Bernardo Terrero, el Marquesito de Oro

Hacendado quirosano, amasó una gran fortuna cuyo origen tuvo tintes legendarios que la relacionaban con el hallazgo de un gran tesoro

 17:20  

ROBERTO F. OSORIO Villamarcel (Quirós)

El dorado brillo del oro y las riquezas y botines escondidos siempre han sido un gran foco de atracción para los hombres. Los estómagos vacíos y las mentes fantasiosas siempre se alimentaron de cuentos y leyendas sobre monedas y joyas en abundancia. La imaginación aportaba una gran ración de falsas verdades que llegaban a ser dogma de fe para los ansiosos de oro y riquezas. Había que creer para poder ver. Todo ello se mezcla en la historia de un hacendado quirosano, Bernardo Terrero.

El día 26 de septiembre de 1889, hace ciento veinte años, era enterrado en Nimbra uno de los hombres mas ricos, poderosos y enigmáticos de Asturias. Un rico terrateniente rural, modesto y aldeano, que vivió con discreción amasando una gran fortuna en oro y fincas. Después de más de un siglo su historia perdura viva en las conversaciones de la mayoría de los vecinos del concejo y de otros limítrofes.

El origen de su gran riqueza parece ser, según una leyenda popular, una gran «chalga» que encontró un criado en la zona de Gordón, en el puerto de Villamarcel. Allí, una vaca acostada en un prado se levantó con un extraño color en su cuerpo. Excavaron el lugar y se encontró un gran tesoro. Esta creencia fue muy difundida en muchos sitios de Asturias, y sobre todo en Quirós, por los grandes patrimonios para justificar su origen. Otro rumor popular habla de un galeón proveniente de América que venía cargado de oro. Un ancestro de Bernardo Terrero junto con otros habrían sustraído dicho cargamento, parte del cual se escondió en una cueva en la zona de Remichares, cerca de Nimbra. Después ya compraron casa en Villamarcel y sigue la historia.

El verdadero origen del patrimonio viene de las herencias, según atestiguan documentos del Museo Etnográfico de Quirós. Allí aparecen testamentos de su padre, abuelo y bisabuelo que legaban ya grandes cantidades de reales y fincas. La leyenda muere, así, aplastada por un gran legado en documentos.

Bernardo Terrero fue incrementando los predios rurales sin cesar hasta llegar a tener propiedades en todos los pueblos del concejo, pero también en otros municipios asturianos, leoneses, en Burgos y Santander.

Otorgó favores y concedió préstamos. Controlaba los alistamientos para el Ejército. Muchos quirosanos obtuvieron buenos destinos o se libraron gracias al dinero que les prestó el hacendado de Villamarcel. Eran aquellos tiempos en que se redimía el servicio militar pagando o sustituyendo por otro mozo. Alimentó a familias y pueblos. Vivía de la tierra. Más de 25.000 duros en rentas al año. Sus posesiones llegaban a Madrid. Se decía que podía ir a la capital y dormir siempre en una de sus propiedades. Su poder económico y político era inmenso. Su palacio constituía un foco de atracción para los ladrones, que en varias ocasiones intentaron entrar. En una de ellas se marcharon con las caballerías cargadas de doradas monedas y joyas, aunque según don Bernardo, «gracias que no dieron con el principal». La instalación de unos altos hornos y las minas de carbón le trajeron algún quebradero de cabeza. No se opuso radicalmente, pero tampoco le beneficiaban, pues los aldeanos ya podían ganarse el jornal y no necesitaban sus préstamos.

Su discreción y modestia rayaban el extremo. Vestía como uno de sus vecinos. La boina, las madreñas o la pana eran su indumentaria aun cuando acudía a Oviedo. Su vestimenta inducía a equívocos, hay multitud de anécdotas sobre ello. Un vinatero nuevo solicitó ayuda a un criado que estaba en la casa. Probaron el vino a escondidas y cuál no sería su sorpresa cuando le hizo llamar el señor, resultando ser éste el que creía era un criado. Pero sin duda la confusión más grave fue con ocasión de la subasta de los terrenos del monasterio de La Vega en Oviedo. Acudieron a dicho acto muchos potentados para hacerse con la propiedad, entre ellos un aldeano discreto y callado. Cuando don Bernardo vio que la puja iba a finalizar, alzó la voz para elevar la cantidad. Los demás subasteros lo tomaron por loco, pues su indumentaria no era muy propia para la ocasión. Se acercó el quirosano y ofreció pagar el precio en oro, plata o cobre. Dejó estupefactos a todos los concurrentes. Luego, en un alarde de orgullo, regaló la finca al Estado. Según una carta firmada por el propio Bernardo, parece ser que fue acusado de ayudar a la causa carlista y condenado a la requisa de todos sus bienes y su destierro. Pero, como refleja la misiva, al final lo arregló «con mi amigo el ministro de la Guerra», por ese motivo entregó los terrenos de Oviedo que fueron destinados a una fábrica de armas. Favor por favor.

Nació y murió en Villamarcel (1806-1889). Fue caballero de la Real Maestranza de Caballería de Zaragoza y ocupó cargos de vicepresidente, consejero, vocal y diputado en el Consejo Provincial. Muere soltero, pues su madre no le deja casarse con una muchacha pobre del pueblo de Veiga. Sin descendencia, su incalculable fortuna fue repartida entre mayordomos, criados y el albacea, que se llevó la mayor parte de los bienes. Cuentan que la noche de su muerte los criados bajaron con una caravana de mulas cargadas de oro hacia Bárzana.

