ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS
El clásico médico de cabecera, por su proximidad y cariño al enfermo, era el mejor placebo que podía recetarse a unos pacientes que tenían fe ciega en él. No es el caso de los ríos asturianos, en un hospital de última generación manejado por políticos, ayuntamientos, empresarios y asociaciones de pescadores, todos ellos sin visión de futuro, y en los que, por falta de confianza en sus sanadores, desaparecerá su ritmo vital en escaso período de tiempo. Al igual que, desde los años sesenta hasta nuestros días, lo perdieron en Euskadi, Cantabria y Galicia, comunidades en las que tan sólo quedan restos testimoniales de la especie. Aunque algo parece que empieza a cambiar, al menos así parecen indicarlo las palabras de Belén Fernández («El salmón puede desaparecer de nuestras aguas») y las nuevas normas para la próxima campaña de pesca que a algunos les parecen excesivas, y a otros nos suenan a paños calientes, porque mientras no se tomen medidas globales para la conservación de la especie, sólo serán fuegos de artificio.
Todos los apartados que voy a mencionar son importantes para la recuperación de nuestros ríos; a ustedes les corresponde ordenarlos por orden de prioridades.
a) Es necesario decidir si queremos ríos salmoneros o aguas, bravas o no, para que las piraguas campen por los ríos a su libre albedrío. La normativa, con todos los respetos para dichas empresas, debe ser restrictiva para que el impacto sobre la reproducción de los peces sea mínimo.
b) El tema del furtivismo, en plena campaña de pesca y cuando ésta se cierra, es otro de los asuntos fundamentales. Entre la desorbitada presión pesquera, la escasez de guardería con dedicación plena y el esfuerzo de no dejar un solo pez en los pozos por parte de los furtivos -ya conocen el dicho: «Si no lo saco yo va a hacerlo otro?»- no quedan salmones suficientes para que el desove natural garantice su sostenibilidad.
c) Como en cualquier otra especie, las condiciones para su reproducción son vitales para su supervivencia. Claro que mientras las depuradoras no entren en funcionamiento y afluentes como el Nora o el Gafo vayan a parar a los ríos salmoneros, no hay nada que hacer. Aguas residuales industriales, químicas, urbanas, purines? en cauces que, en ocasiones, no alcanzan el mínimo caudal ecológico, como muestran el Narcea y el Trubia, son letales. En el río Narcea, prácticamente, los salmones no tienen lugares apropiados para desovar; no olvidemos que de Mestas arriba no sube un solo ejemplar y los lugares óptimos de desove siempre fueron aguas muy por encima del pozo citado. ¿Para cuándo las escalas salmoneras en la presa de Calabazos? En el resto de los ríos las condiciones para un desarrollo de freza notable tampoco son mucho mejores.
d) La propuesta de la Federación de Concejos de volver a la normativa anterior porque la reducción de días de pesca recortará los ingresos en la zona es inadmisible: pan para hoy y hambre para mañana. Si los programas políticos se hicieran siempre con proyección de futuro, no para aliviar la economía de los pueblos ribereños en un plazo breve, verían que el porvenir venturoso pasa por salvar la especie: la pesca deportiva está subordinada a su conservación. Bastante demencial es que un mismo río, dependiendo de la autonomía que regule su orilla, tenga normas de pesca diferentes.
e) Es imprescindible que, cuanto antes, científicos y Universidad de Oviedo colaboren en un programa serio de recuperación de especies que, si ellos no lo remedian, se van a extinguir. Salmones, truchas, anguilas y lampreas están dando las últimas bocanadas. En el caso de los primeros culpamos, como principal factor a la pesca industrial en aguas marinas, que, no cabe duda, mermará sus posibilidades de retorno; pero ¿y a las otras tres especies mencionadas, qué les ocurre para que también desaparezcan? A lo mejor son consecuencias del cambio climático: el aumento de la temperatura del agua, las sequías extremas, la disminución de caudales y las nocivas radiaciones solares quizás están provocando la extinción de larvas. A ranas y sapos les ocurrió con el cambio climático tres cuartos de lo mismo, están desapareciendo en todo el mundo. Los altibajos de temperatura favorecen la aparición de un hongo que se relaciona con la desaparición de estos anfibios. Por eso decía que la comunidad científica es la que tiene la última palabra.
Tampoco podemos olvidar el cambio de la corriente del Golfo, que, con una profundidad de 100 metros y una anchura de más de 1.000 kilómetros, determina, entre otras muchas, la fauna y la flora marina de los lugares por los que pasa.
f) Es necesario que los pescadores, en estos momentos de vacas flacas, se conciencien del estado de los ríos; la población de peces se encuentra bajo mínimos y no queda más remedio que arrimar el hombro y asumir y colaborar con las nuevas normas de pesca dictadas por Belén Fernández, que, en este caso, fue valiente al promulgarlas: no se puede contentar a todo el mundo y, a la vez, poner remedio a los grandes males que asuelan nuestros ríos.
Aunque, ojalá me equivoque, mucho me temo que todo esto sean paños calientes y en años venideros haya que vedar los ríos por completo.