Cuando se rompió el silencio sobre Clarín

n El libro sobre el autor de «La Regenta» escrito por Marino Gómez-Santos chocó con la pretensión de olvido del franquismo

 
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RODRIGO VÁZQUEZ DE PRADA Y GRANDE Hace ahora siete años, el escritor y periodista carbayón Marino Gómez-Santos (28-X-1930) sacaba a la luz pública una parte de sus ricas vivencias, «La memoria cruel». La obra mereció el elogio, entre otros, del profesor de Literatura de la Universidad de Salamanca y crítico literario Luis García Jambrina. De la obra, García Jambrina dijo, en «El País» (28 de septiembre de 2002), que estaba escrita «con nervio, viveza y agilidad» y de Marino Gómez-Santos, que es «uno de nuestros grandes biógrafos y cronistas contemporáneos» y que «pertenece a la mejor estirpe del periodismo español».


Las páginas de su «Memoria cruel» se iniciaban en los albores de los cincuenta, cuando llegó a Madrid llevando «bajo la gabardina, apretado como a un niño recién nacido, el libro que el doctor Marañón me había prologado». Ahora, Marino Gómez-Santos cierra, de momento, el ciclo de sus memorias, completando el arco temporal que comienza con sus primeros recuerdos y que discurren, exactamente, hasta aquel momento en el que uno de sus mentores, el doctor Plácido Álvarez-Buylla, le urgió a que abandonara Oviedo y se trasladase a la capital del país. Aquella recomendación de don Plácido, que siguió al pie de la letra y que no era, desde luego, la de un galeno a su paciente, sino la de un buen amigo y valedor, la escuchó Marino Gómez-Santos cuando, precisamente, acababa de ser editada su primera obra, «Clarín. Ensayo bio-bibliográfico».


Corría entonces el año 1952 y el libro, escrito siendo un veinteañero, era, en aquella oscura época de la dictadura franquista, una insólita obra, editaba por el Instituto de Estudios Asturianos con un espléndido prólogo del médico y humanista Gregorio Marañón, regresado del exilio en 1942.


Solamente por ella, Marino Gómez-Santos hubiera merecido un notable puesto en la historia de las letras españolas. Fue su primer libro, «una obra balbuciente en su conjunto», reconoce él mismo, y con él emprendió una dilatada y exitosa carrera intelectual. Pero, sobre todo, fue mucho más que la creación primeriza de un jovencísimo escritor e investigador literario.


En realidad, fue una de las primeras obras editadas después del golpe de Estado de Franco dedicada a la vida y a la obra del autor de «La Regenta», uno de nuestros mejores novelistas y críticos literarios de todos los tiempos, sometido en aquellos años a una feroz campaña y a una conspiración del silencio, promovida por las instancias más retrógradas del nacionalcatolicismo, que penetraban con sus auténticos libelos en las columnas de los periódicos ovetenses.


En 1945, José Francés, secretario perpetuo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y crítico de arte con el seudónimo de Silvio Lago, incluía en su «Madre Asturias» un «tributo a Clarín» con una recomendación realmente seria: «Bien haría Oviedo en reparar agravios injustos a la memoria excelsa de Clarín (?). De esta forma, la ciudad donde Clarín quiso vivir, escribir y morir se redima?».


Vetusta le hizo caso con mucha parquedad. En 1946, la Universidad de Oviedo editaba «Leopoldo Alas Clarín», del catedrático Adolfo Posada, su compañero de claustro y amigo inseparable, fallecido dos años antes. Esta obra de recuerdos de Clarín, que Posada completaría en los «Fragmentos de mis memorias», aparecida ya en 1983, era lo único que se había editado en Oviedo sobre Clarín en aquellos años.


Sin embargo, su osadía de investigar y escribir aquella obra sobre Leopoldo Alas, obra que, desde entonces, ocupa un destacado lugar entre los estudios clarinianos, fue la causa de que Marino Gómez-Santos dejara atrás a su familia, sus amigos y su ciudad natal, Oviedo, que, no deja de reconocerlo, «es todavía para mí lo que España fue para Neruda, según me confesó él mismo: una gran herida y un gran amor».


Entre ambos períodos, escribió un total de 56 obras. Todas ellas, excepto la primera, en Madrid, donde simultaneó el periodismo, primero en «Pueblo» y luego en «ABC» y otras publicaciones -fue premio «Julio Camba» en 2004-, con la literatura memorialista, que le llevó a convertirse en el biógrafo por excelencia de algunas de las personalidades más descollantes en la España del siglo XX, con las que trabó una gran amistad, lo que le permitió acceder a una muy valiosa documentación y recoger interesantes testimonios inéditos de primera mano.


