TADEUSZ MALINOWSKI
Durante la mayor parte de nuestro forzado viaje al Este creíamos que nuestro destino iba a ser algún lugar de Siberia. Es que estábamos muy familiarizados con este nombre que designa la región que desde mediados del XIX había sido meta penal de tantos patriotas y destino laboral de otros, a quienes ciertos cargos en la parte europea del imperio ruso les estaban vetados. Joseph Conrad Korzeniowski no habría llegado a constituir una gloria de las letras inglesas si sus mayores no hubieran sufrido el destierro ruso. Uno de mis tíos, por ejemplo, hijo de mi tía abuela, así como el marido de la hermana de aquélla, trabajaron en Siberia gran parte de sus vidas, uno de ellos hasta la misma revolución bolchevique.
Ese era el tío político de mi padre, W. Szokalski, que era inspector de Hacienda en la región de Tomsk. Presumía de controlar un territorio mayor que Francia. Cuando le tocaba salir de gira en invierno cocinaban en su casa suculentas sopas para él y para su cochero. Luego las vertían en unas palanganas que dejaban a la intemperie; una vez congeladas, las envolvían en papel y las guardaban debajo de la paja en la parte trasera del trineo.
En cambio mi tío y primo de mi papá, Ignacy Czerniewski, ingeniero de ferrocarriles, dirigió la construcción del trozo más difícil del Transiberiano, aquel que rodea el extremo sur del lago Baikal situado entre rocosas montañas de difícil acceso. Hasta entonces los trenes sólo llegaban hasta la orilla para, en verano, pasar a un enorme transbordador. En invierno lo tenían mucho más fácil: gracias a los rieles que se colocaban sobre el hielo, los trenes cruzaban el lago de corrido. Terminada aquella obra, el emir de Afganistán contrató a mi tío para construir el primer ferrocarril de aquel país. El soberano le pagaba los honorarios durante una audiencia a la que acudía su tesorero con una bandeja llena de saquitos con monedas de oro. El emir escogía entonces los que correspondían y los echaba a los pies de mi tío. En la Polonia de los años 20 y 30 del siglo pasado este tío mío fue director de ferrocarriles en Gdansk, Cracovia y Radom, sucesivamente.
Pero nuestro tren no había llegado a Irkutsk, ni siquiera a Tomsk, sino que pasado Novosibirsk torció a la derecha, al Sur, y nos descargó en Troitskoie en el país de los montes Altai.
Al mismo tiempo los ejércitos alemanes se adentraban profundamente en el territorio soviético de modo que Rusia necesitaba urgentemente sustanciosas ayudas. Para conseguirlas, Stalin tuvo que acceder a pactar con el Gobierno polaco en Londres, devolver la libertad a todos los polacos encarcelados y deportados así como facilitar la formación del ejército propio. El general W. Anders, a la sazón preso en la cárcel de Lubianka, en Moscú, fue nombrando jefe y encargado de organizar aquel ejército que finalmente se formó en Kazajstán, y fue trasladado entre principios de 1942 y mediados del siguiente vía mar Caspio a Oriente Medio. Junto con aquellos militares se lograron sacar de aquel paraíso numerosas familias, entre ellas mi madre y mi hermana, y centenares de niños cuyos padres murieron en Rusia.
Se equivocaría quien pensara que aquel acuerdo resolvía los problemas de supervivencia a presos y deportados. El sistema comunista basado en la colectivización, la burocratización estatal del comercio y la supresión total de la iniciativa privada, salvo minúsculos márgenes para un comercio libre, hizo que el uso de la libertad física casi equivaliera a la muerte por inanición, máxime en una economía de guerra. Los trabajadores comían generalmente en los comedores de los centros de trabajo y podían adquirir una cicatera dotación de alimentos para familiares que no trabajaban. Era imprescindible la inscripción al centro de trabajo para poder comprar pan y otros productos básicos. Sin embargo, tras la noticia de la liberación, los polacos no esperaron órdenes. Una vez conseguido el certificado de libertad, se precipitaban hacia el Sur: los hombres para alistarse en el ejército y los demás en pos de un mejor clima o por cualquier otro motivo, empujados por el instinto de supervivencia. Entre aquella avalancha de gente, quienes abandonaron los centros de Gulag del norte de la URSS, algunos con casi dos años de aquel suplicio a sus espaldas, destacaban por su aspecto y vestimenta.