Sus dos testamentos, uno abierto y otro cerrado, otorgados en 1885-89, dan pistas de sus propiedades en Quirós, Lena, Carreño, Grado, León. Los tres curas que oficiaron su funeral se llevaron 6.000 reales, además de dar de comer a todos los asistentes al oficio. Era una costumbre muy arraigada en el concejo que se diera de comer a los asistentes a un funeral. Dejó mil misas pagadas a dos pesetas cada una.

Reparte a sus ahijados, sobrina, criados y otras personas más de 60.000 pesetas. Además, dona objetos y bienes a colonos y ganaderos. A un herrero le deja en herencia la fragua en la que trabajaba. Una escribanía de plata a un abogado consultor. Los más beneficiados fueron los que tenían vacas «a comuña», una figura de préstamo que consistía en dar una vaca a un ganadero repartiendo las ganancias de las crías a porcentaje. Estos obtuvieron de Terrero la propiedad de esos animales prestados, e incluso permitió a otros pobres escoger animales de la propia cabaña de don Bernardo. Caseríos íntegros y prados pasaron a manos de los colonos que los llevaban. Condona deudas y deja el encargo de una compra de 15.000 pesetas en maíz para los pobres del concejo si la cosecha es mala.

Sin embargo, el grueso de sus bienes se los lleva Manuel Nieto, albacea y tutor patrimonial de Terrero, que obtiene más de cuatro millones de pesetas en bienes y propiedades, como Cueva Palacios, en los puertos de Agüeria, o el coto de Lindes (Quirós) (en 20 años no se alteraría la renta si celebraban los colonos una misa en el aniversario), la Quinta del Obispo y Los Arenales en Oviedo, además de casas en la propia capital. Manuel Nieto era hijo del escribiente de Terrero, Bernardo. Fue presidente de la Diputación Provincial después de heredar la fortuna. Pero también heredaron otros Nieto los bienes de Villamejín. Cuenta un viejo dicho quirosano que «Terrero no tenía hijos, pero heredaron los Nieto», en referencia a su albacea. Pero no sólo ellos, pues otros potentados de Quirós se llevaron parte de la tajada del patrimonio. Los Quintana se llevaron el Coto de Bueida que había comprado Terrero al Barón de Eroles. Los Miranda García-Sampedro de Ricabo obtuvieron numerosas fincas en el pueblo, pues eran administradores del rico de Villamarcel en las fincas de la zona. Los Viejo se llevaron propiedades en Arrojo. El pastel de reparto era tan cuantioso que dejo a muchos con buenos beneficios. Los antiguos rumores cuentan que Bernardo Terrero estuvo varios días muerto en casa para arreglar la distribución convenientemente. Se cuenta de condonación de deudas en el último momento para acallar bocas y tapar ojos. El dinero todo lo puede y todos los quieren. Ya lo decía Quevedo: «Poderoso caballero es Don Dinero».

Dejó también instituida una escuela de primera enseñanza para niños en su pueblo natal y en Villamejín (Proaza), con una renta de 5.000 pesetas anuales. La conversión de su reparto patrimonial en dinero actual equivaldría a varios cientos de millones de euros, teniendo en cuenta que un obrero ganaba en aquella época cuatro reales al día, algunos incluso trabajaban sólo por la comida.

El 26 de septiembre de 1889, la iglesia de San Vicente de Nimbra tenía el aforo completo. Nadie quería perderse el funeral con más boato que vivió el concejo en siglos. Bernardo Terrero Valdés Peón y Bolde de Leyva era el señor de Quirós, el hombre con más fincas y propiedades en el concejo, el 90 por ciento era suyo. Allí había ricos señores como todos los prohombres del concejo, familias adineradas como los Miranda, Quintana, Viejo. Políticos, no en vano estuvo en la Diputación regional en diversos cargos. Sacerdotes, cuentan las crónicas antiguas que hasta veinticinco sacerdotes estuvieron en Nimbra. Era un hombre religioso que apoyó a la Iglesia.

El edificio parroquial de Nimbra fue costeado con su patrimonio, sus rentas de un año. Tiene planta de basílica acorde con la relevancia de su mecenas. Cientos de colonos, arrendatarios y vecinos de todos los pueblos estaban presentes. Muchos tenían deudas con Terrero y otros debían favores de distinta índole. Con él desapareció el hombre y nació la leyenda sobre el destino y la ubicación de un tesoro dorado repartido en distintos lugares de su palacio. Comenzaron a aparecer monedas en dobles fondos de armarios o mesas. Monedas escondidas en paredes y suelos. No se respetó ni siquiera una columna que está sobre su tumba. La imaginación y la creencia de la existencia de ese gran tesoro alimentaron las mentes de muchos vecinos del propio pueblo, Villamarcel, y de otros.

Su caserón, abandonado por su señor, fue perdiendo su esplendor y prestancia. Pasó por varios dueños y arrendatarios, fue escuela y salón de baile para acabar reducido a un montón de ruinas. Sus paredes y suelos estaban horadados por doquier. Se buscaba el tesoro en cualquier estancia. Todo ello provocó su creciente ruina, hasta que el Ayuntamiento se vio obligado a derribar lo poco que quedaba, pues era un peligro para los vecinos. El día de su derribo los curiosos todavía esperaban ver aparecer esos cofres llenos de metales preciosos. Lo único que aparecieron fueron piedras y barro. Así murió la leyenda del tesoro de Terrero.

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