La Filología Románica en la Universidad de Oviedo: más de medio siglo de historia

La titulación se implanta en 1939, aunque en Asturias la licenciatura llegará décadas después y con un único catedrático, Juan Uría Ríu, que además lo era de Historia

 
La Filología Románica en la Universidad de Oviedo: más de medio siglo de historia
La Filología Románica en la Universidad de Oviedo: más de medio siglo de historia  
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XUAN CARLOS BUSTO El abandono del latín como lengua universitaria corrió parejo a un creciente interés por las lenguas romances. En España esto se patentiza con el plan Pidal, que en 1845 integra los antiguos estudios de Artes de Oviedo en la nueva Facultad de Filosofía, que ofrecía un período elemental o Bachillerato y otro de Ampliación, éste con una sección de Letras junto a otra de Ciencias, de la que se separaría en 1857, cuando, con la ley Moyano, nace la Facultad de Filosofía y Letras. La recién creada Facultad hubo de vivir por esos años una existencia muy precaria (pues se limitaba a impartir un curso preparatorio con una asignatura de Filosofía, otra de Lengua y Literatura españolas y otra de Historia de España, para acceder a los estudios de la Facultad de Derecho o a los de otras universidades), llegando a desaparecer entre 1867 y 1884, como revelan sus datos de matrícula. El atraso cultural de España explica que por estos años la filología románica y las lenguas romances extranjeras estuviesen ausentes de las universidades españolas (no así, por ejemplo, de las alemanas). La necesaria renovación de los programas se producirá merced, en gran medida, al magisterio de la Escuela Superior de Diplomática de Madrid (1854-1874). En Oviedo esta renovación estuvo a punto de darse en 1855 con el nombramiento del romanista Antoni Rubió i Lluch como catedrático de Literatura General y Española; pero su marcha inmediata a la Universidad de Barcelona lo malogró. Tampoco tuvieron continuidad las lecciones de «Lenguas francesa, inglesa y alemana» dadas por Julián Orbón en esta Universidad en torno al año 1884.


En estos últimos años del XIX y primeros del XX, la única lengua romance que, aparte de la castellana, tenga alguna acogida en la Universidad de Oviedo será, por razones evidentes, el asturiano. Y no nos referimos al uso literario que el bable tuvo entre figuras notables de esta Universidad como Justo Álvarez Amandi (decano en 1897 de la Facultad de Filosofía y Letras), Benito Canella Meana (secretario de la Universidad y padre del que fuera rector y estudioso del asturiano Fermín Canella) o Félix Aramburu (rector entre 1886 y 1894), sino a la enseñanza de su materia (especialmente la literaria) que se produce a través de ese instrumento tan fecundo que fue la Extensión Universitaria, donde se dieron lecciones de «Poesía bable» (por el poeta José Quevedo) en el curso 1903-1904, tema sobre el que años más tarde (en 1922) departiría otro de sus profesores, Benito A. Buylla. En realidad el interés por la literatura bable nunca había estado ausente de nuestras aulas, como muestran los certámenes poéticos celebrados entre 1871 y 1907, en los que siempre la poesía en asturiano obtuvo galardón (así, por ejemplo, en el homenaje que la Universidad de Oviedo dispensó en 1881 a Calderón en su tercer centenario o en las celebraciones de 1907 para el III Centenario de la Universidad de Oviedo).


Los contenidos romanísticos y la enseñanza reglada de una lengua románica extranjera no aparecerán hasta 1939, cuando nace la titulación de Licenciado en Filosofía y Letras, que al año siguiente crea la sección de Filología Románica. La filología románica estaba integrada con la española y la francesa, pues sólo a partir de 1965 se crean dos subsecciones, una de Español y otra de Francés. La licenciatura disponía en aquellos primeros años de un único catedrático, que no lo era de filología sino de Historia de España: Juan Uría Ríu. Los Cursos de Verano, creados en los años cuarenta por el rector Gendín, atraerán también a Oviedo, aunque fugazmente, a importantes intelectuales como Marañón y Menéndez Pidal.


Como ya ocurriera en el siglo anterior, Oviedo era para muchos flamantes catedráticos un destino al que ni siquiera se llegaban a incorporar (casos como los de Rafael de Balbín Lucas o Felipe Mateu Llopis), y sólo unos pocos maestros, pero de singular altura intelectual, como Antonio Floriano Cumbreño (catedrático de Paleografía desde 1944) o Emilio Alarcos Llorach (de Gramática Histórica desde 1950) ejercerán una labor dilatada y podrán llegar a crear escuela.


La primera cátedra de Filología Románica fue ocupada entre 1957 y 1961 por José Luis Pensado. De este modo, la Universidad asturiana podía enorgullecerse de contar con uno de los cuatro catedráticos que había en España en 1958: Dámaso Alonso, en la Complutense de Madrid; Alonso Zamora Vicente, en la de Salamanca, y Álvaro Galmés de Fuentes, en la de La Laguna. La marcha de Pensado a Salamanca hizo que varios profesores (Manuel Moya, José Manuel González, Josefina Martínez y Rutilio Martínez-Otero) se ocupasen de forma interina de sus clases hasta la llegada de un nuevo catedrático.


