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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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FERMÍN RODRÍGUEZ Acaban de cumplirse 150 años de la primera edición del «Origen de las especies por selección natural», de Charles Darwin. La teoría se condensa en 150.000 palabras y tiene dos claves: una, los hijos son similares a sus padres, pero no idénticos, lo que da variedad a la especie, y dos, la selección natural provoca que los individuos más adaptados a su entorno se reproduzcan con mayor facilidad.
En su tiempo eso provocó una gran polémica, pues la teoría suponía un antepasado común a la vida y que los humanos somos una más y no una selección especial de Dios. Darwin fue influido por Malthus, cuya obra publicada en 1798 de forma anónima fue leída por él al poco de regresar de su viaje y le ofreció un sentido a sus observaciones. Las obras de ambos fueron jaleadas por el establecimiento británico, pues tanto una como otra podían ser interpretadas de manera sesgada, justificando la naturalidad de las pésimas condiciones de vida de la clase obrera británica, hacinada en las insalubres ciudades industriales de Gran Bretaña que, por otra parte, era la mejor nación, la más apta, como demostraba su imperio global.
Fue también un mes de noviembre, pero de 1836, cuando el «HMS Beagle», el pequeño barco en el que Darwin había navegado, amarraba en Woolwich, en el Támesis, después de una exploración hidrográfica que le había llevado a las costas más lejanas y a circunnavegar el globo en un apasionante viaje de cinco años de duración, en el que ninguno de sus 74 compañeros desapareció por accidente o enfermedad en la mar, ni tan siquiera el barco perdió una percha en los temporales que soportó. Un barco de 235 toneladas, con aparejo de corbeta, esto es, con tres palos, el mesana con cangreja y los dos mástiles anteriores con vela cuadra, por lo que también podría legítimamente denominarse bergantín. Su eslora era de 27,5 metros, su manga de 7,5 y calaba algo menos de tres en la popa. En su abarrotada cubierta aún cabían siete embarcaciones auxiliares. Escaso espacio para tanta gente y su impedimenta; además, su obra muerta sobresalía tan poco que las olas medianas barrían la cubierta, lo que era molesto, peligroso y poco confortable. Aun así, el barco cumplió la misión encomendada con eficacia y tanta solvencia como para servir de plataforma indispensable a una de las obras científicas más relevantes de la modernidad. Y todo ello se debió al capitán FitzRoy, sin el cual sólo recordaríamos a Darwin como un modesto clérigo rural con interés por la historia natural.
Fue la pericia marina del capitán de fragata sir Robert FitzRoy la que hizo posible esta navegación de cuatro años y once meses en condiciones de seguridad, armonía y logrando la información necesaria para ampliar el conocimiento sobre la naturaleza en la Tierra. Desde luego, fueron necesarias la pericia y la suerte. Quién sabe en qué proporción, pero, sin duda, el viaje debió necesitar de grandes cantidades de ambos componentes, desde siempre imprescindibles en la mar. El azar, lo contingente, estuvo presente desde el inicio del proyecto, pues fue el suicidio del anterior comandante del «Beagle» lo que hizo que estando FitzRoy en Río de Janeiro, en 1828, fuera ascendido con 23 años a capitán de fragata y tomara el mando del «Beagle». Para entonces ya tenía mucha experiencia marina, pues había entrado a los 12 años, en 1818, en la Real Academia Naval de Portsmouth, inaugurada en 1733, para formar a una mínima parte (40 por año) de los futuros guardiamarinas, que después de una experiencia de dos años a bordo como voluntarios obtenían ese primer nombramiento y después de varios años más y un examen pasaban a teniente de navío, escalón básico de su carrera como oficiales.
En 1828 el «HMS Beagle» formaba parte de una expedición hidrográfica a las costas de América Austral. Se trataba de medir la profundidad del agua, determinar la posición de los accidentes geográficos y realizar observaciones astronómicas. Todas eran imprescindibles para elaborar cartas marinas fiables, con las cuales hacer seguras las rutas comerciales en que Gran Bretaña estaba interesada, especialmente en América del Sur. Como las cartas españolas eran secretas y nunca se habían publicado, para Gran Bretaña era necesario tener su propia cartografía, así que el comercio era el motivo oculto de las exploraciones, realizadas en barcos como el «Beagle», que se aventuraban durante meses por los canales del estrecho de Magallanes o visitaban las ventosas Malvinas, apetecidas por los británicos como base estratégica o puerto refugio antes o después de doblar el cabo de Hornos. Fueron las duras condiciones de estas largas misiones, realizadas en el clima desapacible de las altas latitudes del invierno austral, en unos paisajes lóbregos y desolados y en la soledad del mando, que no podía compartir ni confiar a la amistad de sus subordinados, las que llevaron al entonces comandante del «Beagle», el capitán Stokes, al suicidio en la Bahía del Hambre.
