en medio del sugestionador misterio de las sombras.
Pepito, sentado en una butaca al lado del sofá que yo ocupaba, charlaba alegremente. Este muchacho, además de ser un genio musical universalmente conocido, tiene un carácter sumamente alegre y una refinadísima cultura.
Aún no sabía yo leer, y ya me mostraba mi madre el retrato de Pepito Arriola, del niño prodigio, como modelo de saber y de precocidad; y en la fotografía aparecía el infante a los tres años de edad, sentado ante el piano interpretando «Moraima»?
Pepito, sonriente y afable, salpicando la conversión de chistes ingeniosísimos, contestaba a mis preguntas con llaneza y sencillez. Ni el más pequeño átomo de orgullo ni la más leve muestra de engreimiento dejaban entrever que mi interlocutor fuera el eminente músico de fama mundial.
-Vamos a ver, Pepe: después de haberse revelado como un genio en su infancia y de marchar a Alemania, ¿quiénes fueron sus maestros? -hube de preguntarle.
-Fui discípulo de hombres eminentes como Nikisch, Requendorf y Strauss.
-¿Cuándo dio su primer concierto?
-Era yo aún un peque; tenía 10 años y fue en fecha inolvidable para mí: el 28 de marzo de 1906.
-¿Qué es lo que más le gusta a usted de todo cuanto ha visto?
-Me gustan mucho Berlín y Leipzig, que es donde he residido la mayor parte de mi vida; me gusta porque tiene unos ríos muy poéticos en donde yo paseo siempre en bote, pero, sobre todo, prefiero a España, a esta patria mía inolvidable a la que amo con frenesí y por la que siento una pasión grande. Allá en Alemania hablábamos siempre en castellano y rendíamos un verdadero culto a la Patria ausente.
-¿??
-De España prefiero mi rincón natal: El Ferrol, y después, San Esteban de Pravia, en Asturias, que es una maravilla de la naturaleza. También me gusta Madrid, en donde el resurgimiento musical va tomando un maravilloso incremento. Me entusiasma la música de Albéniz, pero en la actualidad hay quien vale mucho: J. Falla, ya conocido, y Tomás Terán, un chico de mi edad que se está revelando como un gran maestro. Además, hay una gran pianista, una muchacha muy joven y de gran valer: Carmencita Pérez.
-A propósito, Pepito: ya que de pianistas me habla, yo tengo una amiga que además de ser una señorita muy bella es muy estudiosa e inteligente: Dulce María Serret, pensionada por el Gobierno cubano para ampliar estudios en Madrid.
-¡Ah, sí! -recuerda Arriola-. Dulce María tiene unas condiciones enormes y vale muchísimo. Es la discípula predilecta del gran Tagró; pero la señorita Serret, como todos los que estudian, necesita seguir después de haber dejado los estudios oficiales, porque, si no, pierden mucho.
-Otra cosa, Pepe: ¿qué cantos españoles prefiere usted?
-Me gustan mucho los cantos andaluces, pero no esos de los «jipíos», sino unos cantos de trabajos campesinos que son casi totalmente desconocidos en España. La jota es bellísima; encierra el alma de la raza y la virilidad española, tiene una fuerza emotiva grandísima. Los cantos gallegos y asturianos son dulces y casi hacen llorar. La gaita es sugestionadora, emocionante, y, aunque todos los instrumentos de España tienen su carácter especial, la gaita es de las más seductoras de cuantas músicas populares existen.
-Además de la música, ¿qué es lo que más le gusta a usted?
-A mí, las mujeres. Me encantan las asturianas: son buenas, religiosas, honradas, de un carácter alegre y abierto que enamora y de una independencia que admira. Me agradan las gijonesas, las pravianas y las llaniscas.
-Hablando de otra cosa: ¿cuántas obras ha escrito usted?
-Yo creo que han sido 62, y creo que escribiré más, porque sigo estudiando; yo opino que debe estudiarse siempre, aunque una carrera se halle terminada; es preciso mejorar en todo y cuanto más se adelante, mejor.
Habló después de sus hermanitas, Pilar y Carmen Osorio, dos precocidades que se revelaron a los cinco años y que ya tocan admirablemente.
Con emoción habló de sus padres, el famoso doctor Osorio, que para él ha sido como un buen padre, pero con una sencillez y un cariño tan extremados que encantaba y admiraba al escucharle.
-Tengo un gran cariño a Asturias, porque mi padrastro era de Vegadeo, y siendo como él era un amantísimo padre, todos los asturianos han de tener el mismo noble corazón. Desde la muerte de aquel que fue mi padre soy el jefe de la familia. ¡He sufrido mucho con su enfermedad! Durante una larga temporada padeció el doctor Osorio de un cáncer en el estómago, y el pobre, sabiendo que de esa dolencia moriría, sufrió con una resignación extraordinaria toda la enfermedad.
La frente despejada y artística de Pepito se nubló con una sombra de tristeza.
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