También nosotros nos movimos y, ya de nuevo en la estación de Troitskoie, vimos pasar trenes repletos de polacos. Era octubre y de noche hacía mucho frío. Así aguantamos en el andén varias jornadas hasta que nos juntamos en cantidad suficiente para llenar un tren. Entonces, las autoridades soviéticas nos pusieron uno, esta vez de pasajeros, otra vez con destino desconocido, aunque ahora con ciertas esperanzas. Pero no adelantemos los acontecimientos. Aún para los efectos de estas estampas seguimos en la barraca del Sector Central.
Una sauna es a veces un buen sitio para conocer a la gente. En aquélla de la que disfrutamos en el Sector Central conocí a Kalesnichenko, un ejemplar humano de extraordinaria belleza. Uno setenta de estatura, ancho de hombros y con una colección de sensacionales nudos musculosos. Había sido campeón de lucha libre. Su consagración tuvo lugar en Odesa, donde se midió con el entonces campeón mundial, S. J. Cyganiewicz, un polaco, a quien apodaban Zbyszko I.
Kalesnichenko era un hombre abierto, franco, de mirada serena y amable sonrisa. Me contó algo de su vida. Llegó a la cumbre al ser nombrado director del Circo Nacional en Leningrado. No entendía mucho de números ni le importaban. Para eso estaban los profesionales y éstos supieron aprovecharse muy bien de la ingenua honestidad del director. Apareció un enorme desfalco y mi amigo, que no había tocado ni un penique, fue a la cárcel.
Sin embargo, no desfalleció. Todos los años elevaba una instancia al comisario del Interior insistiendo en su inocencia y en su lealtad. Al final, seguramente por buen comportamiento, la pena le fue conmutada por trabajos forzados en nuestro distrito.
Creo que fue en septiembre cuando nos convocaron a todos los trabajadores a una reunión reglamentaria en que el jefe del Sector Central y el director técnico de la zona ofrecieron una detallada cuenta de la gestión y de los resultados del ejercicio. Estaban presentes, además, un delegado de mayor jerarquía y algunos miembros electos, en una curiosa conjunción de férrea estructura piramidal con apariencias democráticas. Cada encargado de alguna actividad destacaba las óptimas condiciones de trabajo y el magnífico rendimiento, pese a la reciente escasez de mano de obra. Uno tras otro se sucedían, empleando términos elogiosos, casi aduladores, para referirse a los demás. Luego, de acuerdo con los reglamentos, fue abierto el coloquio.
Había pocos oradores, todos vinculados a responsabilidades sectoriales menores. Sus cortos discursos terminaban con alabanzas de la labor de sus superiores. Pero he aquí que también pidió la voz Kalesnichenko y expuso con palmaria claridad importantes fallos organizativos que ocasionaron grandes pérdidas de material y horas de trabajo. Consideraba necesario evitarlos en el futuro y señalaba modos de conseguirlo. Era tan flagrante el contraste de su intervención con las de los otros oradores, que me hizo sospechar que la de Kalesnichenko no correspondía exactamente a la usual ni la esperada.
En efecto, el director técnico, al retomar la palabra, trató de desmontar el discurso de Kalesnichenko con un tono de dulce advertencia, más o menos en los siguientes términos:
«Te agradecemos, camarada, tu preocupación para que las cosas vayan bien, las cuales, como has oído, se están mejorando constantemente. Más aún, están muy bien. Tú no eres técnico y por eso no puedes apreciar esas mejoras. Extralimitándote estás cometiendo una grave imprudencia. Piénsalo bien. Reconsidera. A lo mejor estás muy equivocado.»
Kalesnichenko volvió a subir al podio. Su tono de voz cambió bastante. Sin embargo, se ratificó en sus afirmaciones invocando el bien común y la obligación de señalar los fallos, insistiendo repetidamente en que hablaba con «sinceridad soviética».
Al finalizar, hubo elecciones para cubrir alguna vacante de aquellos cargos secundarios. Uno de los candidatos propuestos, un tal Zotov, único en el Sector Central con cierta formación en Letras, declinó el ofrecimiento del puesto alegando que cumplía condena por un crimen que le inhabilitaba, ya que ponía en entredicho su honorabilidad.
Disuelta la asamblea, la gente se dispersó extrañamente silenciosa pese a que no faltaba, a mi juicio, materia para sabrosos comentarios, incluso para discutir. Pero no se oyeron ni susurros mientras que por mi cabeza rondaba aquella extraña invocación a una supuesta «sinceridad soviética». ¿Lo decía acaso a modo del escudo contra una probable represalia?
Y así resultó, sin la menor duda, ya que un par de semanas más tarde, los agentes armados de NKVD -o sea, la policía política y social rebautizada más tarde como la famosa KGB- se lo llevaron de madrugada, junto con Voisov, otro sospechoso de inconformismo, y nunca más volvió a saberse de ellos.