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A mis noventa con retrovisor (VII)

La libertad y todo lo que vino después

La llegada a España en 1946 y el curso de verano en Oviedo en 1952

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TADEUSZ MALINOWSKI A los polacos no nos gustó la paz diseñada en Yalta y Potsdam. Consideramos la entrega de media Europa a la barbarie comunista como una traición a los principios que justificaron la guerra a favor de las democracias, principios diseñados en la Carta Atlántica.

Vale la pena recordarlo. El 14 de agosto de 1941, a escasos dos años del ataque alemán a Polonia, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, reunidos en algún lugar del Atlántico sobre el buque británico «Príncipe de Gales», «juzgan oportuno hacer conocer algunos principios sobre los cuales ellos fundan sus esperanzas en el futuro mejor para el mundo?». Estos principios netamente democráticos, resumidos en ocho puntos e incorporados íntegramente a la Declaración de las Naciones Unidas el 1 de enero de 1942, fueron asumidos por la Rusia entonces soviética y violados posteriormente por la misma Rusia miles de veces.

Esa impresión de traición y abandono no nos la suavizó ni siquiera la «guerra fría». Habíamos puesto toda nuestra carne en el asador contribuyendo a derrotar al monstruo nazi y nos aplastó la losa soviética, su gemela totalitaria. Tuvimos que esperar casi medio siglo a que se resquebrajara, y lo hizo sola, desde su propia podredumbre fundacional.

Incluso a los que nos trasladamos a España nos llegó la sombra de aquella noche que duró medio siglo, porque tuvimos que convivir con la terca y estulta simpatía de la centroizquierda hacia aquel desorden soviético, inhumano y caduco, mientras que en el seno de la derecha aún ardían simpatías a favor de los fascistas.

Coincidió que en aquel mismo año en que terminó la guerra en Europa tuvo lugar en Friburgo el Congreso Mundial de la Pax Romana, presidido por don Joaquín Ruiz-Giménez Cortés, quien ofreció becas a los estudiantes universitarios católicos de aquella desgraciada parte de Europa para que continuaran los estudios en Madrid. Me tocó una, y el 11 de noviembre de 1946 llegué a España. Pocos años más tarde, en julio de 1952, participé en el Curso de Verano de la Universidad de Oviedo.

Alojado en una de las dos residencias mayores, gocé en las históricas aulas de la calle San Francisco de las clases de Lengua Española dirigidas por el inolvidable don Luis Castañón. Me acompañaba otro polaco, amigo mío, Wladyslaw Pajor. Entre otras materias, asistimos a dos ciclos de conferencias que jamás pude olvidar: uno, sobre la estructura política y social de España, que dictó el entonces decano de la Facultad de Derecho don Torcuato Fernández Miranda; otro, sobre la disputa entre Ávila y Alba de Tormes acerca de los restos de Santa Teresa, que nos regaló el catedrático de Historia de Derecho Español don Ramón Prieto Bances.

Había tenido la suerte de recibir una educación democrática desde las primeras clases de Bachillerato, de modo que no todos los argumentos de don Torcuato me sonaron convincentes, y aproveché la invitación a acudir a su despacho para afinar algunas ideas. Escogí, como punto de partida, el papel de la prensa. «¿Cómo puede un gobernante saber qué efectos producen sus actos en los gobernados si no existe una prensa plural que facilite la crítica?», le pregunté.

No me contestó directamente. Aludió al estilo de Gobierno británico, que describió como un sistema basado en dos partidos que, llevando la misma política, se alternan en el poder y, en consecuencia, tienen una prensa de dos colores. En cambio -adujo Fernández Miranda-, una sola prensa basta cuando estamos, como en el modelo español, ante un poder asentado sobre un único partido.

La casualidad quiso que también me intrigaron ciertos matices en la exposición de don Ramón, esta vez positivamente; le solicité asimismo una entrevista, que tuvo lugar en su casa particular. Le planteé dudas semejantes a la expuesta anteriormente y él acercó una silla, la apoyó sobre una sola pata y, manteniendo la mano sobre el ángulo opuesto del respaldo, me dijo: «Mire usted, si mi mano permanece aquí, esta silla se sostendrá sin problemas sobre una pata, pero si la retiro?»; lo hizo, y la silla, por supuesto, retomó su posición original.

Veinticinco años después, don Torcuato se empeñó a fondo en el manejo del entramado jurídico con el fin de facilitar la transición, desmontando el régimen que antaño había defendido, mientras que me imagino ver la silla de don Ramón posándose sobre sus cuatro patas en el actual proceso democratizador de la sociedad española actual.

He de añadir que en Polonia se produce un proceso semejante, aunque, a mi parecer, mucho más difícil, porque en España la oposición a la filosofía social represora conllevaba invariablemente un claro carácter democrático, mientras que en Polonia la oposición a la represión comunista, que estuvo dominada por la Iglesia católica, era igualmente antidemocrática. De modo que si aquí la dialéctica social ha de desembarazarse quizá sólo de los clientelismos históricos y de las inclinaciones autoritarias residuales, la tarea que tienen ante sí los demócratas polacos es todavía mucho más ardua e ingente.

Hubo otros motivos para que aquel verano resultara realmente inolvidable. Conocimos a una joven escritora, Dolores Medio, que nos habló de su novela «Nosotros los Rivero», premio «Nadal» de aquel año (1952).

Además de Dolores, otro escritor, Jesús Evaristo Casariego, disertó sobre su propia novela titulada «Con la vida hicieron fuego», una apología del hitlerismo. Yo no presencié aquella conferencia, pero mi amigo sí, y protestó indignado.

