Vicente DÍAZ PEÑAS
Adentrarse en el Occidente de la región es casi siempre una aventura. Es una experiencia que no suele dejar indiferente. Y es que en esta amplia zona es donde se conserva la Asturias más profunda y rural. La más despoblada y recóndita. La más salvaje y desconocida. Por ello, cuando Alberto y Marta tuvieron la mínima ocasión de escapar de la ciudad, no dudaron en escoger el Occidente como lugar de descanso. Sería únicamente un día de viaje, pero merecería la pena. El recorrido, planeado sobre la marcha, les llevaría por parajes inolvidables salpicados de pueblos remotos y monumentos naturales. Una jornada de aproximación a las profundidades de Asturias.
El viaje de la pareja comenzó en Tineo, donde llegaron después de recorrer el corredor del Narcea. Una vez en la capital del concejo eligieron la carretera As-217 para llegar a Pola de Allande. Sin duda, el recorrido sería más lento pero también más enriquecedor. Nada más salir de la villa pronto aparecieron vastos bosques donde el eucalipto, por suerte, sigue sin causar demasiados estragos. La carretera serpenteaba entre pinos, castaños, robles y avellanos.
La primera parada del recorrido fue en el núcleo de Valentín. La pareja quería conocer uno de los monumentos naturales más interesantes de Tineo: el carbayón de Valentín. Se trata de uno de los robles más longevos y en mejor estado de conservación de Asturias. Hay escritos que ya hablan de él en la época del descubrimiento de América, así que no es de extrañar su majestuoso porte. Sus dieciséis metros de altura y sus diez de perímetro lo convierten en uno de los árboles más singulares de la región. Mientras Marta y Alberto intentaban abrazar al carbayón, llegó por allí un viajero sevillano algo despistado. Había estado haciendo una ruta por el monte y se había perdido. Entre los tres intentaron medir el viejo árbol, pero fue imposible.
Los protagonistas de esta historia dejaron el carbayón y regresaron a la carretera principal. Pronto encontraron un bar en el que entraron. A parte de tomar un refrigerio, querían conocer un poco más de cerca la vida en un pueblo. Varios vecinos calzando madreñas les dieron la bienvenida al local, que también hacía las veces de tienda y lugar de encuentro. La pareja tomó unos vinos, al igual que hacía el resto de parroquianos y continuaron con la ruta. Por delante quedaban más sorpresas y más lugares por conocer. Les hubiera gustado echar una partida de cartas en el bar, pero el tiempo apremiaba y el viaje debía continuar.
El día estaba bastante tormentoso y cada dos por tres caían fuertes chaparradas. Así que Alberto y Marta no tuvieron más remedio que seguir haciendo kilómetros mientras el coche les resguardaba de la lluvia. Pronto llegaron a Pola de Allande, desde donde subieron al puerto del Palo. La niebla reinante les impidió disfrutar de las panorámicas que ofrece la zona, así que no les quedó otra que bajar del alto en dirección a Grandas de Salime.
La siguiente parada no se hizo esperar. A pocos kilómetros del collado, la pareja dio con el pueblo allandés de Lago. Se apearon del coche y dieron un paseo por las calles para disfrutar de la arquitectura popular. De vez en cuando la lluvia arreciaba y tenían que atecharse bajo los hórreos de pizarra con pegoyos en forma de cono. Cuando remitía el aguacero, husmeaban entre molinos y casonas de piedra. Pero más allá de la arquitectura popular, lo que los viajeros buscaban era otro monumento natural: el tejo de Lago. Otro de esos árboles mágicos y longevos que sobresalen en el Occidente asturiano.
Llegar a este centenario tejo de nueve metros de alto les abrió el apetito. Así que regresaron a la carretera, donde habían echado el ojo a un bar restaurante. Pidieron un par de vinos y una tabla de embutidos de la zona. Cuando llegaron las viandas dieron buena cuenta de la tradición gastronómica del lugar: embutidos caseros en sus múltiples variedades. Un manjar que les recordó que aquí la matanza es más una obligación que una tradición. Ya con el buche lleno, continuaron con la ruta, que dio un giro inesperado.
La intención de los turistas era llegar hasta Grandas de Salime. De hecho estaban a tan solo veinte kilómetros del destino. Pero en Beducedo vieron un desvío bastante interesante que llevaba al Valledor, otro de esos lugares mágicos y recónditos que abundan en la región. No lo dudaron ni un momento y siguieron las indicaciones hacia San Martín del Valledor. Allí llegaron después de un rato conduciendo por carreteras cada vez más estrechas. Era como introducirse en un mundo anclado en el tiempo y alejado en el espacio.
San Salvador se les presentó como un pequeño y aislado pueblo rodeado de altas montañas. Colgado de un marcado valle, el caserío se agrupa en torno a la iglesia y la torre medieval. Llovía de lo lindo, así que la visita a este pueblo con un entorno natural privilegiado fue bastante corta y rápida. Se refugiaron de la tormenta bajo el pórtico de la iglesia y cuando escampó, regresaron al coche caminando entre antiguas casas de piedra. Antes de abandonar el pueblo, estuvieron charlando con una vecina que les comentó lo difícil que es vivir en esta zona. Aquella noche habían dormido en el pueblo tan sólo tres personas.
Desde San Martín, Alberto y Marta se dirigieron hacia San Salvador del Valledor siguiendo una carretera que a veces parecía un camino de cabras. De hecho, el paso de un rebaño caprino les detuvo durante unos instantes. Finalmente llegaron a San Salvador y aunque seguían en el concejo de Allande, les daba la sensación de estar fuera del mapa. El pueblo, más grande que San Martín, pronto les cautivó con su arquitectura popular. Hórreos y casas tradicionales se mezclaban entre las caleyas de tierra. Se sentía el ambiente rural. Había panoyas de maíz colgadas en los corredores de madera y muchas vides adornando las casas y haciendo sotechados naturales.
La visita estaba mereciendo la pena, pero la lluvia se lo estaba poniendo difícil a los visitantes. Las tormentas cada vez eran más intensas y continuas, así que se vieron obligados a volver al coche antes de coger una pulmonía. No les quedaba otra que seguir con la ruta en coche.
Desde San Salvador del Valledor pensaron en regresar a Berducedo por donde habían venido. Pero el camino era tan largo que finalmente tuvieron que tomar otra alternativa. Era como si vivieran en persona el aislamiento que sufren estos pueblos. Acabaron saliendo del Valledor por una carretera más que local que los condujo directamente hasta el Pozo de las Mujeres Muertas. Eso sí, se tuvieron que armar de valor para circular por este sinuoso y aéreo vial que les ofreció imborrables panorámicas de pueblos como Villalaín.
La ruta que siguió la pareja continua hasta San Antolín de Ibias. Y desde allí se adentraron en la vecina comunidad de Galicia. De camino, repasaban los lugares que habían conocido aquella jornada y los valoraron. No solo habían desconectado del bullicio de la ciudad. También habían descubrieron una Asturias arraigada y repleta de tradiciones. Una Asturias que todavía palpita en el Occidente asturiano a pesar de la despoblación del medio rural. Aquella noche, Marta y Alberto acabaron celebrando la fiesta de la empanada en As Nogais, Lugo. Pero esto ya es otra historia.