El tendero

n Lo que más me asombraba del encargado de ultramarinos era su lápiz casi agotado por la cuchilla del tiempo

 

Los recuerdos del pasado son como viejas fotografías en blanco y negro almacenadas en la memoria. De los años cincuenta yo guardo un grato recuerdo de la imagen del «tendero» con su mandilón o guardapolvos gris ceniza, dándole a la manivela, ahora para delante, ahora para atrás, de la pequeña bomba de extracción de aceite -colocada en la boca de un gran bidón metálico-, para llenar una botella de «sansón», osease un litro, que mi madre me había enviado a buscar; pero lo que más me llamaba la atención, de este bonachón de Alfredón, el tendero, era el pequeño lapicero que llevaba en la oreja derecha y que una vez corchada y entregada la botella, abría una libreta y tomando el lápiz con la mano, lo mojaba en la lengua, y apuntaba, en el debe, con el color de tinta morada; Queta. un litro de aceite 8 pesetas.


Los tiempos no eran mejores que ahora; se acababan de retirar las cartillas de racionamiento, aquellas libretas de cupones amarillentos que tan bien le vinieron a Piñole para hacer, como lo hizo en las acciones del tranvía de Gijón, apuntes de gallos; cosa curiosa, las acciones dieron mas dividendos con los gallos de Piñole que con el tranvía. Pero a mí lo que más me asombraba de aquel tendero, en economía de posguerra, era su lápiz mágico, casi agotado por la cuchilla del tiempo; ahora tenemos aparatos de alta tecnología, calculadoras, computadoras, pero dos y dos siguen siendo cuatro a pesar de los avances, con lo cual, Alfredón, el tendero, que solamente conocía las cuatro reglas, aplicaba una lógica elemental que era la de no gastar más de lo que ingresaba y para ello contaba con los cobros de las deudas que tenía apuntadas en la libreta, con tinta violácea, y que le pagaban -aunque no siempre- a finales de mes. Su vida era sobria y austera, de tarde en tarde un café o un cuarterón de vino, acompañando a la partida, era toda su diversión. Creo que aquel buen hombre haría, en estos momentos de crisis, un buen ministro de Hacienda ayudado de la magia de su pequeño lápiz de tinta morada; lo usaría para tachar una serie de gastos, que con toda seguridad consideraría innecesarios.


Alfredón, de ministro, como buen tendero que había sido, no subiría los impuestos porque los tenderos saben que una subida de los impuestos afectaría a todo el consumo; suprimiría gastos extras, un cuarterón de vino y un cafetín a la semana, con lo cual ahorraría tres perronas; haría que los jubilados conociesen su tierra y los invitaría a vivir en sus lugares de origen, recuperando la vieja huerta - jardín con la cual ayudaríamos a la economía familiar a la vez que ganaríamos en salud; reduciría los sueldos de los cargos públicos para acercarlos un poco a la realidad de la vida, además controlaría el uso del coche oficial -aunque Chávez nos regale el petroleo- , fomentaría el uso de la bicicleta entre los concejales y diputados para defender el medio ambiente y mantenerlos en forma con tan noble deporte; administraría el estado como si fuese su tienda con lo cual se daría cuenta de que no se puede gastar -como ha ocurrido en julio- el doble de lo que se ingresa; le retiraría a los ayuntamientos toda ayuda si viese que ésta no se empleaba en servicios o en asistencias, a su vez haría que estos mismos municipios no contratasen más personal del necesario; no aumentaría el «paro», manteniendo a más parados durante más tiempo -a pesar de los sindicatos- les daría más «movimiento» a los «parados», pagándoles un salario a cambio de un trabajo comunitario de verdad, como pudiera ser la limpieza de montes, con lo cual nos ahorraríamos cantidades enormes en incendios. Estos serían algunos de los apuntes del bueno del tendero hechos con la magia de su pequeño lapicero. Alfredón, de ministro o incluso de presidente, no se pasaría el tiempo diciéndonos que ya salimos de la crisis, nos dejaría su lápiz para que echásemos cuentas y calculásemos, de verdad, cuándo podríamos salir.


Lo que yo he tenido en cuenta, de este simpático tendero, al igual que otros políticos, que una vez en el cargo se olvidase de su pequeño lapicero, cambiándolo por un aparato de alta tecnología oficial.

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