A mí me tocó otro detalle, no menos sabroso. Fue durante un desayuno en el comedor de la residencia. Nuestros compañeros españoles, probablemente de manera intencionada, nos juntaron a mí y a un estudiante alemán en torno a la misma mesa. Luego fueron preguntándole por los políticos que en aquel momento colaboraban con los aliados e instauraban la democracia en aquella Alemania de posguerra. El germano, evidenciando su entusiasmo pro nazi, contestaba invariablemente que todos aquellos personajes no eran más que traidores. Entonces los pillos solicitaron mi opinión.

Sólo respondí que era polaco. Entonces, aquel colega alemán, visiblemente confundido, agachó la cabeza y no soltó ni una palabra más.

Uzbekistán. Abandonamos el Sector Central siguiendo la ola de los polacos felizmente liberados, a los que las autoridades soviéticas buscaban ubicaciones en lugares menos inhóspitos y, a la vez, más alejados de las poblaciones étnicamente rusas. Una de las posibles razones de esa política soviética era lo inconveniente que sin duda resultaban, para el ateísmo oficial de la Unión Soviética, nuestros actos religiosos, celebrados en espacios abiertos y a la vista de todos. Por ese u otros motivos, los trenes, desesperadamente lentos, llevaban a los polacos hacia las repúblicas musulmanas de Asia Media en travesías que incluían largas paradas y duraban semanas.

Una vez, nos descargaron en una estación pequeña a la espera de nuevas órdenes, donde pasamos un día y una noche. Había una sola cafetería que únicamente disponía de té verde. Al atardecer recogimos leña en los alrededores y encendimos hogueras. Nos acomodamos junto a una de ellas, enfrente de una familia campesina. Era una noche de luna, estrellada y fría. El padre de aquella familia, bastante mayor, anunció a uno de sus hijos: «Me voy a echar». «Échese, padre», contestó el hijo. El viejo se durmió y ya no despertó.

Por la mañana aquel joven y yo conseguimos prestados una pala y un chuzo para abrir la tierra, muy dura en la superficie, y cavamos una fosa a la vera de un camino rústico. El hijo confeccionó una cruz a partir de dos tablitas, y ahí quedó una de tantas víctimas inocentes, de la que quizá ya nadie se acuerda -salvo yo, que con tranquila emoción enjugo abundantes lágrimas que no me avergüenzan.

Más tarde, en octubre de 1941, acampamos en un jardín delante de la estación de Taskent. Papá trataba sin resultados su reincorporación a filas con las autoridades militares polacas, mientras yo vagaba por la ciudad admirando, entre otras cosas, los típicos trajes uzbecos.

Uzbekistán era una región de rica agricultura. Había en la plaza abundante fruta, pero teníamos ya muy poco dinero y sufrimos una hambre rigurosa. Hacía falta conseguir pan; en las tiendas vendían el así llamado «pan comercial», excedente del destinado al racionamiento, pero las colas eran tales que se terminaba antes de que nos tocara entrar. Una noche, mi papá y yo nos pusimos en la fila a las dos de la madrugada y cada uno consiguió dos bollos de un exquisito pan.

Pero el recuerdo más impactante de Taskent corresponde a los baños públicos. Hay que saber que, en aquella época y en aquella Rusia, para comprar el billete de tren era necesario demostrar, a través de un certificado, que uno había pasado por aquellos baños con fecha reciente.

Todavía en Troitskoie, conocí a un joven, hijo de un bielorruso que entabló amistad con mi papá. En una ocasión, este muchacho, que en la primavera de aquel año había terminado el Bachillerato y presumía de saberlo todo, me preguntó: «¿En Varsovia existen tranvías?». «Claro que sí», contesté. «Mientes», exclamó, «tranvías sólo hay en las ciudades de la Unión Soviética. Moscú, además, tiene metro». Calificó mi afirmación de propaganda capitalista y luego añadió: «¿Hay matapiojos en Varsovia?». Quedé perplejo. Nunca había oído nombrar tal cosa. «No lo sé, respondí, pero creo que no». «Vaya nivel de cultura que tenéis», apostilló entonces con una expresión de franca superioridad.

Durante estos nuevos viajes sí que aprendí de qué se trataba: ya en la segunda jornada de travesía éramos pasto de los piojos. Aquel día, pues, al ver los baños públicos me apeteció bañarme. Tuve que dejar toda la ropa en la ventanilla, donde recibí una toalla y una pastilla de jabón. Entré a una gran nave en medio de una nube de vapor. Cogí un balde, lo llené del agua casi hirviendo y comencé a enjabonarme. Tras un vistazo en torno, noté unas tarimas de cemento, y, sobre ellas, unas parejas en extrañas posturas a las que, sin gafas y con tanto vapor, no llegaba a distinguir. Además no me interesaban.

Entonces se me acercó un uzbeco, y en un ruso bastante deficiente me propuso que nos diésemos un masaje. Le contesté que no sabía hacerlo, pero respondió que él me enseñaría. Me ubiqué de bruces sobre la tarima y él masajeó mis hombros y brazos de modo bastante placentero. De repente sentí que algo parecido a una pelota de ping pong me separaba las nalgas.

Salté de inmediato. En ese momento se me hizo claro el sentido de aquellas figuras entre la niebla. Enfrenté a aquel hombre. Él todavía trataba de ganarme repitiendo: «Tú a mí, yo a ti. Será bonito». Se marchó triste cuando le enseñé los puños. Como todo en aquel país era controlado desde el poder, pensé que aquella tolerancia oficial constituía seguramente una de las maneras de mantener mansa a la juventud uzbeca.

Al salir, recogí el atado de mi ropa. Estaba reseca y ardiente. El cinturón de cuero había perdido toda su elasticidad, porque pasó junto con las demás prendas por el matapiojos. Antes de irme, recibí un certificado con la fecha y el sello del establecimiento.

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