Bustiello y Fabar, dos aldeas desconocidas de Proaza

Apenas quedan sesenta habitantes estables en los dos núcleos, que se asientan sobre terreno empinado, agotador para el caminante

 
Bustiello y Fabar, dos aldeas desconocidas de Proaza
Bustiello y Fabar, dos aldeas desconocidas de Proaza  

Alberto POLLEDO ARIAS



Preciosa la carretera que desde el pueblo de Las Ventas, en los confines sureños de Proaza y en los aledaños del concejo de Teverga, nos eleva vertiginosa sobre el cauce del río de mismo nombre, por su margen izquierda, en territorio de la parroquia de Traspeña. Vueltas y revueltas en un entorno mágico y enriscado en el que castaños, rebollos y avellanos se erigen dueños del paisaje y disimulan los tremendos desniveles que se desploman hasta el truchero curso de agua que comienza su andadura allá por los altos del puerto de Ventana. Muy pronto llegamos al desvío que tras algo más de un kilómetro nos traslada a Bustiello (670 m.), quizá, junto con Fabar, las aldeas más desconocidas y olvidadas de Proaza, a pesar del gran patrimonio etnográfico y arquitectónico que atesoran y las panorámicas geniales que despliegan.



Si dijéramos, literariamente hablando, que Bustiello se recuesta plácidamente en la ladera oriental de la sierra de Peña Padiella, mentiríamos, porque viviendas, hórreos, cuadras y ermita anclan sus cimientos en precario equilibrio y elevan sus chimeneas con tozudez y porfía de alzarse más alto que la vecina. Hacen falta buenos pulmones y mejores piernas para circular por un poblado eminentemente ganadero, repleto de frutales y diminutos huertos entre construcciones añejas, viviendas remozadas, hermosas, y, debajo de cada hórreo, huellas de un tiempo pasado: arados, corzas, carros, yugos y demás enseres dan fe de un pretérito duro y un porvenir dudoso para unas tierras que, si alguien no lo remedia, pronto quedarán yermas porque los pueblos, salvo los fines de semana, quedan desiertos. Notable diferencia con la población que la parroquia de Traspeña: Bustiello, Fabar y Santa María que, según el diccionario de Madoz publicado a mediados del siglo XIX, tenían entre los tres una población de 228 almas y la actual, con generosidad, no rebasa los sesenta habitantes.



Se escucha el resuello del caminante poco avezado a estos desniveles cuando se alcanza la pista que, por el camino de La Canal y, después de pasar por delante de la fuente con abrevadero de mismo nombre, nos lleva entre fuertes pendientes y algún descansillo por Valdemoro hasta los prados y cabañas de la Rellaneza.



Unas curvas más y la pista invierte su dirección hasta un cruce en el que debemos seguir por la izquierda, a media ladera de la sierra de La Piedra. El tanto por ciento de desnivel se dispara y la pista se sube a nuestras narices mientras llegamos a las cabañas de El Pandiellu, edificadas sobre el antiguo castro celta de Combo. Si durante todo el recorrido, y como siempre recomiendo a todos los montañeros, hay que detenerse de vez en cuando para deleitarse con el paisaje que vamos dejando a nuestras espaldas, con más razón si, como ahora, es sobresaliente. Por eso cuando llegamos al alto es obligado detenerse para comer un buen bocado y contemplar en todo su esplendor la sierra del Aramo, las Peñas de Turiezo, La Sobia, Peña Gradura y la Rebollosa; más al fondo, al sureste, montes de Lena y Aller, Peña Rueda... A nuestras espaldas observamos las grandes moles calizas que ocultan tierras de Marabio.



Proseguimos la ruta, todavía por pista, entre pastizales y cabañas hasta llegar a una que se asienta a la izquierda en un rellano. Finaliza el amplio camino y tomamos un sendero de ganado, bien marcado, ascendente, que nos lleva hasta un pequeño paso en el límite de la peña, que da vista a las amplias praderas del Fondón de Pandiella circundadas por Peña La Sala (1.226 m.), Pico El Cuervo (1.028 m.) y el Picu L'Oubiu (1.363 m.), lugares y cumbres que pueden ampliar nuestra excursión siempre que retornemos al lugar en que dimos vista a esta zona, para retornar a la vereda que circula en dirección a la peña, aunque en seguida se va alejando de ella, para evitar los incómodos pedregales y dirigirnos hacia unas matas de avellano que atraviesa el sendero. Nos recibe una cabaña derruida desde la que prosigue la senda que pasa junto a una fuente con abrevadero y finaliza en el conjunto precioso de cabañas y pastizales de la braña de El Cogollu.



Acabamos de caminar por una zona en la que abundan jabalíes y corzos, son abundantes las bañeras y huellas de los primeros y los rastros de los segundos. También es posible observar algún venado que, a juzgar por el estiércol y huellas que se ven, están colonizando este territorio. Es escasa la presencia de plantígrados aunque, en ocasiones, se localiza algún ejemplar de paso o alguna hembra con cría. El lobo es habitual por esta zona, aunque, al disponer de numerosas presas salvajes, no causa excesivos quebrantos a ganaderos y pastores que acompañan el ganado con grandes y vigilantes mastines que saludan nuestra visita con roncos y profundos ladridos, a veces desde la lejanía.



Pues desde una cabaña que se encuentra en la parte superior de las praderías del Cogollu parte el camino por el que tenemos que continuar, denominado como de La Braña. Camino de herradura bellísimo; a pesar de ser sombrío y en penoso estado de conservación, embarrado hasta no poder más; endiabladamente pendiente y de piedras lisas y resbaladizas, más aún cuando están mojadas, que nos lleva entre avellanos, rebollos, castaños, acebos y fresnos en la cercanía de las cabañas, acompañados del rumor de los regatos, el canto de los pájaros y, sobre todo, de ese sosiego hondo tan sólo roto por el vuelo de las torcaces y el paso sigiloso de corzos y jabalíes, hasta el pueblo de Fabar (500 m.), al que llegamos en poco más de media hora. Si decíamos que Bustiello era cuesto, Fabar no le va a la zaga, aquí también los edificios compiten entre sí por ver quién se asienta mejor y más alto sobre la vertiente oriental de Peña Gradura. Notable muestra etnográfica la que observamos mientras atravesamos el pueblo y llegamos a la carretera que, tras haber pasado al lado de la iglesia de San Pedro que se encuentra en las afueras, pone punto final a la excursión. Tan sólo tenemos que caminar durante algo más de kilómetro y medio para recoger el coche en el lugar de partida: Bustiello.



Como siempre digo, la duración del paseo que acabamos de efectuar, de dificultad media, siempre es relativo, aunque, para realizarlo sin prisa y disfrutando del entorno emplearemos alrededor de cinco horas.

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