FitzRoy se hizo cargo del mando del «Beagle», completó el levantamiento hidrográfico y por ciertos avatares regreso con cuatro jóvenes fueguinos que se comprometió a devolver a su tierra. Aunque la Armada no tenía previsto un nuevo viaje de exploración en los años siguientes, FitzRoy se movió para regresar, consiguió el apoyo de Francis Beaufort, hidrógrafo del Almirantazgo y creador de la escala de los vientos y de la Sociedad Misionera Eclesiástica, que pidió enviar dos misioneros para acompañar de regreso a los fueguinos y establecer en su tierra una misión evangelizadora. FitzRoy recibió la misión de continuar con el reconocimiento geográfico, llevar a fueguinos y misioneros y antes de regresar de sus labores de exploración visitar a los misioneros para ofrecerles cualquier ayuda que precisasen.
El «Beagle» tenía asignada una dotación de 64 marinos, pero embarcaron como supernumerarios nueve tripulantes más (tres fueguinos, un misionero, el pintor Augustus Earle para reflejar los paisajes de América del Sur, un encargado de los 22 cronómetros que llevaba para medir la longitud geográfica, el asistente de FitzRoy, Darwin y su asistente). Darwin se embarcó por dos motivos: uno «para ocuparse de los aspectos terrestres», pues así se lo había pedido FitzRoy a Beaufort, indicándole que quien se hiciera cargo de esta tarea «debería tener una sólida formación científica, estar dispuesto a vivir en las condiciones que (él) podía ofrecer y ser capaz de aprovechar la oportunidad de visitar países lejanos y poco conocidos». El hidrógrafo mayor lo aceptó y le ofreció el nombre de Darwin, recomendado por el profesor Peacock, de Cambridge. El otro motivo tiene que ver con la experiencia y personalidad de FitzRoy, quien había llegado al mando para cubrir la baja por suicidio del anterior comandante. Ante él se abría una larga expedición, sin superiores a los que consultar sus dudas, sin iguales con los que compartir su ansiedad y sus inquietudes ante tantas incertidumbres y responsabilidades. Conocía sus antecedentes familiares, con casos de suicidios, y sus propias depresiones, y para esta aventura quería con él a alguien de su misma clase y formación, no a un marino militar sino a un gentleman con el que pudiera hablar, relajarse y confiar como un igual, y así el viaje sería personalmente menos incierto, más confortable. Sin duda, fue una cautela muy conveniente, pues el 30 de abril de 1865 el vicealmirante sir Robert FitzRoy falleció en su domicilio, por su propia mano.
Pero antes completó la circunnavegación, doblando Hornos, ascendiendo hasta las Galápagos, cruzando el Pacífico hasta Australia y de ahí, por Mauricio, hasta Ciudad del Cabo, recaló a mitad del Atlántico en Ascensión, regresó a Salvador de Bahía y desde allí puso rumbo al canal.
Después fue gobernador de Nueva Zelanda. A él se debe que la Armada británica sustituyera la palabra larboard (babor) por la de port para evitar la confusión con starboard (estribor), también la expresión weather forescast (previsión meteorológica), pues fue el primer meteorólogo profesional en Gran Bretaña, mandó el primer barco experimental de propulsión a hélice de la Royal Navy, creó la Oficina Meteorológica, diseñó los instrumentos básicos normalizados de una estación meteorológica y elaboró los primeros mapas del tiempo que ofrecían pronósticos meteorológicos, grandísimo avance para la seguridad marítima. FitzRoy da nombre a una zona marítima al este del golfo de Vizcaya, que desde 1949 se llamaba Finisterre, y que para no confundir con la española del mismo nombre, en 2002 la Organización Meteorológica Mundial decidió ofrecer este recuerdo a quien tanto hizo por la seguridad de los navegantes. Recibió la medalla de oro de la Royal Geographical Society y murió arruinado debiéndole el Gobierno de su majestad la cantidad de 6.000 libras (al cambio actual unos 600.000 euros) gastadas de su bolsillo en el cumplimiento de su deber.
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