TADEUSZ MALINOWSKI
Voisov. La mayoría de los trabajadores almorzábamos en el comedor común que dirigía Gregori Gregorievich, un tipo muy poco simpático. Se murmuraba que era confidente de NKVD, que estaba conchabado con el jefe, un tal Tarnakin, y que entre los dos sisaban de los suministros para provecho propio. Tarnakin era un hombre más bien taciturno, pero con quien se podía discutir los detalles relativos al trabajo o a las condiciones de vida con posibilidades de éxito.
A la hora de comer, los altavoces del comedor nos proporcionaban las últimas noticias radiofónicas, principalmente sobre los acontecimientos bélicos. Entre las noticias se intercalaban lemas patrióticos y consignas como «Que la retaguardia -o sea, nosotros-, sea más firme que los frentes». Más tarde, cuando hubimos recuperado la libertad de movimientos, leíamos este lema impreso en grandes letras en todas las localidades que visitamos.
Como con los espectaculares avances de las tropas alemanas las noticias no podían ser especialmente alentadoras, las consabidas frases grandilocuentes de constantes bajas enemigas bajo-los-heroicos-embates-del-Ejército-Rojo sonaban poco creíbles frente al hecho de que los combates más significativos se desarrollaran cada vez más cerca de Moscú y Leningrado. En uno de estos momentos se desató un amago de discusión. Los comensales más numerosos estaban de acuerdo en que avanzamos, pero había quienes expresaban ciertas dudas sobre la calidad de aquellos optimismos. En un momento, Voisov, que estaba entre estos últimos sentenció: «Sí, avanzamos, pero con las gorras puestas con la estrellita hacia atrás». Habló con la voz tan clara que se hizo un silencio general: de pronto todos nos percatamos de que, apoyado en la jamba de la puerta que daba a la cocina, se hallaba Gregori Gregorievich.
Pocos días más tarde empezó la consabida investigación. Casi todos los testigos de aquel delito de derrotismo que contradecía el lema patriótico fueron interrogados por la NKVD. Yo me libré de tal interrogatorio porque me consideraban un no hablante del ruso, pero mi papá lo pasó muy mal tratando de quitar hierro al asunto. Como ya apuntamos, Voisov compartió el destino de Kalesnichenko. Aunque éste era soltero, aquél dejaba en el Sector Central a su mujer e hijos.
Yegorov. Nuestro lugar de trabajo distaba sólo a unos diez minutos de casa si se trataba del regreso, monte abajo, pero muchos más a la ida; a mi papá, a causa de un pequeño defecto cardiaco congénito, le costaba bastante esfuerzo ganar aquellas cuestas. Así que muchas veces se quedaba a mediodía en el bosque, y yo le traía su rancho al regresar del comedor.
Nuestra tarea consistía en cortar aquellos inmensos y majestuosos pinos, podar las ramas y trocear los troncos en trozos de seis metros y medio. Eran árboles sanos, que rezumaban su aromática resina, de diámetro considerable y, en ocasiones, centenarios. Un pino de aquéllos daba de sí entre tres y cuatro trozos. A veces, el segmento superior sólo alcanzaba a los cuatro metros y medio, medida que solía ser aceptada.
Contábamos para la tarea con una gran sierra para dos personas, dos hachas y un frasco de queroseno para cada día de trabajo, que servía para eliminar la resina acumulada de la hoja de la sierra. Sin embargo, nos faltaba entrenamiento para un trabajo físico que resultaba de los más duros. Al contrario que los del lituano, que rendía mucho, los resultados de nuestros esfuerzos eran bastante pobres.
Hay que saber que en la Unión Soviética todas las tareas eran reglamentadas científicamente según normas diarias que el operario debía cumplir para cobrar su salario. Los que sacaban más, recibían un plus y quien no llegaba, sufría un castigo económico. Nosotros necesitábamos habitualmente dos jornadas para cumplir con la norma diaria, y si el árbol medía unos dos metros de diámetro, cosa que por suerte nos tocó una sola vez, bastante más.
