MELCHOR FERNÁNDEZ DÍAZ
(...) Para mí, Oviedo no es una especialidad -lo digo con la mayor admiración hacia los especialistas- sino una experiencia vital que ya tiene más de medio siglo de duración. Es, de largo, el sitio donde más tiempo he vivido. Este es un buen momento para proclamar que Oviedo me acogió generosamente y me dio a lo largo de mi vida oportunidades que nunca hubiera podido imaginar. Creo haberle correspondido lealmente, pero doy por seguro que siempre estaré en deuda.
(...) Como ya estoy en la edad de contar batallitas, podría relatar la de mi toma de contacto con la ciudad. Pero al tratar de extraer de esas vivencias un argumento no lo encontraba. La memoria me traía episodios fugaces, historias pequeñas, anécdotas menores. Hasta que caí en la cuenta de que unas tiraban de otras, tal que estuvieran enlazadas, como cerezas en una cesta. Y esa imagen me acabó resultando útil. Además, las cerezas tienen raigambre ovetense. De los dos dichos sobre Oviedo que conocen todos los ovetenses, y todos los asturianos, uno las alude:
Por la Ascensión,
cereces en Oviedo
y trigo en León.
El otro es, obviamente, «Xente de Oviedo, tambor y gaita».
Ese es el inocente secreto que apenas vela el título. Vamos, pues, con las cerezas. (...)
Si meto la mano hasta el fondo de la cesta de cerezas me encuentro con los recuerdos de un crío que aún no había cumplido los 10 años de edad que llegaba a Oviedo para estudiar el Bachillerato interno en un colegio, procedente de un pueblo de la Cuenca Minera. El pueblo no tenía nombre, a costa de tener demasiados: Ciaño Santa-Ana, El Entrego, La Oscura, La Laguna, La Vega... Pasarían todavía muchos años hasta que, en 1957, el Ayuntamiento de San Martín del Rey Aurelio llevara a buen término los trámites para que se convirtiera oficialmente en El Entrego, por cierto, el nombre que figura en mi partida de nacimiento. Y en la de mi padre. El colegio de Oviedo al que venía era el Auseva, de los Hermanos Maristas, que se encontraba entonces en la calle Santa Susana, justo enfrente del Instituto Alfonso II.
Yo ya había estado bastantes veces en Oviedo, pero sólo a partir de entonces -estamos hablando del mes de octubre de 1952- me integré en la ciudad y empecé a descubrirla. Y recuerdo muy bien que una de las impresiones más intensas que me produjo fue advertir lo agujereada que estaba. En Oviedo había centenares, miles de casas con orificios de bala en sus fachadas. Habían pasado quince años desde el final de la Guerra Civil en la ciudad, pero sus huellas estaban presentes por todas partes. Había barrios enteros, como San Lázaro -donde ahora está el parque del Campillín- que todavía permanecían en ruinas.
Una de las zonas donde las huellas de la guerra se manifestaban de forma más severa era el Naranco, que los internos conocíamos bien, porque los frailes nos llevaban a él de paseo cada quince días. En algunos casos, los recuerdos bélicos eran muy visibles, como el estado ruinoso en que se encontraban los dos pabellones del sanatorio que el Centro Asturiano de La Habana había levantado en los años 30 o el proyectil de cañón que permanecía incrustado en la portada de San Pedro de los Arcos. (...)
Pero tal vez lo más sorprendente de aquel Naranco post-bélico era el monumento que lo coronaba. La cumbre del Picu Paisano, donde ahora se alza una gran imagen del Sagrado Corazón, estaba ocupada por un macizo plinto de piedra sobre el que estaba colocada una gran media luna, formada por planchas de latón que dejaban un hueco en su interior. Ese hueco le confería una gran sonoridad, lo que nos estimulaba a trepar por el pedestal para colocarnos a horcajadas sobre aquel artefacto que perdía su carácter de símbolo para convertirse en nuestras manos en un gran tambor.
