GERARDO LOMBARDERO
Marino Gómez Santos, escritor asturiano exiliado en Madrid, como a él le gusta destacar, ha publicado con patrocinio del Ayuntamiento de esta ciudad y con prólogo del general Sabino Fernández Campo un libro de memorias cuyo título, inspirado en la famosísima obra de Marcel Proust, es el de «En busca de mi Oviedo perdido». Me permito recomendar su lectura a todo ovetense que, por lo menos, haya cumplido setenta años y haya pasado su juventud alrededor del extinto café Peñalba cultivando con empeño la amistad de sus habituales e ilustres clientes. También podría interesar a quienes, hace medio siglo, compraban sus corbatas en la desaparecida Casa Montes. De no reunir ninguna de esas condiciones bien puede el ovetense setentón destinar los veinticinco euros que cuesta el libro a otros menesteres.
Debo confesar, sin embargo, que yo, aunque pocas veces haya tomado café en el Peñalba y nunca haya comprado corbatas en Casa Montes, he leído con interés el libro de Marino, libro que además de estar bien escrito relata infinidad de anécdotas y retrata decenas de personas a la mayoría de las cuales conocí y a muchas traté. Claro que, como le pasa a todos los retratistas, unas fotos le salen bien y otras son pura chapuza; entre estas últimas está la del poeta Ángel González, al que Marino conoció, pero no trató.
Mas ya se sabe que el mejor escribano echa un borrón, y si en el libro existe algún dato equivocado, como afirmar que el Teatro Campoamor fue incendiado durante la guerra civil, figuran otros que restituyen la verdad; así al adjudicar a Paco Sousa la paternidad de la fiesta que luego se llamó Día de América en Asturias, con su desfile de carrozas, pues Paco Sousa había trabajado durante años como lector en una fábrica de tabacos en Tampa (Florida, USA) donde era frecuente tal tipo de espectáculos.
Que Marino Gómez Santos haya sido el eje o al menos participado activamente en tantas situaciones clave como relata, es creíble o no; él mismo nos autoriza a ser escépticos cuando en la página 40 y refiriéndose a la vida ovetense en su primera infancia, dice textualmente: «Para los lectores incrédulos... no tengo más respuesta que mi palabra de honor». Y si tomáramos en serio esta solemne declaración llegaríamos a sospechar que el honor de Marino está por los suelos, porque no es cierto, como él afirma, que «en los años de la República resultaba peligroso andar por Oviedo» y que por ese motivo sus padres le enviaron al colegio de párvulos de una tal doña Ángeles. En aquellos años republicanos yo vivía en el barrio de Los Económicos (entre Pumarín y la cárcel) e iba a la escuela de la calle Quintana, lo que quiere decir que atravesaba la ciudad cuatro veces al día y nunca tuve la sensación de correr peligro alguno ni presencié actos que me causaran temor. Tampoco es cierto lo que dice acerca de que «una mañana en que iba con mi padre por la calle de Uría, nos libramos de una lluvia de ladrillos, lanzados desde el andamio de una casa en construcción, contra los «señoritos» que estaban sentados en el Paseo de los Álamos». Eso es pura leyenda inventada por quienes con esas falsedades querían justificar la sublevación militar que nos llevó a la guerra civil y a sus trágicas consecuencias.
Y sin embargo no creo que Marino, cuando relata estas cosas, esté mintiendo deliberadamente, sino que está repitiendo lo que oyó lo niño en su asa y en su entorno, y lo oyó con tanta frecuencia que llegó a creer que lo había vivido, cosa normal en las mentes infantiles. Él había nacido en octubre de 1930 y pretende decirnos como era la vida de los ovetenses cuando él tenía dos, tres, cuatro y cinco años. Incluso asegura que «en aquella situación de España, el deporte resultaba impensable por la falta de libertad». Según ese criterio la libertad habría llegado a España con la dictadura del general Franco.
¿Verdad que parece que es como para echarse a reír? Pues no, es como para ponerse a llorar. Porque la vituperada república, en los cinco años que van desde el 14 de abril de 1931 a igual fecha de 1936, fue una de las épocas más felices e ilusionadas que ha vivido el pueblo español -en Asturias padecimos el lamentable paréntesis de la revolución del treinta y cuatro-; años en los que no sólo se pudo practicar deporte sino que se organizó una Olimpiada Popular, y la literatura, las artes y las ciencias brillaron de tal manera que oscurecieron lo realizado en muchas décadas anteriores.
Desgraciadamente la intoxicación histórica llevada a cabo en los casi cuarenta años de dictadura franquista ha distorsionado en la mente de Marino algunas páginas de nuestro pasado. No ha sido el único en padecer ese mal. Incluso el prologuista del libro, que dice haber revisado el original antes de su publicación, parece no haber reparado en los desaciertos que nos hemos permitido señalar. ¿Tendrá, también, distorsionada la visión de la Historia?