Cada dos o tres días pasaba el capataz, Yegorov, a comprobar el producto de nuestro trabajo. Notamos que trataba de favorecernos, anotándonos algún tronco de más, alguna vez. Indudablemente era muy solidario, por lo que papá, que hablaba el ruso mejor que los nativos, trataba de pegar la hebra con él para enterarse de qué pensaba en privado el pueblo ruso. Pero Yegorov siempre tenía prisas y se marchaba de inmediato sin prestarle la atención.
Un día, cuando llegué con la vianda, mi padre me contó que, aprovechando la ausencia de testigos, Yegorov le había soltado un pequeño discurso del siguiente tenor: «Tú, Gedymin Vladimirovich, pareces buena persona, pero eres un completo idiota. No debes preguntar nunca nada a nadie. Recuérdalo bien: no preguntes nunca nada a nadie. Y si alguien te hace alguna pregunta, contesta que no lo sabes. Aunque te preguntasen algo tan evidente como si es de día o de noche, responde siempre que lo ignoras porque nunca sabrás por qué te lo preguntan». Luego se dio media vuelta y se fue.
Imponderables. ¿Qué tienen de propio, y comparten con los demás, personas que, sin conocerse entre sí, actúan como un solo cuerpo cuando la suerte las reduce a la condición de esclavos y las reúne en un lugar extraño? Quizá sean estos dos aglutinantes: la religión y la identidad nacional, los que, además, suelen potenciarse mutuamente en las circunstancias límite.
Antes de seguir el relato, convendría llamar la atención del lector sobre cómo el autor de estas líneas concibe la diferencia entre los conceptos de etnia, pueblo y nación, porque en el occidente europeo el lenguaje los confunde.
Biológicamente, todos pertenecemos a etnias, o somos híbridos o mestizos.
Al hablar de «pueblo», o bien nos referimos a un estrato socioeconómico inferior ¿pueblo llano, a diferencia de la burguesía, nobleza o funcionariado?, o a una población que reúne ciertas características comunes observables desde fuera.
Nación, en cambio, es un conjunto de personas que comparten conscientemente un patrimonio cultural común, se sienten marcadas por una memoria histórica, integran todas las capas sociales, se sienten orgullosas de su identidad y generan órganos de acción política.
En este sentido la identidad nacional polaca no sólo es sólida sino, además, generosa, porque no niega a nadie el privilegio de ser diferente. Que sirva de muestra el hecho de que si todas las Biblias españolas hablan de «Pueblo Judío», las polacas, desde la más antigua, se refieren siempre a la «Nación Elegida». Este sentimiento de la identidad nacional se vuelve especialmente recio en situaciones extremas, tales como las agresiones guerreras que obligan a la defensa, o, en casos de naciones sin Estado, en trances de persecución, discriminación, deportaciones o exilio.
De modo que en el Sector Central, como en las demás localidades donde había grupos de polacos, siempre alguien convocaba a orar en común y a cantar los himnos de contenido a la vez patriótico y religioso en los días señalados, actos a los que acudíamos y que nos volvían más resistentes y más aptos para esperar contra toda esperanza. La religión nos distinguía de ambos ateísmos, a la sazón igualmente agresivos, el nazi y el comunista, borrando de la mente todas las dudas posibles sobre los extremos dogmáticos de las creencias.
Sin embargo, lo que más me servía para preservar mi libertad interior era en primer lugar mi bagaje personal de cultura literaria.