(...) Es posible que cuando yo descubrí la gran media luna de latón del Naranco ya no hubiera soldados africanos de guarnición en la Península, salvo la Guardia Mora que, a caballo, acompañaba a Franco en los desfiles, según veíamos en el No-Do. (...)
Otro escenario habitual de los paseos de los internos era la Carretera de Las Segadas. La calle Santa Susana marcaba entonces el límite Sur de Oviedo. Calvo Sotelo no era en puridad una calle sino una carretera, a cuyo lado derecho estaba el Campo de Maniobras, todavía con barracones militares. A ambas orillas de la calle se situaban las barracas por las fiestas de la Ascensión y San Mateo.
Se subía por Calvo Sotelo, se bajaban unos metros y ya casi se estaba en el campo. Aunque ya estaba abierta la calle Hermanos Pidal, apenas tenía casas. El estadio de Buenavista quedaba en medio de un descampado. Camino de Las Segadas, o Les Segaes, y, antes, de La Manjoya. Se identificaba perfectamente el valle del río Gafo. (...)
Pero los paseos que preferíamos los internos eran los que dábamos con nuestros familiares. Los estudiantes teníamos día y medio de asueto a la semana: el domingo completo y el jueves por la tarde. Los sábados eran un día más a efectos tanto laborales como lectivos. La semana inglesa, que ya existía -en Inglaterra, por supuesto- era un mito, todavía muy lejano.
Los jueves venía a verme mi madre. Casi siempre en compañía de Rosario Argüelles, la madre de mi amigo Juan Rodero, que hoy es, y desde hace mucho tiempo, uno de los mejores dentistas de Oviedo. Salíamos juntos. Rosario, que era viuda, tenía un comercio en Carrocera, cerca de El Entrego, y aprovechaba el viaje para hacer una visita a sus proveedores. Íbamos pasando por Almacenes Silka, Modas Tita, Almacenes Botas, Almacenes Al Pelayo. O La Panoya, en la calle Fruela, que era el comercio que más gustaba. De esa forma fui entrando en contacto con el comercio de la ciudad, que fue una forma de conocerla.
Los encargados y los dependientes eran gente amable, que trataba no sólo de ganarse la confianza de los clientes sino, más aún, de mantenerla. Media provincia venía a comprar a Oviedo. (...) No se compraban prendas, sino el género para hacerlas, tarea de la que se encargaban luego sastres y modistas. Los estantes de las tiendas estaban llenos de piezas de tela, envueltas en torno a un husillo. (...) Apenas existía la ropa confeccionada, como no fueran las gabardinas. A los niños nos las compraban grandísimas, con el pretexto de que estábamos creciendo y que tenían que durarnos varios años. ¿No he dicho todavía que era una época de escasez? En el año 52 acababa de suprimirse la cartilla de racionamiento. Y había, sin duda, mucha pobreza. Abundaban los mendigos.
En el colegio vestíamos con una indumentaria muy formal, con chaqueta y corbata. El pantalón era corto hasta que se empezaba el Bachillerato superior. Luego se pasaba al largo. (...)
Aunque nos limpiábamos nosotros mismos los zapatos, no debíamos hacerlo muy bien porque nuestras madres, cuando nos sacaban con ellas, nos hacían pasar indefectiblemente por la zona de La Escandalera donde se situaban los limpiabotas. Allí nos sentábamos en el murete o en una silla para ser objeto de la atención de aquellos profesionales, por lo general locuaces. (...)
El servus es una palabra que se ha perdido. Fue una marca de betún cuyo nombre se convirtió en genérico. Hoy hubiera sido políticamente muy incorrecta, pues en el envase traía la imagen de un negro limpiando unos zapatos. De ahí venía el nombre: siervo, esclavo. (...)
