TADEUZS MALINOWSKI
Era la mañana del 14 de junio de 1941 en Wilno, ciudad cedida por Stalin a la recién estrenada República Socialista de Lituania, ocupada y vigilada por el ejército y policía política rusos, NKVD (más tarde KGB), y el rublo había sustituido al lito.
Papá y yo nos encontrábamos en una pequeña habitación, sentados en los taburetes bajos propios de los artesanos del calzado en aquella época.
El dueño de la casa era profesor de Anatomía de la Universidad de Wilno, por entonces clausurada, cuyo personal docente tuvo que buscarse la vida por otros medios.
Witold Sylwanowicz, que así se llamaba el profesor, aprovechó su aprendizaje del oficio de zapatero, realizado veinte años antes mientras estudiaba Medicina y que, dadas las vicisitudes de la Revolución Bolchevique, le permitió mantener a su madre y a sus cinco hermanos menores en condiciones de un relativo bienestar. A este noble oficio volvería, entonces, durante la Segunda Guerra Mundial. Terminada la guerra en 1945 y desplazada la población, siguió enseñando en la Universidad de Toruñ, donde recaló la gran parte del profesorado polaco de Wilno.
Era un hombre generoso. Como le sobraba trabajo, enseñó este arte a mi padre y, algo más tarde, también a mí. Nuestra clientela se reclutaba mayoritariamente de entre el personal docente y sus amistades, de modo que el taller se volvió un verdadero centro de información confidencial, característica de situaciones anómalas como aquella. Entre otras cosas, se comentaba que los ferroviarios acomodaban trenes de mercancía para transporte humano. Se hacían conjeturas: ¿a quién estarían destinados?
Sabíamos que los soviéticos deportaban en masa a Siberia a la gente de aquella parte de Polonia que correspondió a la URSS en virtud del pacto germano-soviético firmado por Ribbentrop y Molotov en agosto de 1939, pero Wilno, como dijimos, ya no pertenecía a Polonia. Como había rumores de que Hitler atacaría a Rusia, se pensaba que aquellos trenes iban a servir para la evacuación de las familias de los militares rusos.
Seguramente hablábamos aquella mañana de otras cosas cuando llegó mi hermana con la noticia de que los efectivos de NKVD, uniformados y armados, mantenían retenida en casa a nuestra madre y preguntaban por papá.
La noticia cayó como una bomba. Todo se volvió claro. No tardaron en llegar más testimonios parecidos: ¡las deportaciones!
Yo salí disparado para ver qué pasaba en casa. Dos militares me aseguraron que sólo habían venido a por mi padre. Me permitieron salir a buscarlo. Cogí la bici y regresé al taller de inmediato.
Unas consultas, unos consejos y la decisión de mi papá: «No dejaré a mamá sola; sola no sobrevivirá». Yo tomé la misma determinación. Aprovechando la bicicleta, visité a toda nuestra gran familia para despedirnos. Una de mis primas quiso convencerme de que me quedara. Sin creer en mis propias palabras, le contesté: «Es posible que desde Siberia sea más fácil llegar al mundo libre». También me despedí de mi confesor, capellán de estudiantes, futuro obispo de Plock.
Atardecía cuando volví a casa. Allí esperaba un camión verde, con mi mamá y mi hermana sentadas encima de maletas y bultos. Subí a casa: papá se alegró al verme porque retrasaba con este fin la confección del inventario de cosas que cedía a mi tía Jadwiga, su hermana. Ella era la esposa de un catedrático de Astrofísica, Wladyslaw Dziewulski, con cuyo nombre sería bautizado un lugar en la cara invisible de la Luna cuando, años más tarde, recuperó la cátedra de Astronomía, en la ciudad natal de Copérnico, además.
Era de noche cuando el camión arrancó camino a la estación. Últimas vistas de la ciudad: el Monte de las Tres Cruces, obra escultórica de mi tío arquitecto, Antoni Wiwulski; las columnas neoclásicas de la Catedral; todos los sitios importantes iluminados, grabados en mi memoria junto a un sentimiento difícil de verter en palabras.
Nos indicaron el vagón, en el que ya había algunas personas. Metimos los bultos. Era el típico vagón para el transporte de ganado: cuatro pequeñas ventanitas al ras del techo, cruzadas con tablas clavadas desde fuera. El ancho portón abierto en el centro del vagón. El opuesto se hallaba cerrado, con un canalón de dos tablas en «V» para evacuar aguas menores. En otros dos tercios del vagón, a lo largo y a lo ancho, había dos tarimas de madera, una a poca altura del suelo, debajo de la cual metimos las maletas, y la otra entre la primera y el techo, para sentarse o recostarse. En una de las altas nos ubicamos los cuatro, al lado de una joven pareja.
Cuando el vagón se llenó, el portón por el cual entramos fue cerrado desde fuera; no se abriría durante las primeras cuatro jornadas de viaje. El lector se preguntará cómo nos arreglábamos con la higiene. No sé que hacían en otros vagones, pero nosotros tuvimos suerte. Nos tocó compartir el sitio con una madre de cinco hijos, el mayor de unos 14 años y la menor de tres, a la que acompañaba la abuela de 82 años y la suegra de 78. La madre traía un orinal. Ya el primer día de viaje, logramos romper el cierre de una de las ventanitas para vaciar el orinal, que servía para todos. Una vez alejados de la frontera, abrían un portón y aprovechábamos las paradas para hacer nuestras necesidades a campo abierto.