Entre ese más de medio centenar de obras, destaca su monumental «Vida de Gregorio Marañón» (1971), un recorrido minucioso por la vida y la obra de quien, sin conocerlo, escribió el prólogo de su primer libro, y que le hizo merecedor del Premio Nacional de Literatura del año en que fue editado. Precisamente, utilizando para ello el valioso archivo epistolar del doctor Marañón, rescató en «Españoles sin fronteras» (1983) los años de exilio de siete intelectuales de fuste, el propio Marañón, Ortega y Gasset, Azorín, Baroja, Menéndez Pidal, Pérez de Ayala y Sánchez Albornoz. Porque, como señalaba el autor, «silenciosa, resignada, tristemente, desaparecieron por el negro escotillo del exilio los intelectuales que habían contribuido a la renovación cultural más trascendente de aquellos años». Sin embargo, «Españoles sin fronteras» es la cara y la cruz de aquel exilio, porque, a través de las cartas de aquellos «trasterrados», por utilizar el término acuñado por el filósofo José Luis Abellán, también se pone en evidencia el resquebrajamiento político e ideológico de todo aquel grupo que -con la vigorosa excepción del historiador Sánchez Albornoz, firme en sus principios hasta sus últimos días-, y después de haber sido algunos de ellos creadores de la Agrupación al Servicio de la República, terminó haciendo una renuncia de los valores republicanos y una aceptación vergonzante del régimen dictatorial de Franco.


Descuellan, asimismo, al lado de las anteriores, las consagradas a asturianos de primera línea, algunos de ellos de proyección universal, como el premio Nobel de Medicina, en 1959, el doctor Severo Ochoa Albornoz, cuyas investigaciones logró aproximar al lector gracias a un trabajo riguroso y a la comprensión que de sus intrincados descubrimientos le permitió una actividad periodística realizada durante muchos años en publicaciones especializadas del campo científico y médico.


Sus ocho libros sobre él -el primero de ellos, «Severo Ochoa, la pasión de descubrir», editado en 1989- son el fruto más acabado de un trabajo intenso a lo largo de treinta años de relación profesional y de una gran amistad con el bioquímico luarqués, que le distinguió designándole secretario general de la Fundación que lleva su nombre y albacea testamentario, expresiones ambas de la plena confianza que Ochoa depositó en él y que algunos, de indudable altura científica y, sin embargo, quizá de escasa alzada humana, no han acabado de asimilar.


Y ese bagaje le permitió también acometer con éxito la biografía de otro gran bioquímico astur, amigo del anterior desde sus años en la modélica y emblemática Residencia de Estudiantes: el doctor, murense por línea paterna y colungués por línea materna, Francisco Grande Covián, «Pachu Grande», para su condiscípulo, uno de los grandes expertos internacionales en nutrición del que este año se celebra su centenario. Su obra «Francisco Grande Covián. El arte y la ciencia de la nutrición» (1991) acerca también al lector a las interesantes investigaciones de un científico especialmente culto, expulsado durante diez años de las aulas universitarias españolas, por su estrecha relación con el doctor Negrín y por su permanencia en el Madrid asediado por las tropas franquistas llevando a cabo las investigaciones necesarias para combatir la desnutrición de la población en aquel trágico período.


En sus trabajos sobre los dos científicos, que encontraron en los EE UU el apoyo y los medios que aquí se les negaban, Marino Gómez-Santos subraya la importancia de ser ambos bioquímicos discípulos predilectos del doctor Negrín, catedrático de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid: una de las personalidades científicas más relevantes de los años veinte y treinta y «maestro de una escuela de investigadores de renombre y prestigio internacionales», tal como subrayan el historiador ovetense Enrique Moradiellos y el hispanista Gabriel Jackson en sus obras sobre el último presidente de la II República española, al que ahora, al fin, se comienza a rehabilitar.


Junto a éstas destaca la biografía de Sebastián Miranda -«El tiempo de Sebastián Miranda. Una España insólita» (1986)-, el autor del bellísimo «Retablo del mar», amigo del diputado socialista ovetense Teodomiro Menéndez y de los también carbayones Ramón Pérez de Ayala y Guillermo Guisasola, junto a Ortega y Gasset, Marañón y el torero Juan Belmonte, entre otros, y destinatario de las «Cartas a un escultor» del socialista Indalecio Prieto, así como las de los arquitectos y pintores Joaquín Vaquero Palacios y Francisco Casariego, a los que dedicó sendos trabajos (1974) que constituyen uno de los tomos de la notable colección de «Pintores asturianos», editada por el Banco Herrero.


«En busca del Oviedo perdido» está conformado, en primer lugar, por los recuerdos de su época de niño de 5 años, de familia materna castellana, de Benavente y Villamañán; los recuerdos de un niño que, cogido de la mano de su abuelo Amadeo, u observando curioso desde el mirador, empezaba a guardar en su retina el Oviedo de finales de la República y no olvidaba que la «cortina de fuego» provocada por las tropas sublevadas para cortar el paso al Ejército leal republicano devoraba la casa familiar, en la calle del Arzobispo Guisasola, destruyendo «el mundo mágico» de su infancia. Algo inexplicable para él que, cuando más tarde tuvo conciencia «de aquella crueldad humana», le llevó «a cultivar la parcela del paraíso que permanecía en mi memoria, para que no creciera la mala hierba del resentimiento».


Son también los recuerdos de un adolescente y joven estudiante que, «inquieto y omnipresente observador urbano», como se reconoce, conserva en su memoria visual el paisaje que existía en Oviedo hasta los años cincuenta, con los establecimientos que articulaban la vida comercial y de ocio de la ciudad, desde la sastrería Montes al Café Peñalba, el Cervantes o el Astoria, y los personajes que componían cada una de las tertulias que se reunía en ellos.


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