La jornada de paseo con nuestras madres terminaba indefectiblemente en una confitería, para merendar. Nosotros solíamos ir a El Buen Gusto, que estaba en la calle Fruela, o al Rialto, que estaba donde siempre. Rosario lo llamaba siempre por su nombre antiguo, el Royalty. Te ponían una gran fuente con pasteles en el centro de la mesa y te cobraban sólo los que consumías.
Oviedo tenía por entonces, según decían, unos 80.000 habitantes y era una ciudad tranquila y afayaíza. Una de las cosas más evidentes que advertía uno era que la gente vestía muy bien en todos los establecimientos públicos. En todas las oficinas los hombres llevaban corbata. Mujeres había pocas. (...) El restaurante más conocido era La Paloma. Había algunos establecimientos exclusivos. Ninguno como el Peñalba, que resultaba imponente y a la vez enigmático, como lo era cualquiera de aquellos ancianos caballeros que estaban sentados en las mesas próximas a las lunas que daban a la calle Uría o al Pasaje, tiesos e inexpresivos como palos y con un vaso de agua sobre la mesa.
El número de coches que circulaba era más bien modesto. Ínfimo, si se lo comparaba con los tiempos actuales. A cambio, había tranvías, que a veces llevaban jardinera, o sea, un vehículo similar pero sin ténder para conectar a la catenaria. (...) Una línea del tranvía llegaba hasta Colloto, lo que era una excursión. Nosotros la hacíamos un par de veces al año y resultaba todo un acontecimiento.
La escasez de circulación no obligaba a poner muchos medios para controlarlo. Apenas había guardias de tráfico, salvo en puntos muy neurálgicos. Los semáforos eran inimaginables. Los pasos de peatones se empezaron a implantar precisamente en esa época: ya digo, comienzos de los 50. (...) Por esa época, más o menos, debió de ser cuando un bando de la Alcaldía, presidida a la sazón por Valentín Masip, definió como infracción multable el pasar en mangas de camisa por la calle Uría, aún bajo los rigores de la canícula. Pero de eso me enteraría muchos años después.
Aunque para sufrir a causa de la indumentaria, nadie peor situado que los curas, siempre de negro y ensotanados hasta los pies. En los meses fríos los más pudientes añadían al traje talar el manteo y se cubrían con un sombrero de teja. En la confitería situada en la esquina entre Uría y Melquíades Álvarez, donde se vendían los Caramelos del Congreso, había una estatuilla que representaba a un cura envuelto en su manteo y cubriéndose con un paraguas. En la peana ponía: «Orbayando». Y ciertamente era una estampa muy representativa del Oviedo de la época, porque había muchos curas y caía mucha agua del cielo, sobre todo en la asturianísima modalidad del orbayu, que hoy parece haberse extinguido con el cambio climático. Los curas iban tonsurados, algo que les resulta extraordinariamente pintoresco a los jóvenes de hoy, cuando se lo cuentas. (...)
Lo que no faltaba nunca en el zaguán de las iglesias era la calificación de las películas que se «echaban» en ese momento en los cines de la localidad. A cada película le correspondía una ficha, en la que junto al título, el nombre de los actores y el del director seguía una breve semblanza crítica. Pero lo más importante era la calificación, que figuraba en negrita y con caracteres más destacados que el resto. Oscilaba entre el 1, «apta para todos», hasta el 4, «gravemente peligrosa», pasando por el 3-R, «mayores con reparos». Seguro que una antología de aquellas críticas resultaría hoy más que divertida.
En este piño de cerezas se engarzan inevitablemente otros. El cine era la gran distracción popular. Los cines tenían mucha gente casi todos los días y se llenaban los fines de semana. Conseguir entrada un domingo era a veces muy difícil. Los cines ovetenses eran, en general, monumentales. Algunos hacían alarde de ello en su propaganda: «Aramo, palacio del cine». El Aramo fue, por cierto, el que estrenó el cinemascope en la ciudad, con «La túnica sagrada». (...)