Puesto que el trabajo físico no afectaba a la memoria, yo aprovechaba aquellas vacaciones intelectuales para proporcionarle a mi mente el alimento espiritual que conseguía gracias al esfuerzo de reconstruir en mi cabeza aquellos textos literarios que más me habían impactado, aunque nunca antes había intentado memorizarlos. En aquellas condiciones, trabajosamente, paso a paso, fui recomponiendo y aprendiendo de memoria, en primer lugar, los más significativos poemas de Cyprian Kamil Norwid, epígono y a la vez antítesis del romanticismo, poeta y filósofo de la lengua, de la historia y del arte.
Algún instinto, además, nos disuadía de consumir toda la ración diaria de pan, ya de por sí escasa. Cortábamos rebanadas que yo secaba sobre una estufa de hierro en la barraca, para luego envolverlas en papel de tres en tres, como reserva para una posible evasión o viaje.
¿Y de dónde sacábamos papel? La Unión Soviética era un país muy particular. En su limitadísimo mercado libre, entre pocas cosas que se podían comprar libremente, como pipas de girasol o «kareshkí» -el tabaco de la ínfima calidad: unos desechos leñosos que la gente liaba en trozos de papel-, abundaban periódicos y volúmenes de la «Historia del Partido Comunista Bolchevique», asequibles por doquier a precios realmente irrisorios, seguramente como material más formativo que informativo.
Sin embargo, en el Sector Central no había ningún punto de venta de nada. Un día, por casualidad, leímos una escueta noticia en un trozo de periódico tirado junto un camino. Mencionaba el acuerdo entre el Gobierno de Moscú y el Gobierno polaco de Londres y señalaba que aquel acuerdo nos restituía la libertad. Como en la URSS no había más prensa que la oficial, aquel trozo de papel tenía valor de documento. De inmediato, papá acudió al jefe con algo que allí resultaba inaudito: una exigencia. La de que se nos liberara.
Coincidió que había llegado la hora de recoger la cosecha en la Granja Sucursal, tarea que había sido asignada a las mujeres. Nos asustamos, porque aquella granja distaba a más de 60 kilómetros y no nos fiábamos ni de los capataces masculinos ni de si volveríamos a reunirnos nuevamente. Entonces mi papá, conmigo al lado, se encaró con el jefe, Tarnakin, alegando que no se podía separar a la familia, que o íbamos todos juntos o no irá nadie y que, además, ya éramos virtualmente libres. Tarnakin, por su parte, argumentaba que no le habían llegado instrucciones respecto a nuestra libertad. En cuanto a la separación, ésta era la orden y punto. Ante esto, manifestamos que, de ser así, nosotros no trabajaríamos.
Eso al jefe le dolió mucho. Replicó que en tal caso se nos suspendería la alimentación. Uno de los obreros que hacían corro de curiosos, indignado en extremo, exclamó un ¡Roslamit ievó! («¡Lincharle!»), que sonó como una voz de la Rusia profunda, de la que me acordaría años más tarde cuando ya en España supe de aquel lema carpetovetónico: «Vivan las cadenas».
Era un hermoso otoño y el bosque estaba lleno de exquisitas setas, arándanos, moras y fresas silvestres. En lugar de ir al trabajo, fuimos a recoger aquella comida.
Mientras tanto, el oficial de NKVD recibió las órdenes y nos expidió los udostovierenie -una especie de salvoconducto-. Tarnakin desistió de separar a nuestra familia y volvimos a la tarea. De vez en cuando, hacíamos uso de nuestro privilegio de movernos libremente. Nos escapábamos los sábados a Troitskoie para comprar melones y vender algunas de nuestras pertenencias menos imprescindibles en la barajolka -rastro de la ciudad-, que allí parecían una maravilla y se vendían como rosquillas y a muy buen precio. En un instante, por ejemplo, se fueron unas cintas de seda, de colores, que formaban parte de un traje regional de mi hermana y que por casualidad o por error aparecieron en una de las maletas, a cien rublos cada cinta. Esta es una muestra del disparate económico imperante a causa de aquel colectivismo impuesto y manejado por la administración pública indolente, uno de cuyos efectos eran las tiendas vacías.