Tras su paso por la Universidad de Tenerife y después de varios años en la de Múnich, Álvaro Galmés de Fuentes se incorpora durante el curso 1964-65 a la cátedra de Filología Románica de Oviedo, donde ejercerá veintitrés años de fecundo magisterio, que aún podrá continuar en la Universidad Complutense (en la cátedra que ocupara Ramón Menéndez Pidal) hasta su muerte, ocurrida en 2003. En Oviedo Galmés llevó a cabo una intensa actividad que pronto contó con el apoyo de nuevos profesores adjuntos y ayudantes: José Ramón Fernández, a partir de 1966; Antonio Vespertino Rodríguez, desde 1968; Ana María Cano, desde 1972; Mercedes Sánchez Álvarez, y otros más que acabarían eligiendo otros destinos.


La proyección lograda por los estudios románicos fue reconocida con la creación de otra cátedra en 1982, ocupada por el profesor José Ramón Fernández. Su interés, dentro de una amplia formación romanística, por el occitano (de larga tradición de estudio, ya antes de 1966, con el profesor Hans Reinhardt) iniciaba una vía de especialización, necesaria en nuestros estudios, que otros romanistas habrían de seguir en el futuro. Así, la lengua italiana, que en la actualidad es área de conocimiento independiente y que, merced al incremento de sus asignaturas en los anteriores planes de Filología Románica, ha visto también aumentar el número de sus profesores. Por su parte, los estudios portugueses nacen en esta Universidad a partir de la reforma del plan de 1976, y es ahora también área autónoma de Filología Gallega y Portuguesa. El camino seguido por estas dos áreas es paralelo al recorrido por los profesores de Filología Francesa, que ya era una especialidad aparte desde el plan de 1976, y que en 1978 se desgajará de Románicas creando un departamento propio de Lengua y Literatura Francesas y una licenciatura.


El traslado de Galmés a Madrid supuso perder a uno de los máximos representantes de la Filología Románica en nuestra región, pero su cátedra fue continuada (desde 1989) por su más cercano discípulo, Antonio Vespertino Rodríguez, quien mantiene la llama viva de los estudios aljamiado-moriscos, materia de gran proyección internacional para nuestra Universidad. El paso del área de Árabe al departamento de Filología Española en 2003, aun siendo una grave pérdida para el departamento, trajo, sin embargo, en estos últimos años, importantes logros, fruto de la colaboración entre las áreas de Lengua Española, Estudios Árabes y Filología Románica, de donde nace el grupo de investigación «Seminario de Filología Árabo-Románica». La enseñanza del árabe comienza en nuestra Facultad en los años cincuenta y, aunque es demandada ampliamente por nuestros alumnos, se verá bastante mermada en el diseño de los futuros planes, y aún se le niega una mínima presencia (como asignatura de seis créditos) entre los 1.200 créditos de que dispone la Facultad de Filología para organizar sus planes.


La creación en 1999 de una tercera cátedra de Filología Románica venía a reconocer los trabajos filológicos de Ana María Cano y daba un impulso a la filología asturiana que, desde 1984, forma parte de nuestros planes de estudios. Fuera de estos planes, en 1993 se ponía en marcha, con el esfuerzo de algunos profesores del departamento de Clásicas y Románicas y del de Hispánicas, el título propio de Experto y también el de Especialista en Filología Asturiana. Toda esta tradición docente e investigadora confluye ahora en la creación del Minor de Asturiano en el futuro plan de estudios, en cuya docencia se han implicado conjuntamente profesores de hispánicas y de románicas. Y ello es resultado del dilatado y profundo interés que aquí ha habido por el estudio de las lenguas y literaturas románicas minorizadas (en asturiano, catalán y occitano principalmente). Éstas han tenido cabida en el nuevo grado en Estudios Clásicos y Románicos, donde las enseñanzas de lengua catalana y del occitano, amenazadas también de desaparición en los nuevos planes de estudios, han hallado acomodo. Los futuros alumnos de románicas habrán de combinar sus estudios en lenguas romances (asturiano, francés, italiano y portugués) que proporcionan los minores correspondientes, con el nuevo Maior romanístico. Asimismo los alumnos que elijan el nuevo grado de Lenguas Modernas podrán incorporar al estudio de dos lenguas romances los conocimientos comparativos y generalistas que ofrecerá el Minor de Estudios Románicos. A pesar de que en nuestra Universidad, a diferencia de las del resto de España (salvo la de Barcelona), los estudios de románicas no se han incluido en el grado de Lenguas Modernas, este nuevo grado no ha renunciado a ofrecer asignaturas de tipo general, afines con los contenidos romanísticos, como las de «Introducción a la Cultura europea». En definitiva, potenciando los estudios de latín, fundamentales en nuestra disciplina, y complementando la formación en las lenguas modernas del ámbito románico, el nuevo Maior de Estudios Románicos se ha concebido «como un estudio integrador, a través, principalmente, de la filología, de toda la Cultura Europea y Occidental, desde sus orígenes hasta la actualidad, a través de una visión esencialmente transversal y comparatista».

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