El poder social de la iglesia se notaba especialmente durante la Cuaresma y la Semana Santa. En puridad, todos los días de Cuaresma eran de abstinencia y los viernes, además, de ayuno. La abstinencia de carne, tal como se nos traducía el término a los niños, era de la carne de comer, pero supongo que debía ser también de la carne de gozar, aunque eso a los niños no nos lo explicaban. (...)
Se practicaba el luto, por imperativo social. Para las mujeres, de forma rigurosa. Era obligatorio. La muerte de un pariente muy próximo, como el marido o los padres, conllevaba dos o tres años de vestir de negro y de renunciar a muchas actividades. (...)
Como estas cerezas las saca la mano de un niño, conviene intentar acercarse a uno de los de entonces. Éramos bastante inocentes y, valga la redundancia, muy infantiles. (...) Pero tengo muy presente que los que podíamos estudiar el Bachillerato éramos unos privilegiados. En aquella época la mayoría de los críos estudiaba hasta los 14 años en la escuela y luego entraba en el mundo laboral, generalmente de aprendiz. (...)
Nos educaban en la higiene, pero no era muy estricta. Nos duchábamos una vez a la semana, dos a lo sumo, y nos cambiábamos de ropa interior una sola vez cada siete días. No nos cambiábamos de ropa para jugar, salvo que se tratara de partidos de competición, y en ese caso las camisetas sudadas de un equipo pasaban a ser usadas por el siguiente. Lo digo con dolor y casi con resentimiento porque fueron muy pocas las veces que pude ponerme la camiseta sudada, porque, pese a mi afición, no conseguía ser titular. Francamente, era muy malo, aunque luego mejoré algo.
(...) Tampoco era habitual la calefacción. En el colegio Auseva la había en uno de los dos pabellones, el que daba a la calle Santa Susana, donde estaban los dormitorios y las clases de Enseñanza Primaria. En el otro pabellón, donde se daban las clases de Bachillerato, no había radiadores. Debíamos pasar bastante frío, aunque no me acuerdo. (...) No usábamos desodorante. No lo había. Faltaba mucho para que llegara. Pero sí nos echábamos fijador al pelo: Varón Dandy, Lucky Strike, que pronunciábmos así. Estudiábamos francés y de inglés no teníamos ni noción. A los artistas de cine los nombrábamos tal como se escribía su nombre: Gary Cooper, James Estébar.
Coleccionábamos cromos. Sobre todo de futbolistas. Pero una colección que hizo auténtico furor fue la de las «Aventuras de Pinín». Ya habían salido antes en LA NUEVA ESPAÑA y a mí me habían regalado un álbum, que luego se perdió. Pero Chocolates La Cibeles volvió a sacar a Pinín, ahora en color. Los cromos venían dentro del envoltorio de las chocolatinas, que valían a peseta. Nunca comimos tanto chocolate en nuestras vidas. Intercambiábamos los cromos, pero había algunos que estaban escasos y otros que eran casi imposibles, pues no salían: el viejo truco de todo coleccionable. (...)
Hablábamos bien. Quiero decir, sin soltar tacos ni pronunciar palabras obscenas, y esto último, aun situando el listón muy bajo. (...). Y hablábamos en asturiano. Yo, al integrarme entre mis nuevos compañeros, apenas encontré diferencia entre su forma de hablar y la que yo traía de mi pueblo. Salvo tal vez la clase alta, en Oviedo se hablaba de la misma forma que en el resto del centro de Asturias, sin perjuicio de que a mayor nivel cultural de las personas, éstas tuvieran mejor dominio del castellano. En ese terreno es donde se ha producido uno de los mayores cambios en la ciudad. Yo oigo hablar a los jóvenes ovetenses de ahora y no sabría decir de dónde son.
(...)
Había himnos que, por cultos o rebuscados en su letra, se entendían menos. Del de las Juventudes de Acción Católica yo me pasé años cantando «ser apóstol lo más tiracaso» en vez de «ser apóstol o mártir acaso». De lo que menos me preocupé fue de preguntarme si aquello significaba algo. Con el «Cara al Sol» era frecuente sustituir lo de «impasible el ademán» por «imposible el alemán», lo que mejoraba el texto al darle, diríamos hoy, un toque surrealista.
Había una asignatura claramente ideológica, llamada oficialmente Formación del Espíritu Nacional, más conocida como «Política». En los maristas la daba Manolo Avello y la verdad es que la despolitizaba bastante. (...) Manolo, a quien llamábamos «el Avello», era un profesor muy popular porque en el recreo jugaba al fútbol con nosotros. No hace mucho don José María Martínez Cachero, que también era profesor del colegio, me confesó que a él también le hubiera gustado jugar, pero que no lo hacía porque había descubierto que le tiraban con el balón a las gafas. (...)
Por aquellos tiempos los métodos educativos eran a menudo brutales y se recurría al castigo físico, con el pleno respaldo de los padres. Por fortuna, ni mi padre pegaba ni los maristas lo hacían. De mis tiempos en el colegio sólo recibí una bofetada. (...)
Las últimas cerezas serán deportivas. La pasión por el deporte era grande. El abanico, muy amplio. La práctica, escasa. Todavía quedaban boleras en Oviedo, y en el centro, como la de Caveda y la Ideal Rosales, aparte de las del Cristo de las Cadenas. Había mucha afición al ciclismo. Yo vi en el Calderu pasar destacado al italiano Ángelo Conterno cuando ganó la Vuelta a España gracias precisamente a aquella escapada. Iba tan agotado que casi no pudo coronar la cuesta. También había carreras de motociclismo. El baloncesto se jugaba en un patio del caserón de Santa Clara. (...)
Pero el santuario natural del hockey era el Auseva. Aunque el juego más practicado era el fútbol, el hockey era el deporte por antonomasia del colegio, pues era en el que más destacaba con relación a otros centros educativos. Se jugaba en el patio, pavimentado, que se acotaba con tablones para formar la cancha. (...)
Como la naturaleza tiene horror al vacío, el equipo de hockey de La Cibeles llegaría a ocupar en algún momento en la devoción deportiva de muchos ovetenses el espacio dejado por algún clamoroso bache del Real Oviedo. Pero eso estaba lejos de ocurrir al comienzo de los años 50, en que el estadio de Buenavista -algunos pronunciaban stadium, por la denominación original- era el gran templo deportivo de Oviedo.
Un templo todavía inconcluso. Sólo estaba cubierta una grada, la de la tribuna diseñada por Ildefonso Sánchez del Río, la primera sin columnas de España, como sabía todo Oviedo y lo pregonaba con orgullo. (...)
Puedo recitar de memoria la alineación del Oviedo del primer año en que lo vi jugar. Argila; Toni, Diestro, Celaya; Pacheco, Falín; Mandi, Sará, Areta, Salaberry y Basabe. (...)
Claro que para partidos intensos y emocionantes estaban los que enfrentaban al Oviedo con el Sporting. (...) Los partidos se vivían con una gran pasión. Era frecuente la suelta de palomas mensajeras cuando se marcaba algún gol. (...) El factor campo no parecía importar demasiado. Resultaba normal que el Sporting ganara en Oviedo y que el Oviedo ganara en Gijón y en mi experiencia personal hubo de todo. Pero el partido más memorable no lo vi. Se jugó en Gijón un martes, porque el domingo hubo que suspender el partido a causa de una nevada que había cubierto el terreno de juego de El Molinón. Ese martes por la tarde, al salir de clase, pregunté cómo habían quedado y, cuando me contestaron, creí que me gastaban una broma, tan exagerado fue el resultado que me dijeron. Pero era verdad. El Oviedo había ganado por 6-0.
Dicen que en una guerra lo más importante es saber explotar las victorias y en aquel caso la afición oviedista lo hizo cumplidamente, incluso con versos. (...)